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AUTOR: Anónimo
 

Su verga se tensó al contacto de mi mano que la agarró por la base con una caricia suave y firme descubriendo el capullo morado, que se mostró en todo su esplendor provocando mi deseo más ansioso de tomarla con mi boca.
Su mano acarició mi cabeza despacio como indicándome el camino sin forzarme, una sugerencia sutil y provocadora. Mi mirada se clavó en sus ojos por unos instantes para transmitirle el apetito voraz que me despertaba la situación, las ganas de comérmelo todo sin dejar nada. Acaricié sus huevos mientras lo miraba y después, sin dejar de agarrarle la pija por la base, apoyé mi lengua sobre esa cabeza latiente y comencé a dar círculos suaves a su alrededor, sintiendo como la rigidez de ese instrumento bellísimo aumentaba más y más. La introduje por completo en mi boca y la recorrí de arriba abajo repetidas veces, dejando a cada paso una importante cantidad de mi saliva de modo que esa verga divina se endurecía a la vez que brillaba más y más con mis fluidos esparcidos por toda su extensión. Mi calentura había llegado al límite después de la sesión de caricias, chupadas, mordisqueos que él me había prodigado desde hacía unos veinte minutos, sus manos en mi cuerpo, recorriéndolo todo, metiéndose en mi cola; su lengua cálida, tierna, húmeda, lubricando todo mi cuerpo, haciendo que mi  orificio se dilate con sus lamidas; sus palabras eróticas, puercas, obscenas e hacían sentir la hembra más deseada. Y ahora quería ser yo quien le diera placer a raudales, lentamente, sin apuros; hacerlo perder el sentido y el control de su voluntad hasta lograr que me entregara todo, hasta que dejarlo seco y sin fuerzas. Seguí chupando esa pija que se me hacía cada vez más sabrosa, la chupe de todas las maneras posibles, me detenía por segundos para percibir más intensamente sus latidos, esas venas que se hinchaban y provocaban una dureza aún mayor en su verga. Estuve así como quince minutos, sabía como hacerlo para que él durara más, sabía cuando apurarme y cuando detenerme y eso lo enloquecía. Lo excitaba para que quisiera derramarse en mí y cuando sentía que iba a perder el control, manejaba la situación de manera tal de detener su apuro por culminar. Percibí que eso le encantaba, era como un juego sádico en que me pedía que lo terminara y se llenaba de placer cuando yo demoraba esa terminación. Sus dedos se perdían en mi cola a la vez que el acariaba mi sexo cada vez más húmedo. Así continué chupando y pajeando su verga, mamándosela y acariciando sus huevos, lamiendo su cola y agitando su pija con mis manos. Largo rato, muy largo. Hasta que ya no pude más, mis ganas de hacerlo mío se hicieron insoportables y separando mi boca de su pija le pedí quie me diera toda su leche. Le dije: "llenáme de tu leche, amor". Pareció enfurecerse como un toro caliente, como un caballo que olfateó una yegua en celo. Me tomo con las dos manos del pelo y comenzó a mover sus caderas frenéticamente, me cogió la boca brutalmente, sus primeros jugos mezclados con mi saliva rebosaban y caían sobre sus huevos. El cogía y cogía mi boca sosteniendo mi cabeza firmemente con sus manos hasta que lo puede sentir; su cuerpo se tensó, por una milésima de segundo detuvo su mete y saca y sentí un chorro potente, espeso, caliente de su leche sabrosa, pegajosa que golpeó contra mi garganta. La tragué con ganas, él detuvo su movimiento y fui yo quien siguió chupando una y otra vez y sintiendo como su pija soltaba leche en mi interior durante un tiempointerminable; él la soltaba y yo la tragaba desesperadamente, no quería perderme ni una gota y así lo hice. Sus gemidos me perdieron, su agitación y esa forma de llenarme de leche, de colmar mi boca con su verga, de hacerme sentir tan puta hicieron que yo también deseara acabar; él se dio cuenta y me complació. Mientras yo seguía sosteniendo su pija con mi boca, succionando para seguir ordeñando su leche, él deslizó su mano, agarró mi pija y agitándola dos o tres veces logró sacar de mi toda la leche que guardaba en mi interior.


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