SEXSHOP FAVORITOS | PÁGINA DE INICIO | RECOMIENDANOS | REGISTRARSE | CONTACTO | FORO
HOME
FORO
BLOG
REGISTRARSE
JUEGOS PORNO
RELATOS
TOP 100
LISTA DE RELATOS
TU RELATO
BUSCAR RELATO
LISTA DE AUTORES
AUTOR ALEATORIO
SEXO GRATIS
ENLACES AMIGOS
Guia de escorts
JUGAR GRATIS LISTA COMPLETA INGRESO WEB
 
 
En www.librored.com recopilamos los mejores relatos eroticos de la red y los que vosotr@s nos enviáis. Si tenéis una historia que dar a conocer, o para cualquier otra cosa, podéis escribir a: relatos@librored.com

librored CATEGORIAS DE RELATOS
Amor Filial Autosatisfacción Bisexuales Confesiones
Dominación Fantasías Eróticas Fetichismo Gays
Hetero General Infidelidad Intercambios Lesbianas
Maduras No Consentido Orgías Primera vez
Sadomasoquismo Sexo Anal Sexo Interracial Sexo Oral
Sexo Virtual Transexuales Trios Voyerismo

Fiesta en la sierra   (Intercambios)
 
AUTOR: Songoro
 

Llevamos diez años de matrimonio y, la verdad, creo que nuestra vida sexual es bastante más rica y satisfactoria que la de la mayoría de nuestras parejas amigas. Follamos casi a diario, y aún le ponemos mucha imaginación y morbo. Hemos tenido suerte, porque ambos sabemos que tenemos en el otro un cómplice perfecto para nuestras fantasías.

Hace un par de años empezamos a acudir a un local de los que se llaman liberales de nuestra ciudad, y allí, a base de intercambios, tríos y alguna que otra orgía, hemos hecho buenos amigos y compañeros de fiesta. Para la fiesta de Nochevieja, hablamos con otras cinco parejas, con las que mejor congeniábamos, y decidimos celebrar el año nuevo en “privado”, es decir, montando la fiesta por nuestra cuenta en nuestra casa en la sierra.

Desde que concretamos la cita, la excitación iba en aumento según pasaban los días: el hecho de salir del local de siempre y lo particular de la ocasión, despedir el año, prometía una velada muy especial. Yo tengo 35 años y Eva, mi esposa, 34. El resto de las parejas que después de las uvas acudieron a la fiesta estaban entre los 22 y 21 de Jorge y Laura y los 45, ambos tienen la misma edad, de Alberto y Paloma. Decidimos que la fiesta iba a consistir en un solo juego, muy sencillo. Cada uno de nosotros diez tenía derecho a pedir un deseo, a expresar en voz alta una fantasía que los demás estarían obligados a cumplir.

La noche fue larga y maravillosa, un estallido increíble de placer y lujuria desatada, tanto que me veo obligado a narrar ahora sólo el primero de los episodios, porque cada turno originaba un auténtico desmadre; cada vez que tocaba a uno de los diez ponerse en el lugar de pedir su deseo, lo expresaba en voz alta y el suceder de los acontecimientos, nuestros propios deseos de sexo, llevaban a que la bacanal que se organizaba trascendiesen con mucho a la simple orden que el “dueño” de turno había dado. Todas las demás parejas decidieron que, puesto que éramos los anfitriones, debíamos empezar nosotros, y yo por supuesto le cedí el primer lugar a Eva, mi mujer.

La chimenea estaba encendida y la gente se sentaba en los sofás, en los sillones, alguno sobre la alfombra. Todos estábamos aún perfectamente vestidos y con una copa en la mano cuando Eva se levantó para expresar su deseo en voz alta: era bien sencillo: aunque en el local ya había tenido la ocasión de tener sexo con cada uno de los hombres presentes, siempre se había guardado esta fantasía que no había podido cumplir: ser acariciada y besada por todos los hombres presentes al mismo tiempo, por los seis que allí estábamos.

Eva y yo decidimos no contarnos mutuamente cuál sería la fantasía que llevaríamos a la fiesta, pero yo intuí, ahora comprobaba acertadamente, que la suya consistiría en eso, alguna vez había dejado caer lo mucho que le excitaba la idea de tener encima de ella un montón de manos y bocas que se dedicaran exclusivamente a su cuerpo. Decidí colaborar activamente para que aquello, su deseo de tanto tiempo, le proporcionase mucho morbo y mucho placer, todo el posible, de modo que puse en práctica todo lo que sé de ella, todo lo que conozco acerca de sus gustos y sus morbos particulares.

En cuanto ella contó su fantasía, y dio su orden, todos aplaudieron entre divertidos y excitados, y yo decidí hacer algo que disipase de la cabeza de Eva cualquier sombra de temor de que aquello me molestaba: ella ya estaba de pie, de modo que me levanté también, me coloqué tras ella, la cogí de la cintura y empecé a besarla en el cuello, mientras anuncié a los demás que, puesto que era su marido, solicitaba el privilegio de ser quien la desnudase ante los ojos de todos los presentes. Todos aceptaron y ella, tal como yo esperaba, se sintió aún más excitada al obtener mi colaboración activa. Se había puesto especialmente guapa para la ocasión, llevaba un trajecito de falda y sweater de lana negra que se ajustaba a su cuerpo perfectamente, y se había maquillado con tonos tenues que resaltaban su belleza.

Después de acariciarla y restregarla contra mi cuerpo, me agache un poco para introducir mis manos bajo el vestido, y fui subiendo hasta que al acabar sus medias negras, apareció ante los ojos de todos la blancura de sus muslos prietos; seguí subiendo hasta dejar la falda a la altura de su cintura, de modo que todos pudiesen observar como sus bragas negras se ajustaban perfectamente a las curvas de sus caderas; ella alargó sus brazos hacia detrás para abrazar mi cuello y dejarse hacer. Se admiten peticiones, dije en voz alta: ¿por dónde sigo?

Desde allí oí todo tipo de proposiciones de los tíos, cada vez más calientes viendo como Eva se entregaba y se contoneaba mostrando la lujuria que la situación le provocaba, de modo que dudé entre quitarle la falda o dejarla allí enrollada en la cintura y subirle ahora el sweater para mostrar la curva de sus pechos bajo el sujetador, pero tomé una decisión: a mí me excita mucho ver a una mujer perfectamente vestida de cintura para arriba, pero desnuda de cintura para abajo, con sólo el coño y el culo al aire, de modo que supuse que al resto de los tíos eso también le excitaría y desabroché su falda, se la quité, la lancé contra Jorge, el chico de 22 años, como un regalo especial, y Eva quedó con el sweater, las medias sujetas con una liga elástica a mitad de muslos y las bragas puestas.

El siguiente paso sería quitárselas, pero antes de eso la abracé por la cintura y la volteé suavemente hacia todos los rincones del salón, mostrándola así como estaba a cada uno de los tíos, que ya sin disimulo se acariciaban los paquetes. Luego la giré hacia mí, le di un profundo beso en la boca mientras con ambas manos apreté su culo, primero por encima de las bragas y luego metiendo las manos bajo ella, y luego las aparté para que todos pudiesen contemplar como las bragas resaltaban sus redondas y hermosas nalgas. Volví a girarla, ella se dejaba hacer como una muñeca.

Me agaché, llevé las manos hasta la cinta de sus braguitas y tiré de ellas hacia abajo, hasta que cayeron por su propio peso a los pies dejando su apetitoso coño a la vista de todos. Recogí las bragas del suelo y se las lancé a Ignacio, que tiene una edad parecida a la nuestra. Se quedó con ellas y las olió sin recato. Yo volví a incorporarme y, separándome un poco de ella, la cogí por la mano para hacerla girar sobre sí misma despacio, de modo que todos pudiesen contemplarla así, con el sweater puesto, pero sin falda y sin bragas, con el coño y el culo desnudos, y efectivamente no me equivoqué, a todos los tíos debe excitarnos eso mucho porque la mayoría de ellos ya se habían bajado la bragueta y habían cogido las manos de sus parejas para introducirla en ella.

Las chicas asistían en silencio, abrí aún más las nalgas de Eva, hasta que su agujerito negro quedó bien a la vista. “Esto es lo que os vais a comer ahora”, dije, y eso excitó tanto a los tíos como a la propia Eva, sabía que así sería y sabía cuánto estaba deseando empezar a sentir sus lenguas en aquellos agujeros. De modo que volví a incorporarla, le quité el sweater y la dejé únicamente con el sujetador y las medias, ambas cosas negras, resaltando la blancura y la tersura de sus carnes. Finalmente desajusté el corchete del sujetador y sus pechos de 100 salieron liberados, con los pezones ya como piedrecitas incandescentes.

Así como estaba, sólo con las medias puestas, decidí darle un anticipo de lo que le esperaba y la llevé delante de cada uno de los tíos: empecé por Alberto, el mayor: para ti la boca, Alberto. Todos estaban aún sentados, de modo que empujé a Eva suavemente por los hombros hasta dejar su boca a la altura de la boca de Alberto, que inmediatamente coló su lengua dentro y mordió sus labios en un beso salvaje que a Eva le hizo contorsionarse de placer. “Esto es sólo una aperitivo, recordad”, de modo que la incorporé de nuevo y la llevé hasta Eduardo: para ti la teta derecha. La incliné hacia delante y dejé que su seno quedase colgando a la altura de la boca de Eduardo, que lo lamió y lo mordisqueó con los labios como un maestro, pero cuando empezaba a entusiasmarse volví a incorporar a Eva, la volteé y puse su culo delante de la cara de Juan, también de nuestra edad. “Bésale el culo, Juan”, le dije, y él cubrió de besos y lametazos sus nalgas blancas mientras su mujer le acariciaba el torso por debajo de la camisa.

Para ti, Ignacio, la teta izquierda, la voy a rebozar por tu cara, de modo que la incliné de nuevo y sujeté bien su seno para dirigirlo hacia nuestro amigo, que ya esperaba con la boca abierta; ambos se dejaron hacer, de modo que yo dirigí la dura teta de Eva para restregar con ella toda la cara de Ignacio, que mientras había metido la mano bajo la falda de su mujer. Sólo quedas tú, Jorge: para ti el premio mayor: llevé a Eva hasta él, le abrí las piernas y dejé su coño ya empapado delante de la cara de Jorge, que durante un rato penetró con la lengua, como un pequeño pene, la raja de mi mujer. Eva empezó a jadear y en ese momento la cogí en brazos y la llevé hasta la mesa central, completamente despejada, una gran mesa en la que se podía tumbar una persona cuan larga era y que habíamos preparado convenientemente para la ocasión.

Allí la dejé, bocarriba, y mientras les dije a los hombres que podían irse desnudando, me dediqué a quitarle las medias a Eva, para que no hubiese ni el más mínimo estorbo a la tormenta de placer que se le venía encima. Luego me arrodillé detrás de su cabeza y desde allí la besé con toda la lujuria de que fui capaz, comiéndome literalmente su boca de hembra en celo.

Mientras los tíos iban llegando hasta la mesa, me encargué de recordarles cuál era el deseo de Eva: ser acariciada y besada por todos a la vez, de modo que de momento, aquellas pollas tiesas deberían esperar, sólo eran necesarias sus manos y sus bocas. Inmediatamente perdí de vista casi por completo el cuerpo de Eva, porque 6 bocas y 12 manos hambrientas de hembra se abalanzaron sobre ella. Yo seguí comiéndome su boca mientras Alberto y Juan dirigían sus labios hacia cada una de sus tetas, Eduardo fue directamente a separarle las piernas para comerse su coño y los otros dos sobaban sin descanso sus muslos y su vientre. Durante veinte minutos, aproximadamente, nos fuimos turnando en las posiciones, la volteábamos constantemente para tener acceso a todos los rincones de su cuerpo, ahora bocarriba, luego bocabajo, y así hasta que Eva quedó completamente cubierta de saliva de arriba abajo, nunca la había visto disfrutar tanto.

Eduardo, que estaba obstinado con su culo, estuvo al menos diez minutos seguidos hurgando con su lengua en su ano, hasta que los demás protestaron y también les dejó probar, y todas las lenguas pasaron repetidamente por su coño, todas los labios mordieron sus pezones, todas las bocas se apretaron contra la de Eva, todas las manos exploraron todos los rincones de su cuerpo. Eva estaba a punto de reventar, pero no lo conseguía, estaba demasiado acostumbrada a que yo le comiera el coño para tener el primer orgasmo, de modo que aunque el morbo era irresistible, no conseguía llegar a estallar y ya lo estaba necesitando para reventar de placer, de modo que me pidió que le comiese el coño, cómemelo tú, por favor.

Dejadme comerme el coño de mi mujer, les dije, una vez que haya reventado por primera vez vendrán muchas más, lo veréis. De modo que Ignacio y Jorge le sujetaron las piernas en alto, bien abiertas para permitirme meter la cabeza entre ellas. Los otros tres mientras pellizcaban sus pezones y metían dedos en su boca. Aquello era un auténtico charco, un mar de caldito tibio en el que sumergí mis labios con fruición, y me dediqué a pasear la lengua arriba y abajo, a introducírsela en la raja y finalmente a lamer con la punta su clítoris, que estaba rojo y duro como nunca lo había visto. No tardó en tener el mayor orgasmo que yo recordaba, su cuerpo se convulsionó como si la mesa de madera estuviese llena de muelles que la hacían rebotar arriba y abajo, mis amigos no podían resistir aquella escena de una mujer en su clímax total sin tocarse y mientras seguían acariciándola con una mano se pajeaban con la otra.

Por fin Eva dejó de bramar y poco a poco su cuerpo fue recuperando su posición inicial hasta quedar tendida como una muñeca rota sobre la mesa, dejándose acariciar. Yo sabía que en pocos segundos pediría más, y también sabía que ahora, una vez conseguido el primer orgasmo, sólo con tocarla se correría de nuevo y además muchas veces más, de modo que quise aumentar el morbo de la situación y les dije a cada uno de mis amigos que ahora les tocaba a ellos, que la hicieran correrse una vez cada uno, y así lo hicieron. Jorge fue el primero en arrodillarse delante de su coño, puso su boca en aquel humedal y nada más pasear sus labios un momento por el clítoris Eva volvió a estallar, con más fuerza que antes si cabe. Así fueron pasando los cuatro restantes, uno por uno arrodillados delante de su coño, arrancándole a mi mujer todo el placer que eran capaces de generar sus entrañas, apenas dejándola descansar entre un orgasmo y otro.

Los demás mientras, cachondos perdidos, la rodeábamos mientras nos acariciábamos, Laura, se acercó hasta la mesa, se arrodilló donde todos nos habíamos arrodillando antes, entres los muslos de Eva, y con sus manos abrió un poco sus piernas para hacerse sitio. Aquella escena tenía un morbo insoportable para nosotros, que no pudimos dejar de acariciarnos la polla rodeándolas a ambas mientras Laura besaba muy lentamente el interior de los muslos de Eva. Jorge, su marido, le acariciaba la cabeza mientras Laura empezaba a besar el coño de mi mujer; Eva no podía esperar más, no quería demoras y dijo susurrante, pero en voz alta “cómeme ya, hazme reventar, por favor”, de modo que Laura alzó un instante los ojos, sonrío y hundió su lengua en aquél clítoris empapado.

Eva no tardó en volver a correrse en la boca de su amiga Laura, que una vez que aquélla había vuelto a relajarse, siguió recorriendo con besos dulces sus muslos y su vientre, mordiendo su pubis, lamiendo su ombligo. Yo conozco perfectamente a mi mujer y sé lo que necesitaba ahora, lo que siempre pedía después de los orgasmos clitoridianos, pero fue Laura la que se adelantó a mis pensamientos: mientras continuaba acariciando con sus labios los muslos de Eva, me dijo: “ahora deberías follártela, lo está necesitando”. “Lo sé”, le contesté, de modo que Laura, gateando de rodillas, se apartó hacia un costado, seguía de rodillas y su boca estaba ahora a la altura de los pezones de Eva, que no tardó en empezar a mordisquear; Eva se lo agradeció metiendo sus manos en el pelo negro y rizado de Laura y acariciándole la cabeza mientas ella lamía sus pechos.

Los tíos seguían acariciándose, ya apartados a un segundo plano para dejarme el protagonismo a mí. Laura me miró a los ojos y me dijo “métesela entera, jódela, lo está pidiendo a gritos”. Me coloqué entre los muslos de mi mujer, levanté sus piernas hasta la altura de mi pecho y de un solo golpe, aquello estaba empapado, la penetré hasta el fondo, ella arqueó la espalda de gusto y Laura, jadeando de morbo, siguió chupando sus tetas, su cuello y su cara, hasta acercar la boca a su oído para susurrarle cosas que yo sólo podía oír entrecortadamente, pero que sin duda estaban terminando de poner a cien a Eva, cosas como “eres una puta sedienta de polla”, “zorra, te has corrido en la boca de todos los tíos”, “me gusta ver como tu chico te folla como a una perra”.

Laura sin duda vio en los ojos de Eva que le llegaba de nuevo el orgamo, el más brutal de todos, porque justo cuando ella empezó a jadear anunciando la explosión de placer, Laura metió de golpe la lengua entera en la boca de mi mujer, que succionó como una fiera salvaje mientras se convulsionaba una y otra vez respondiendo a las embestidas de mi polla, se corrió botando literalmente sobre la mesa mientras seguía tragando, sin dejarla escapar, la lengua de Laura.

No quería correrme, pero no pude resistir aquella escena de lujuria y empujé con todas mis fuerzas hasta que reventé en un orgasmo magnífico. Me eché extenuado sobre el cuerpo de Eva, besé dulcemente sus pezones mientras ella y Laura seguían con las lenguas enredadas, cada vez más suavemente, cada vez más delicadamente hasta que Laura se separó y, dándome a mí un leve beso en los labios, volvió a su sitio. Aquello no había hecho más que empezar. Eva sonreía, estaba exhausta, rota de placer. “Se acabó el turno de Eva”, dije.


7.4000 PUNTOS  |  ENVIAR A UN AMIGO  |  COMENTAR  |  VOTAR | Atras


ENLACES TOP RECOMENDADOS
Relatos Eróticos
Relatos Eróticos



www.librored.com no se responsabiliza de los comentarios o expresiones que puedan incluirse en los relatos, así como de los nombres o identidades indicados, llegado el caso. Si desea que, por motivos personales o de otra índole algún relato sea eliminado de nuestra página, puede remitirnos un mensaje a la dirección arriba indicada, haciendo constar los motivos.
De la misma forma, si Ud. es webmaster de alguna web de relatos y alguno de los que incluimos tiene derechos reservados, no tendremos el menor inconveniente de retirarlo.
Nuestro objetivo no es otro que entretener a través de lecturas eróticas. Agradecemos vuestra colaboración.
librored

USUARIO:
CONTRASEÑA:

 

 
LIBRORED.com© Spacio Global Media S.L. , todos los derechos reservados / Aviso Legal y Condiciones / Home