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La boda   (Fantasías Eróticas)
 
AUTOR: Anónimo
 

Había comenzado a trabajar en aquella empresa hacia bastante poco. Empecé como todo el mundo, haciendo lo que nadie quería, cerrando sobres, llevando cartas, fotocopiando, aguantando los malestares y las influencias diarias de los compañeros de trabajo. Lo único bueno es que de vez en cuando alguna compañera nos obsequiaba con algún modelito de esos que hacen furor entre las jóvenes plantillas de las grandes empresas, y porque no decirlo entre los jefazos hastiados de su vida conyugal. A veces parece que ellas compiten por venir cada día mejor, pero la competencia hace más amenos los desayunos de nuestra monótona vida laboral.

En ocasiones se escuchaban comentarios velados sobre tal o cual relación extramatrimonial, pero nunca pensé que a dos meses de mi boda fuera a sucederme aquello y menos por causa de un hecho involuntario que de no ocurrir me hubiera llevado a seguir trabajando normalmente aquella mañana de jueves.

Eran las dos menos cuarto de un cálido día de agosto. La plantilla se repartía entre los que habían fichado ya para irse y los de siempre, los que quedábamos hasta última hora para sacar las castañas del fuego. Estaba perdido en la pantalla de mi ordenador tratando de guardar unos archivos cuando la desagradable voz de mi jefe me sobresaltó de golpe. ¡Fernández, sube esto a dirección! Me molestaba tremendamente el cliché de los apellidos en este tipo de empresas donde te asignan unos pocos metros cuadrados para tu esparcimiento. Ahora mismo lo subo, contesté agarrando con firmeza el voluminoso sobre.

Me levanté y con paso sosegado me dirigí a los pasillos esperando tener la fortuna de no encontrarme con nadie que retrasara mi comida con Laura, mi novia. Habíamos quedado a las dos y cuarto, así que no había mucho tiempo.

Afortunadamente cogí el ascensor vacío y pulsé el botón superior. La dirección suele estar siempre arriba para recordarnos donde estamos los demás. Clinc, sonó; había llegado. El hecho de ser agosto implicaba que los jefazos ya estaban la mayoría fuera a esas horas así que la mayor parte de las luces estaban apagadas. Me fijé en el sobre, el rótulo apuntaba a la gerencia, lo cual tampoco resultaba especialmente agradable dado que la mujer que ocupaba ese puesto era excesivamente fría con la gente. Contaba con la misma edad que yo y parecía haber recorrido medio mundo ya aunque no pareciera estar dispuesta a compartir sus vivencias con nadie.

Cuando cogí el último pasillo hacia el despacho de Doña Raquel, como la llamaban, me encontré con María, la empleada de la limpieza, una mujer mayor y muy espontánea, - ¿que tal María, hay alguien por aquí?, vengo a traer esto a gerencia. - No hay nadie Marquitos- , me dijo con gracia, - estos a estas horas no trabajan, pero yo no he dicho nada eh, para los años que me quedan - y se llevó el dedo índice a los labios bromeando. - Muy bien María, por mí como si no vencida por aquel pecho resplandeciente que luchaba por recolocarse una vez había enturbiado su calma. Aquel rostro ofuscado por la vergüenza y la indignación del que se siente sorprendido en algo que considera impropio ante los demás, y no obstante la lucha admirable de su experiencia por eludir el momento. -¿No te enseñaron a llamar?, susurró mientras se abrochaba el último botón. Podía ver su dedo corazón absolutamente húmedo mientras intentaba acertar con el pequeño botón. Así que a esto se dedica en sus ratos libres pensé mientras perdía perdón. Me dijeron que no había nadie, lo siento, lo siento mucho, por mí no ha pasado nada, me disculpé mientras retrocedía dejando el sobre en la estantería más próxima. - Lo siento de verás -. Espera, me espetó con cierta autoridad.

Se acababa de colocar la ropa y de nuevo volvía a ser la mujer fría de todos los días. Me miraba escrutadora, con cierto aire de enojo, pensativa. Había contemplado multitud de escenas similares en mis sueños de adolescencia, esos sueños en los que te invitan a participar, pero la realidad nada tenía que ver con los sueños, o al menos nada me permitía soñar en ese momento en el que prácticamente estaba despedido a dos meses de mi boda.

- ¿Cómo te llamas?, preguntó sin quitarme la vista de encima. Fernández, de administración, Doña Raquel,- contesté. Lo siento de verás, seguí diciendo. Era increíble como uno tenía que bajarse los pantalones con tal de pagar el banquete, el vestido de novia, la letra de la hipoteca. Que narices, aquella mujer solo se lo estaba pasando bien, que fatalidad la mía entrar sin llamar.

Bien Sr. Fernández, confío en que nadie sabrá nada de esto. Desee la vuelta y baje por donde ha venido y en lo sucesivo antes de entrar en cualquier sitio de la empresa aprenda a llamar, de lo contrario me veré obligada a tomar medidas -. Me dieron ganas de decirle que al trabajo no se viene a masturbarse, pero sólo acerté a decir que nadie se enteraría de nada, que me casaba en dos meses y que por favor, olvidase lo sucedido. De nuevo me tenía que bajar los pantalones, ¿qué le diría a Laura si no? Ella se me quedó mirando fijamente con el ceño fruncido.

La imagen era perfecta, la verdad es que la madurez de su rostro era lo suficientemente armónica como para apreciar belleza en él, y los pechos, ahora recogidos en su camisa amarilla, lucían paralelos y retadores entre sus brazos cruzados. En realidad estaba para comérsela, pero Laura me esperaba y tampoco estaba en situación de ponerme a fantasear. Me miró, y asintió con severidad, puedes retirarte. Gracias, no volverá a suceder, contesté mientras me daba la vuelta con alivio y salía despedido.

Llevaba tal estado de nervios que apenas saludé a María de vuelta. Solo quería salir de allí antes de que se arrepintiera.

Me encontré comiendo con Laura en menos de nada. Habíamos quedado en un italiano para hablar antes de pasar por casa y seguir preparándola antes del día de la boda. La tenía sentada enfrente y no dejaba de ver la imagen de Raquel masturbándose.

No sabía si decirle lo que había pasado o callar del todo. Al fin y al cabo no había pasado nada raro, pero y si ella se pensaba otra cosa. Plato tras plato la imagen volvía a mí, y miraba a Laura allí enfrente y parecía verla a ella, comparaba sus pechos con los de Raquel, sus manos, su cuello, el color de la piel. No pude evitar sentir mi bragueta moverse de vez en cuando cada vez que aquella imagen venía a Mientras paseábamos hacia el coche, llevaba mi mano hacia el culito de Laura y lo acariciaba como la primera vez. Seguía notando el deseo, pero ahora imaginaba como sería el de Raquel. Me había quedado en la mitad superior de su cuerpo. Nunca me fije en ella antes. Serían más de veinte minutos hasta llegar a casa, tenía que relajarme o el pantalón me estallaría. Sin embargo era difícil solucionarlo mientras Laura se abalanzaba suavemente hacia mí aprovechando la penumbra del parking para premiar mi inspiración con un cálido beso de enamorados.

Llegamos a casa entre bromas. El ascensor se convirtió en una breve antesala de nuestra tórrida siesta. Laura me rodeó con su brazo izquierdo y me hundió la lengua en la boca con cierta ansiedad. Al parecer había levantado su deseo en un momento justo, y no tuve problemas en seguirla. Me apretaba contra ella y le respondía con dureza, queriendo penetrarla, haciendo el gesto para excitarla lo suficiente ante la imposibilidad de realizar el coito con los pantalones puestos. El roce era continuo, la fricción constante, y de nuevo Laura recobraba todo el protagonismo en mi cabeza. Llegamos al piso, y la puerta se cerró cómplice. El piso aún sin amueblar del todo incrementaba el sonido de nuestros murmullos y gemidos entrecortados mientras nos íbamos quitando la ropa abrazados, caminando de puntillas hacia el dormitorio donde el colchón que había acompañado nuestros últimos días de noviazgo habría de pasar a ser un colchón matrimonial en toda regla. Llegamos a él desnudos completamente.

De repente Raquel volvió a mí en fogonazos. Mientras abrazaba a Laura creía ver los pezones simétricos y oscuros de Raquel. Volvía a Laura, el fluido preseminal bañaba su tripita blanquecina y mis muslos por igual. No podía más, debía concentrarme si no quería acabar antes de tiempo. Me puse sobre ella, pero era difícil borrar a Raquel de mi mente; me venía la imagen de su pubis sin vello a la cabeza. No lo había visto, pero lo imaginaba así y eso era más fuerte. Las manos de Laura sobre mi cara volvían a centrarme. Los cuerpos se extendían completamente uno sobre otro, y los sonidos resurgían en la habitación. Notaba entre mis muslos como abría las piernas mientras sus manos se perdían entre mi nuca, estaba receptiva, la quería ya, y yo no podía esperar. Rocé su pubis con una mano buscando mi polla erecta, totalmente mojado y lo llevé hacia su abertura mientras no dejaba de besarla denodadamente.

Ahora veía a Raquel, debajo de mí, atrayéndome, cerrando sus piernas sobre mis muslos, aprisionando mis gemelos con sus pies. El calor de la habitación hizo que el sudor se rompiera antes de tiempo y la piel se escurría con mayor facilidad. El sabor era el del deseo y la penetré con todo, hasta dentro, al natural dejando que los fluidos se conjugasen. Las pocas veces que lo hacíamos así eran especiales. Se podía sentir el resbalar, oír el sonido de los fluidos divirtiéndose entre nuestras piernas.

Los gemidos dibujaban la oscuridad de la habitación. Me apoderé de su cuello, me abrazó firmemente la espalda y me dispuse a irme con violencia en su interior. Confundía a Laura con Raquel. El trato que me había dado hacía que mis acometidas fueran más violentas, chocando mí estómago literalmente con el de Laura, dejando caer todo el peso de la cintura sobre ella, lo que parecía gustarle. Nunca me había sentido así. Pensaba en Raquel jadeante, exhausta, pidiendo ser complacida. Laura gemía en voz alta y eso me enardecía aún más...

Estaba dando buena cuenta de mi café mañanero cuando de repente entró ella con tres ejecutivos de la empresa, dos mujeres y un hombre. Me sonaban las caras, pero era demasiado para un simple administrativo. Me clavó la mirada sin miramientos. Ignoro a que venía, pero me recordó a la reprimenda de la mañana anterior. Me marché antes de que pudiera ser peor. A menudo durante ese mes se produjo la misma situación, siempre la misma hora, siempre la misma mirada hasta que antes de iniciarse las vacaciones percibí mayor flexibilidad en sus ojos. Supuse que era buena señal, porque aún no me habían despedido, con lo cual el hacha de guerra parecía estar enterrado. Por si acaso dejé de acudir a esa hora al desayuno, lo cual me favoreció porque así podía desayunar de vez en cuando con Laura.

Quedaba un mes para mi boda y de nuevo Raquel se cruzó en mi camino por azar. De nuevo la misma situación, Fernández para arriba a entregar unos dichosos sobres. Ni Martínez, ni García ni nadie podían sustituirme, así que me dispuse a disimular y subir aquello a gerencia. Volví a recorrer los pasos de un mes antes, pero esta vez me aseguré de llamar a la puerta. Llamé un par de veces y esta vez la tercera fue interrumpida al abrir Raquel. Doña Raquel. Estaba junto a la estantería dejando algunos papeles. Se sorprendió ligeramente al verme y me dijo que pasara. Pasé y le entregué los sobres.

Bajó su mirada hacia ellos y se dio la vuelta caminando hacia su mesa. Veo que has aprendido a llamar, eso está bien -, ironizó. Gracias por no tomar medidas, ya le dije que no volvería a pasar, contesté. No tenía por qué, respondió. Tú también lo habrás hecho de vez en cuando, ¿no?, simplemente fue embarazoso -. Me quedé sorprendido, no sabía que decir. Siéntate un poco, me dijo mientras abría los sobres que le había llevado. Quería disculparme contigo, no tuviste la culpa, estaba pasando un mal momento, he notado que me eludes y me gustaría invitarte a cenar para compensar mi comportamiento del último mes. No tiene que compensarme nada, no se preocupe, le respondí. Insisto, ¿te viene bien mañana a las diez? -.

Me quedé mirándola atónito, no podía despejar la vista de sus ojos, no quería malas interpretaciones, parecía muy segura. ¿Qué le diría a Laura? Está bien, mañana pues, ¿dónde?- Te espero aquí a las diez, Marcos, me dijo mientras escribía el nombre del restaurante. ¡Sabía mi nombre! No pude dejar de pensar en ella todo el día y el resto del siguiente. Por suerte aún me encontraba viviendo solo y no tendría que dar explicaciones sobre la hora de llegada, así que preferí no decirle nada a Laura.

No me parecía normal ir a cenar con la Gerente de mi empresa. Traté de llegar puntual, pero se me adelantó para mi pesar. Estaba ya sentada en su mesa. Que horror pensé. Se levantó y me recibió con dos besos; correspondí tímidamente, me olía bastante mal el asunto, pero que podía hacer. Laura aún estaba estudiando y no me podía permitir perder el trabajo así. Quizás solo quisiera comprar mi silencio, las ejecutivas son así. La verdad es que estaba resplandeciente, tenía una camisa blanca que dejaba entrever la parte inferior del cuello sin llegar al canalillo del pecho. Una falda a juego e impecablemente peinada. Comenzamos a conversar… La mayoría de gente que conozco está separada, se pierde mucha libertad prosiguió.

Bueno Laura y yo nos llevamos bien, de todos modos creo que llega un momento en el que hay que dar el paso, ya veremos, si no me despides, quizás te lo pueda contar dentro de unos años- bromeé. Por primera vez, sonreía a gusto. No parecía la persona que conocía del trabajo. Tengo una curiosidad Marcos,... ¿qué pensaste cuando me viste aquel día? No sabía que responder, - bueno, de verás, dímelo -. En fin, no me lo esperaba, me quedé muy sorprendido, no pensé demasiado en lo que hacías sino en la repercusión sobre mí.- Yo me quedé pensando que había sido demasiado brusca, pero que me vieras el pecho me dejó aturdida, lo demás podía haberlo disimulado, pero eso. No te preocupes, me gustó lo que vi - Que había dicho, acababa de meter la pata hasta el fondo, ¡la cabeza me había traicionado! Ella me miraba con asombro y de repente se sonrió. Es un consuelo, algo es algo -.

Si no pretendía nada esa noche acababa de decirle algo totalmente distinto. La sola idea me tenía aturdido. Ahora la miraba con otros ojos, su olor me estaba provocando una excitación similar a la que experimenté con Laura el día anterior. Sus labios me inspiraban fuerza, deseo. Pedí la cuenta, luchamos por ella, pero insistí en pagar. Te agradezco el detalle de verdad, mañana volveremos a la realidad, pero por mí no tienes de que preocuparte, - le dije mientras salíamos a la calle. No puedo dejar que esto quede así - me dijo, - ¿te apetece un café? Vivo aquí al lado y tengo que acostar al niño. ¡Estaba salvado!, el niño estaba en casa, que podía pasar, está bien, te acompaño.

Me presentó al niño. Estaba con la vecina, pero más bien la cara de sueño denotaba que no duraría mucho pululando por allí. En cuanto se cerró la puerta, nos dirigimos a la cocina, ¿Con leche? Sí mejor, gracias. Yo me he quedado con la casa, me gusta esta zona, me dijo mientras me lo servia. Voy a acostar al niño, ahora vengo. Vaya, mi suerte se acababa. Me la imaginaba saliendo con un salto de cama transparente, y comenzaba a ponerme nervioso. Tardó unos diez minutos, en los cuales me di una ligera vuelta por el salón viendo viejas fotos y recuerdos. Ya estoy aquí, me interrumpió, discúlpame, se ha quedado frito, pero siéntate hombre. Se hizo su café, vino y se sentó en el sillón de al lado. Podía ver sus muslos al cruzar las piernas. Me estaba poniendo malito.

A que hora entras mañana a trabajar -, me dijo. - A las ocho, se me está haciendo tarde, tómate el día, ¿quieres quedarte?, me quedé a cuadros, no sabía que decir, de repente la veía ante mi como una posibilidad real, volvieron a mi mente las imágenes de su despacho, podía recordar su pecho mientras me contemplaba esperando una respuesta. Yo... es que, Laura... estaba balbuceando. No hay compromiso, Marcos, simplemente he pensado en esto alguna vez, somos adultos, es una noche... quédate si te apetece.- Nos miramos, mi duda le estaba dando el si, y apuró su café. Se levantó y vino hacia mí.

Se inclinó llevando su mano a mi cara y me besó, suavemente. Ven, me dijo mientras me tomaba de la mano. Llegamos a su habitación muy rápido, entornó la puerta, quédate conmigo, me dijo mientras se acercaba. La besé y sentí su lengua buscándome. Ahora era yo el que mandaba, ella lo había decidido así. No pensé, dejé de pensar.

Metí mi lengua en él interior de los muslos, las ingles, a trazar círculos de placer por sus labios, hasta que cerré mi boca sobre el clítoris. Mmmmmmmmmm, gimió, y me apretó contra ella. Con cada pasada de la lengua un nuevo gemido salía de su boca.

Temblaba y recibía cada caricia con pasión hasta que con un prolongado gemido me empapó los labios. Me quedé mirándola desde su vientre. Tenía la cabeza echada hacia atrás y el pelo alborotado. Jadeaba y el vientre se contraía. Era mi turno. Me despojé de los pantalones y el slip con rapidez mientras ella recobraba la calma. No la dejé acabar. Coloqué el glande en su abertura y presioné hasta que la cabeza estaba dentro. La sorprendí.

Se quedó mirándome con la boca entreabierta y la introduje de golpe, hasta el fondo. No tenía preservativo, jamás pensé que lo necesitara. Sabía que no era lo correcto, pero me inspiraba confianza. A ella le gustó, sabía lo que se hacía. Ahora sentía por primera vez la vagina de otra mujer, la penetración al natural me excitaba el doble, y mi polla había adquirido unas dimensiones mayores de lo normal. Quería mi orgasmo, y fui a por él. Comencé a bombear, se lo merecía, me había buscado bien. Entornó sus pies en mis gemelos y me apretó de nuevo jadeante. Yo gemía con cada arremetida, me deslizaba hacia abajo y la clavaba de nuevo sintiendo pura electricidad. La descarga de esperma iba a ser importante así que decidí retirarme.

Sentía los testículos contraerse. - No, sigue...- pidió - lo quiero dentro, mmmmm - la sonreí y no pensé, me lancé contra ella con fuerza, mmmmm, ahhhhh, gemíamos como locos, la cama se movía al compás de nuestros cuerpos, Ahhhh, me dejé caer sobre ella mientras el chorro la inundaba por completo. Jadeaba contra su cuello, con las manos sobre sus muslos.

El pecho se contraía sobre sus pezones morenos. Estaba en la gloria. Ringggggggggggg, ringggggggggggg, Marcos... Marcos, - sí mamá, ¿qué hora es? ,- vamos hijo, te tienes que casar, ¡no vayamos a llegar tarde! (ohhhh, que sueño más raro, y Laura esperándome en el altar, menos mal que ha sido sólo un sueño)... son las diez, dónde estarías anoche... - de despedida mamá -...


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