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Sueño o realidad   (Sadomasoquismo)
 
AUTOR: sonambulo
 

Abrí los ojos y no reconocí nada.
¿Cuantas horas estuve dormido?

Me encontraba totalmente desnudo de espalda a la pared, de pie abierto de piernas y esposado de tobillos y muñecas contra el muro.

- ¿Como llegué aquí? Me pregunté, atontado aún por efecto de algún somnífero y con un fuerte dolor de cabeza.

Entonces la vi. Sentada al frente se encontraba una mujer de unos 22 años vistiendo una falda corta y blusa de botones. La observé con más detenimiento.
Su ropa era simple, pero era una diosa con cara de ángel y cuerpo tentador: Delgada, senos grandes, hermosas caderas... Pero su cara.... esa cara reflejaba una extraña inocencia. Se acercó a mí lentamente, me miró y pasó sus dedos por mis mejillas y cuello.

- ¿Quien eres?, ¿Que hago aquí?

No contestó. Se limitó a sonreír y me cautivó.

Por la forma en que me encontraba encadenado, no podía tocarla. Me limitaba a mirarla, confundido aún pues no tenía idea de cómo había llegado a ese sitio y peor aún, a esa situación.

Mis brazos estaban fijos a la pared y mis piernas abiertas dejaban mis testículos libres entre ellas y mi pene, que comenzaba a cosquillearme mientras me pasaba las yemas de sus dedos por mis mejillas, cuello, pecho, abdomen?.

Continuó bajando hasta que tomó mis testículos con su mano y los palpó con suavidad.

Me miró a los ojos, con esa mirada de inocencia que me tenía intrigado y sonrió levemente.
Cerró sus dedos lentamente, envolviendo mis huevos y apretando cada vez más.

La oleada inicial de placer pasó a un delicioso dolor que se estaba haciendo insoportable.
En movimiento reflejo traté de cerrar las piernas, pero estaba totalmente inmóvil.
Mi erección se hizo más fuerte y mi pene palpitaba de placer.
La presión de sus dedos en mis testículos se hizo difícil de soportar.

Pasó su lengua por mi oído suavemente y su aliento me erizó la piel.

Dejé escapar un quejido de placer y de repente se detuvo.
Mi erección era brutal y totalmente deliciosa.

Caminó hacia el otro lado de la habitación, tomó un banco que había en una esquina, lo colocó frente a mi, se quitó la falda y las bragas, quedando solamente con su blusa y sus zapatos.

Se sentó en el banco, estiró las piernas y recargó los pies en la pared, a ambos lados de mi cuerpo, quedando su sexo a escasos centímetros de la punta de mi pene, que se encontraba aún firme suplicando placer.

Sus labios vaginales comenzaron a rozar la punta de mi pene, que luchaba por llegar a esa cueva de placer.

Se acercó lentamente una y otra vez. Mi pene logró entrar tan solo unos milímetros, pero no más.
No dejaba de mirarme fijamente a los ojos y sin embargo controlaba el movimiento de sus caderas de tal forma que mi pene solo rozaba su sexo.

Duramos así más de 20 minutos. Su sexo totalmente empapado y solo la punta de mi pene estaba mojado de sus jugos.

Era terrible. La visión de esta chica con sus piernas totalmente abiertas ante mi, su pubis totalmente rasurado (lo que le daba un aspecto aún más inocente) y el roce de su sexo contra el mío durante tanto tiempo me provocó un dolor en los huevos, que me pedían ser descargados antes de estallar.

Se detuvo en el momento en que una gota de semen apareció en la punta de mi pene como preparándose para una descarga. Se bajó del banco, se sentó sobre sus rodillas, puso su cara frente a mi sexo, abrió la boca y con la punta de su lengua lamió esa solitaria gota.

Eso fue demasiado. Un fuerte gemido salió de mis pulmones. ¡Ya no soportaba más! ¡Mis testículos me iban a estallar de un momento a otro!

Con su boca totalmente abierta comenzó a tragarse mi pene pero sin tocarlo. Solo sentía su cálido aliento. Mi pene, que palpitaba con fuerza rozaba alguna vez sus labios, pero nada más.

Pasó entonces a mis huevos. Comenzó a jugar con ellos con su boca, sin morderlos. La presión que hacía y los movimientos suaves me provocaron más dolor. Estaba comenzando a protestar cuando de repente se detuvo y comenzó a reír. Su risa era juguetona pero intrigante.

Se echó hacia atrás y poniendo sus manos entre mis piernas comenzó a aplaudir, pero con mis huevos entre sus manos! Cada vez palmeaba más rápido y fuerte.

La sensación que comencé a sentir era genial. A cada palmada mi pene recibía una descarga de placer que nunca antes había sentido.

Sin aviso, como ya me estaba acostumbrando, se echó hacia atrás, se puso de pie y se quedó mirándome fijamente. Yo estaba totalmente agotado, mis huevos igual, pero con dolor y placer. Con el dolor más placentero que haya tenido en mi vida.

De repente, con un movimiento felino, me lanzó una patada directa a mis huevos. Su pie se estrelló con una fuerza brutal contra mis testículos.
El dolor de la excitación junto con este nuevo hicieron que lanzara un grito agónico. Mis pulmones lanzaron todo el aire que me quedaba.

No podía cerrar las piernas por las esposas que me atrapaban los tobillos, de modo que mis piernas continuaban totalmente abiertas y mis huevos indefensos colgaban, esperando el siguiente impacto. No tardó en llegar. Un poderoso rodillazo se incrustó en mi entrepierna.

El dolor y la excitación hacían una agónica mezcla salvaje. Muy dolorosa.

Se acercó de nuevo a mí y con un rápido movimiento de su mano liberó uno de mis brazos.

Dio unos pasos hacia atrás y se sentó. Ella ya sabía lo que yo iba a hacer a continuación, así que abrió sus piernas y comenzó a tocarse.

Metía su dedo medio en su sexo, totalmente mojado, mientras con la otra mano apretaba sus senos y gemía de placer.

Mi mano se fue directa a mi pene, que pedía ser masturbado lo antes posible y con movimientos rápidos comenzó su labor liberadora.

Mi vista no podía apartarse de su sexo, sus senos, sus cadera y su cara que solo irradiaba placer. Sus dedos jugueteaban con sus labios vaginales, tocaban su clítoris, su dedo entraba y salía a placer y de cuando en cuando se frotaba con violencia. Se mojaba sus dedos y luego los lamía como gata juguetona.

No tardé en venirme con una fuerza que nunca había experimentado. Fue el mayor y más fuerte orgasmo que había sentido hasta entonces.

Mi semen voló hasta sus piernas. El placer que sentí fue incontrolable.
Eyaculé durante un tiempo que me pareció eterno.

Se puso de pie, se vistió lentamente y luego me acercó un pañuelo a mi nariz y un olor fuerte me provocó un mareo adormecedor.

Al momento puso una llave plateada en mi mano, con la que, con esfuerzo, logré abrir los grilletes que me tenían apresado.

La habitación me daba vueltas, sin embargo, logré dar unos pasos hacia la puerta del fondo.
Dos pasos más y me desplomé sin sentido.

Abrí los ojos y me encontraba en mi cama. Estaba totalmente desnudo. ¿Estaría soñando? Seguramente eso fue.

Me puse de pie y sentí un leve dolor en mis testículos.
Me llevé una mano a ellos.

Y de repente me di cuenta que aún tenía la llave plateada en mi mano.


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