Soy una chica de joven edad y mi pasión, como buena ninfómana que soy, es el sexo.
Una noche estaba en mi habitación, acariciando mi húmedo coño, hundiendo los dedos en mi caliente gruta. Me masturbaba con urgencia y algún que otro gemido ocasional salía de mi garganta. Gruñidos de placer, que pugnaba por ocultar, ya que sólo un delgado tabique me separaba de la habitación de mis padres.
La luz del pasillo se encendió. Lo supe por la claridad que se filtraba en la puerta de mi habitación. Oí pasos, y supe que era mi padre. Tenía ese andar lento, pero seguro. Era posible que se dirigiera al cuarto de baño. Dejé de masturbarme, pero no separé los dedos de la humedad de mi coño. Esperé a que volviera a acostarse. Unos escasos segundos y el pomo de la puerta de mi habitación se movió. La puerta se abrió y vi a mi padre, con su bata de franela, que entraba en mi cuarto y cerraba la puerta. Me apresuré a hacerme la dormida. Mi padre llegó hasta la cabecera de mi cama, acercó su cara a mi rostro, y me susurró al oído:
- No finjas, te he oído -me dijo- Suerte que tu madre no tiene el sueño ligero.
Abrí los ojos y le miré. No sabía qué hacer, pero mi padre resolvió el problema. Retiró la colcha que me tapaba y contempló mi coño, lleno de jugos húmedos, palpitando por la masturbación a la que le había sometido hacía tan solo unos instantes. Su grueso dedo tocó mi coño. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Sin dejar de mirarme, empezó a masturbarme, arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo... Empecé a suspirar levemente. No dejábamos de mirarnos a los ojos. Con la otra mano, me separó las piernas, que yo abrí totalmente. Acercó su boca a la mía. Nos besamos con fruición. Su dedo adquirió velocidad y fuerza. Empecé a mover mi coño adelante y atrás. Un pequeño grito indicó que iba a correrme. Mi padre dejó de masturbarme. Se situó de forma que mi coño estaba solo a unos milímetros de su boca. Sacó la lengua y la pasó por los labios ardientes y húmedos. Volví a gemir. Me morreó el coño con su boca, adentrando su lengua hasta que la sentí llenarme. Me retorcía de gusto en la cama. Me volvía loca de placer, gemía y gritaba que me diese más, que me hiciese correrme, como hacía con mamá.
- ¡Dame más, papá!, más lengua. ¡Ahh, ahhhh! Papá, cómo me gusta -gemía mientras sostenía su cabeza con mis manos y la apretaba contra mi raja, ahora mojada como nunca lo había estado.
Mi padre movía la lengua con fuerza, me masturbó el clítoris hasta que creí que iba a morir de placer. Y en ese momento me dejó y salió de la habitación. Estuve a punto de gritarle que no se fuera, que volviera y terminase el trabajo.
- Espera -dijo en un susurro, ya casi fuera de la habitación- Ahora mismo vuelvo.
No pude evitar masturbarme con fuerza, gemir sin que me importase ya nada más. No habían pasado ni quince segundos cuando mi padre volvió a entrar en mi cuarto, esta vez desnudo, con su polla totalmente tiesa y su capullo color púrpura reluciendo casi en la oscuridad. Yo abrí las piernas, me las cogí con las manos y las sostuve así, exhibiendo mi coño ante mi padre. Creía que iba a penetrarme cuando se acercó a mí, pero no... todavía no. Volvió a acariciarme los labios mojados con su dedo y acercó su enorme rabo a ellos. No fue necesario decir nada. Al principio besé su capullo, insegura, luego me lo fui metiendo en la boca, lentamente, mientras se le escapaba un gemido lento y profundo. A medida que absorbía su trozo de carne palpitante, se iba poniendo aún más duro. Pero mi boca golosa se lo tragó todo. Me habló en voz muy baja mientas se la chupaba.
- Nena, nenita, así... Sí ¡Ahhh, sigue, ahhhh! Ahora, sí. Recorre el glande con tu lengua. Ahhh, sí. Chupa con fuerza. Que boquita tiene mi niña. Ahhh, ahhhh...
Su dedo volvió a obrar un efecto mágico en mí y mi coño expelió una nueva riada de gotas espesas de fluido vaginal que impregnó su dedo. Este, cada vez más atrevido, empezó a insinuarse en la entrada, penetrando ya la primera falange en mi coño. Y yo gemí, con su polla en la boca, chupando sin parar, y sintiendo cómo su dedo me iba llenando. Me la saqué de la boca, le miré a los ojos y observé cómo me deseaba, cómo me frotaba y me mimaba. Ya no pude aguantar más.
- Papá -le susurré entre gemidos- fóllame...
Él no se hizo esperar. Se situó encima de mí y me masturbó ahora con su polla, que estaba tiesa y dura, como aquella vez que le sorprendí meneándosela mientras contemplaba un vídeo casero, en el que yo hacía aeróbic. Aquella vez me masturbé tres veces imaginando que me follaba. Ahora el sueño se hacía realidad. Su enorme glande se iba introduciendo en mi vagina, que se abría y lo aceptaba con gusto. Suspiros de placer llenaban la habitación. Nos miramos, nos besamos mientras me penetraba hasta lo más hondo. Nuestras lenguas se entrelazaron, en un baile frenético de lujuria y placer. Y empezó a bombear dentro de mí.
- Ahh, papá -le dije entre gemidos- Sigue, sigue así, ¡por Dios! ¡No aguanto más, me corro! Ahh, papá, cómo me follas. Me encanta. ¿Te gusta follarme?
- Sí cariño -jadeó- Me encanta follarte.
¿Te vuelve loco verdad? Pues no pares, no. Sigue, más... más... ¡Ahh, ahhh! Papá, de verdad que voy a correrme... que no aguanto... ¡Ahhhh.....
En el instante en que alcancé el orgasmo, mi padre gimió con fuerza, bombeó, dos, tres veces... y eyaculó un espeso chorro de semen en mi interior. Yo le abracé con mis piernas. Quería que estuviese siempre así, corriéndose en mi coño mojado. Suspiramos, gemimos, nos abrazamos con fuerza, y el bombeo se fue haciendo más lento, pero sin pararse. Mi padre me miró, y me besó con mimo los labios. Le devolví el beso.
Pasamos casi toda la noche abrazados, acariciándonos y besándonos. Cuando llegó la mañana, nos despedimos con un último beso y se fue a acostarse con mi madre. Estoy segura que a partir de ahora no necesitaré masturbarme. Mi papá se encargará de calmar mis ansias.
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