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el lechero   (Fantasías Eróticas)
 
AUTOR: Diablo
 

Me encantan las películas americanas, aquellas en las que el lechero abandona a su suerte unas botellas blancas en la puerta de sus clientes, que madrugadores las recogerán y escanciarán sobre toda suerte de cereales. En eso estaba pensando mientras me entregaba a mis rutinas de recién levantada, con los ojos apenas entreabiertos circulando de memoria por los recovecos de mi casa. Un poco de agua en la cara para despejarme, unos pasos hacia la cocina y tras posar un vaso en la encimera vierto sobre él un café recién hecho, la mano revolotea hacia la puerta de la heladera. Alcanzo el envase de la leche y ¡mierda! Vacío, mi rutina al traste por que el maldito lechero americano no pasa por mi buhardilla. Me pone de mal humor no completar mi ritual de la maniana, el café me encanta, el mate me encanta, y hoy tenía el maldito capricho de regar mi café con leche, si, esa que no me dejaron en la puerta, malditos gringos con su publicidad filmada de alegres vidas. Tras el cabreo inicial decidí bajar a la calle, pero no me apetecía vestirme y arreglarme, recordé a mis encantadores vecinos, jovenes y ardiente, acostumbro a oirlos en sus momentos de pasión, son realmente inspiradores en ocasiones. Me coloqué un desabillé no demasiado llamativo, pero con un punto de malvada provocación, y decidí pasar por su casa a pedir prestada esa leche que me huía. En apenas 20 pasos estaba colocada frente a su puerta, con el pelo medio alborotado y sin haber despejado por completo la neblina de mis sueños llamé a su timbre, lo cierto es que mi “descuidada” vestimenta me hacía imaginar algo mas que una amable petición de viandas, ambos eran bastante atractivos y me excitaba imaginar cual de ellos me atendería. Se abrió la puerta y la cara de un desconocido recibió a mi asombro, un hombre de mediana edad, muy moreno asomó y me interrogó sin palabras. Apenas pude balbucear algo, no esperaba enfrentarme a un desconocido vestida así y menos sin arreglarme lo mas mínimo. -Bueno, eh, hola, venía buscando a mis vecinos, ¿están? La cara del desconocido cambió, y pasó de anunciar una tienda de interrogaciones a mostrar una sonrisa, amable me informó: -Tus vecinos se mudaron hace un par de días, He rentado su departamento durante el mes que van a estar fuera, somos buenos amigos, a ambas partes nos venia bien, dijo sonriente- Mi maldita imaginación se disparó, repuesta de la sorpresa inicial mis ojos ya habían recorrido la anatomía de mi portero, había imaginado rincones de él y ahora me recreaba en esa sonrisa incitadora. -Solo quería un poco de leche- Solté de sopetón, no sé bien que parte de mi estaba tomando el control, pero no me disgustaba la intención. La puerta se abrió el todo y mi nuevo vecino me mostró el camino de la cocina, -No sé lo que habrá en la heladera, me han dejado de todo, pero no sé si quedará leche- Y yo imaginando escenas según caminaba por el pequeño pasillo camino de la cocina, abrí la heladera lentamente, busqué en su interior un envase reconocible mientras mecánicamente me pensé rodeada por los brazos de este desconocido, no encontré leche, pero tampoco me importaba ya demasiado, mi rutina hace rato se fue al cuerno, y mis pensamientos caminaban por otros senderos. Al cerrar la puerta de la heladera con la intención de notificar la falta de leche, me encontré con el calor del cuerpo de mi vecino a una distancia poco prudente. -Estás rompiendo mi burbuja le espeté- un poco molesta conmigo misma por ser tan transparente con mis pensamientos. -Lo sé, dijo él, pensé que te gustaría - ¡Maldito cabrón! No solo me sonreía ya con los ojos y su cuerpo sino que había adivinado fielmente mis deseos. Su cintura adelantada y una sombra bien marcada en su pantalón andaban invitándome, así que decidí contestarle dando un paso al frente. No hubo mas conversación, mi desabillé rodó al suelo en apenas un segundo y yo me entregué a ese desconocido pensando aún en como había cambiado mi desayuno. Nos enredamos en toda suerte de abrazos y besos, sus manos eran firmes y sabían moverse, de manera que le deje hacer. No sé si por ignorancia (acababa de mudarse) o con toda la intención pero acabamos en el cuarto de baño en lugar de la habitación. Sus dedos ya habían probado mi humedad y decidí recompensar su arrojo con una sabrosa mamada, desabrochando su pantalón me encontré con un delicioso pene, bien torneado, orgulloso en la postura, me gustó y lo lamí con aprobación. Al bajarle el resto del pantalón me llamaron la atención dos fabulosas bolas, grandes, redondas, colgando y reafirmando la tirantez de su escroto, mi atención cambió de locación y me puse a sopesar y acariciar con dedos y lengua esas formidables pelotas, llevaba un rato en ello cuando su voz me despertó. -Suelen causar ese efecto- No se si me lo decía harto y con ganas de cambiar de fase o sencillamente estaba en su rutina de información a nuevas amantes, en cualquier caso lo agarré de la mano y lo guié hacia una cómoda cama donde no pude dejar de pensar en sus bolas, tanto si las tenía sobre mi cara, como si golpeaban ruidosamente mi culo al vaivén de sus acometidas. Estaba realmente ansiosa por vaciarlas, me vine no menos de 4 veces mientras mi amante saltaba de una postura a otra. Le susurré, no, le imploré, que se corriese sobre mi cara, me empapaba más y más solo imaginándolo. Y con un rugido a modo de león fílmico se vació sobre mi, sobre mi cara, sobre mis pechos, mi boca tragaba el caliente liquido, generoso como no había visto antes; Me hizo correrme una vez más. Duchada y limpia de tanta leche, caminaba por el pasillo de vuelta a mi casa. Con una gran sonrisa imaginé de nuevo al lechero de ese film americano. Quizás debieran cambiar al guionista que firmó tales historias...


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