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La baby sitter   (No Consentido)
 
AUTOR: Anónimo
 

Por mi profesión de psicóloga, llegan hasta mis oídos increíbles historias que, de no ser por el estado de las personas que me las cuentan, me sería difícil creerlas.

Esta es una de esas historias, sufrida por mi paciente, una chica de 18 años que ahora está pasándolo mal por todo lo vivido.

Lo que voy a relatar es absolutamente cierto, si bien mi deontología profesional me lleva a cambiar nombres y para hacer más llevadero el relato, lo contaré en primera persona, tal y como ella me lo ha contado a mí. Si bien aquí lo cuento todo seguido, el conseguir oír el relato completo de lo ocurrido me llevó varias sesiones de terapia. Todo es cierto, lo único que pongo de mi cosecha es la forma literaria de relatarlo ya que, como supondrán, la pobre chica me lo fue contando a su manera y entre sollozos.

Bueno, sin más preámbulos, os contaré en primera persona lo que me relató, digamos Verónica.



A través de un anuncio en la bolsa de trabajo de la Asociación de Vecinos, me salió un pequeño trabajo con el que sacarme un dinerillo para mis gastos. Se trataba de cuidar por las tardes a un niño de 2 añitos, Raul, mientras sus padres volvían del trabajo.

Fui a la casa y mantuve una pequeña conversación con sus padres. Eran gente encantadora, me dijeron que hasta las 7 o así no podían regresar a casa y que desde las 3 que cerraba la guardería, necesitaban a alguien que se hiciera cargo del pequeño. Alguna vez, esporádicamente, salían de viaje el fin de semana y también tendría que quedarme todo el día, pero sería solo una o dos veces al año. En casa vivía también el abuelo que, aunque era relativamente joven y estaba bien de salud, no querían traspasarle la responsabilidad del crío.

Hablamos de dinero, llegamos a un acuerdo enseguida, yo tampoco quería mucho, tan sólo unos ingresos extras a la paga de mis padres que, la verdad, alcanzaba para poco. Y quedamos en que el lunes siguiente empezaría.

Todo empezó de maravilla. Raul me cogió bastante cariño y yo también me encariñé mucho con el nene. La verdad es que no daba mucho trabajo. A las 3 le recogía de la guardería y se acostaba una siesta hasta casi las 6 de la tarde. Sobre las 7 o 7,30 llegaban sus padres y ya podía irme a casa. El abuelo, D.Alberto, era también muy amable conmigo aunque a veces su conversación me resultaba algo pesada. Supongo que se sentía solo.

Llevaba ya 15 días trabajando allí cuando sucedió algo que me incomodó, aunque no le di mucha importancia. Cuando pasé por delante del abuelo, D.Alberto me dio un azote en el culo a la vez que me gastaba una broma. Yo hice como que nada había pasado y rápido me retiré de allí.

Pero aquello se repetía demasiado a menudo, a la mínima D.Alberto me decía alguna cosa y entre bromas me volvía a meter mano en el trasero. Yo, muerta de vergüenza, no me atrevía a decirle nada.

Habitualmente llevaba siempre pantalón vaquero pero aquel día, después del trabajo me esperaban para una fiesta de cumpleaños así que, como no tenía tiempo de volver a casa, fui vestida con una camiseta ajustada y una minifalda. Cuando D.Alberto me vio, no paró de decirme lo guapa que estaba. Yo más que nunca traté de evitarle pero en un momento de descuido, estaba yo de espaldas y entró sigilosamente en la habitación. No le oí y por detrás me levantó la falda, tocándome el culo por encima de mis braguitas.

Me quedé unos segundos paralizada y luego solté un grito y salí corriendo de la habitación metiéndome en el baño, donde me puse a llorar asustada.

Al poco tiempo, sentí como D.Alberto llamaba a la puerta pidiendo permiso para entrar. Yo no dije nada pero en aquella casa los baños no tenían cerrojo, así que abrió la puerta y entró. Me encontró llorando sentada en una banqueta y me pidió perdón, diciéndome que no volvería a ocurrir, que es que me veía tan guapa que no pudo resistirlo pero que sería la última vez. Yo acepté sus disculpas y volví al trabajo.

Durante unos días todo fue bien, pero enseguida empezó de nuevo a hablarme algo groseramente. Me recordaba lo bien que me quedaba aquella falda y lo bonitas que eran mis braguitas blancas que llevaba aquel día. A veces me preguntaba de qué color era la ropa interior que llevaba hoy, a lo que nunca contestaba y los toqueteos en el culo se volvieron a repetir.

Pero unos días más tarde, algo más fuerte se produjo que me resultó tan violento que decidí dejar el trabajo. Yo había entrado al servicio a orinar y, como ya he dicho, no había cerrojo. De repente, D.Alberto abrió la puerta, pillándome con el vaquero y las braguitas bajadas. Yo me tapé como pude y me coloqué la ropa lo más rápido que supe, pero fueron unos segundos en que D.Alberto no quitó ojo a mi entrepierna.

Luego me dijo que perdonara, que no sabía que yo estaba allí, pero que de todas formas no tenía de que avergonzarme, que tenía un cuerpo precioso y que el era solo un pobre viejo.

De todas formas, al día siguiente hable con los padres de Raul y les dije que no volvería más. Me preguntaron el motivo y, aunque me resultó muy violento, les dije que D.Alberto había entrado al baño. No les conté nada de lo anterior por vergüenza. Me pagaron los días y ahí quedó todo.

Pero a la semana siguiente me pidieron que por favor volviera a verles, que querían hablarme. Me dijeron que Raul se había encariñado mucho conmigo y me pedían que volviera. Habían hablado con su padre, D.Alberto, y, aunque el siempre mantuvo que entró en el baño sin saber que estaba ocupado por mi, había prometido pedirme disculpas y no molestar más.

Yo, contenta con aquella familia a excepción del abuelo, les dije que volvería.

Pasó el tiempo y todo iba de maravilla, habían pasado casi 2 meses y D.Alberto era muy correcto, además ahora se dedicaba más a sus partidas de cartas, bien en casa de sus amigos o alguna vez venían sus amigos a la casa. Yo estaba muy contenta y todo había quedado olvidado.

Por aquellos días, la madre de Raul me dijo que el próximo fin de semana su marido y ella tenían un congreso y me pedía quedarme con el niño desde el viernes tarde hasta el domingo tarde en que volverían. Debería quedarme día y noche con el y por supuesto me lo pagarían bien. Yo acepté encantada, un poco de dinerillo más no me vendría mal ahora de cara al verano.

Llegó el viernes y a las 3 fui a por Raul a la guardería. Pasé toda la tarde jugando con él. Y D.Alberto se había mostrado muy cortés ayudándome a llevar la bolsa con mi ropa y enseres a la habitación donde dormiría y que era la del matrimonio ya que no había otra en la casa.

Habíamos acostado ya a Raul y se había dormido pronto. Yo me disponía a hacerme cualquier cosa de cena cuando D.Alberto me dijo que no, que había encargado una cena para los dos y estaban a punto de traerla, que sería una cena para volver a ser amigos y olvidar todo lo sucedido meses atrás.

A mi no me apetecía mucho pero acepté. No podía decirle que no con tanta amabilidad. Enseguida llegó la cena. La verdad es que fue estupenda y la conversación también fue amena. Aunque de bebida había encargado champaña, yo preferí algo más suave y el propio D.Alberto me preparó un zumo en la cocina con sus propias manos. Todo era amabilidad.

Poco después de acabar de cenar, me empecé a sentir con mucho sueño y algo mareada. No lo entendía porque no había probado nada de alcohol. Más tarde supe, por confesión del abuelo, que me había echado algo en el zumo que me dejó sin fuerzas.

Casi sin poder mantener el equilibrio, me disculpé y dije que me iba a dormir, que no me sentía bien. Llegué apoyándome a las paredes a la habitación, cerré la puerta y me tiré en la cama sin quitarme la ropa siquiera.

No se cuanto tiempo había pasado cuando oí ruido y se abrió la puerta. Yo no podía mover un músculo, no se que me pasaba pero ni mis manos ni mis piernas me respondían. Yo estaba tumbada boca arriba sobre la cama, vestida con mis vaqueros, mi blusa y aun con los zapatos puestos. Se encendió la luz y con esfuerzo abrí los ojos y pude ver a D.Alberto y a 3 amigos más que alguna vez habían venido a casa a jugar a las cartas.

D.Alberto les invitó a entrar a la habitación y oía perfectamente como les decía lo buena que estaba y les contaba lo del día en que me levantó la falda y también cuando me vio con las braguitas bajadas en el baño.

Anda venga, tocadla si queréis, les dijo. No se va a mover, está dormida con el producto aquel de que os hablé.
Yo no podía moverme, ni siquiera articular palabra, pero era consciente de todo. Rápidamente tenía un montón de manos tocándome todo mi cuerpo: la cara, el pecho, mi sexo. Me sentía muy mal pero lo peor estaba por llegar.

De repente noté como me quitaban mis zapatos y como poco a poco iban desabrochando mi blusa, luego siguieron por mis vaqueros, que con gran esfuerzo consiguieron sacármelos.

Me tenía sobre la cama en ropa interior, que aquel día volvía a ser blanca.

Me dieron la vuelta y me colocaron boca abajo sobre la cama. Entonces oí que alguien preguntaba ¿podemos también desnudarla del todo? A lo que se respondió: Claro, podemos hacer lo que queramos, está dormida.

Noté como muchas manos tocaban mi trasero y enseguida otra me desabrochó el sujetador. Luego sentí como tiraban de mis braguitas hacia abajo, dejándomelas a medio muslo y con el culo al descubierto. Al notar como me las bajaban, sentí un estremecimiento en todo mi cuerpo, sentí mucha vergüenza y temor.

Rápidamente me dieron de nuevo la vuelta y me quitaron el sujetador de mis pechos, a la vez que mi pubis quedaba al descubierto.

Mis pechos fueron manoseados por todos repetidamente y también enseguida me sacaron las bragas por completo y me separaron las piernas.

Entonces empecé a notar la desagradable sensación de cómo unos dedos empezaban a introducirse dentro de mi sexo a la fuerza. Yo era aún virgen y aquello me resultaba aún más espeluznante. Pronto aquellos dedos se introdujeron también por mi ano. Yo estaba enterándome de todo, sentía una terrible vergüenza y dolor pero no podía moverme ni hablar.

Al final, me penetraron con sus penes. No recuerdo muy bien pero creo que fueron todos. Uno por uno se tumbaron sobre mi y me penetraron moviéndose dentro de mi hasta eyacular. El último de ellos además, me penetró por detrás. Jamás había sentido tanto dolor físico y moral.

Luego me vistieron y todos se fueron.

Yo, a las pocas horas, cuando conseguí moverme, salí corriendo de la casa y les conté a mis padres lo ocurrido.

Hoy, los 4 abuelos están en libertad condicional a la espera de juicio y yo, intentando recuperarme de aquel suceso que me ha dejado marcada para siempre.



Bueno, esta es lo que sucedió. Os puedo decir que Verónica está hoy en día bastante recuperada de todo y que posiblemente en breve ya no sea necesario que vuelva a terapia.


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