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Entre mujeres   (Lesbianas)
 
AUTOR: Anónimo
 

Soy una recién casada de 25 años. El tío predilecto de mi marido vive en un pueblo de la costa castellonense, y allí fuimos a pasar la primera semana de nuestra luna de miel porque ellos dos tenían que hablar de un negocio conjunto y porque era verano y a mi me gusta la playa.

Este matrimonio es admirado en la familia porque irradian una elegancia natural que no es otra cosa que su propia inteligencia. No tienen hijos, así que mi marido es su sobrino predilecto.

Leticia me ha querido desde el primer día y me ayuda siempre a elegir peinados y ropa, cremas y lecturas, cine y todo lo que ella considera que es un placer del espíritu. Por supuesto, la lencería de la noche de bodas la escogimos juntas, y coincidimos en las prendas.

La estancia en su casa estuvo llena de agasajos. Me sorprendí a mi misma admirando la belleza y elegancia de esta mujer. Su figura cincuentona es la envidia de muchas de mis amigas y la admiración de sus novios y maridos.

Mi marido y su tío se ausentaron una noche para una cena de negocios. Nosotras nos arreglamos y fuimos a cenar al paseo marítimo. Tomamos unas copas de cava en un hotel y bailamos un rato al son de música de los ochenta. Animadas por la música y el cava fuimos a curiosear a la playa, donde muchas parejas se refugiaban para dar rienda suelta a sus deseos. Nos sentamos en la arena para observar con disimulo y acabamos bañándonos desnudas como otras muchas personas desconocidas.

Al salir del agua notamos el frescor de la madrugada y nos frotamos la piel mutuamente para darnos calor. La proximidad de nuestros cuerpos y el frío nos juntó de tal manera que estábamos pegadas la una a la otra; nuestras mejillas se tocaban igual que el resto de nuestros cuerpos mientras nos susurrábamos al oído ideas y sensaciones sorprendentes y cada vez más excitantes.

Nuestros labios se rozaron por un instante de manera involuntaria, pero fue un momento tan dulce que deseé que volviera a suceder, aunque me daba miedo.

Ella me cogió la cara entre sus manos y me besó con una pasión tan desbocada que un calor abrasador emanó de mi interior e invadió todo mi cuerpo.

Sus manos se pasearon por todo mi cuerpo y las mías se agarraban a su cintura para retenerla junto a mí. Mi boca se derretía con las caricias de sus labios y el baile de su lengua. Las piernas no me aguantaban y me dejé caer en la arena.

Se puso sobre mí y me siguió besando por el cuello, los pechos, el vientre, los muslos…

Mis manos la buscaban desesperadamente y navegaron por una espalda suave, delicada, femenina flanqueada por unos hombros sensuales que besé con pasión.

Una de sus piernas se abrió paso entre las mías y mi vulva se acarició con aquel muslo fuerte y firme.

En aquellos momentos me había abandonado completamente a sus deseos.

Sus pechos se frotaban con los míos y nuestros pezones amenazaban con escaparse de los pechos por la excitación.

Mi mano buscó su pelvis y me encontré una suave y hermosa frondosidad de vello sedoso que cubría el bajo vientre y se extendía hasta el principio de sus piernas.

Tenía todo el sexo cubierto de vello, y en el centro pude encontrar un sexo abultado, grande y duro que se abrió al primer roce para dejar al descubierto un clítoris como una avellana que cogí entre mis dedos y acaricié.

Ella se estremecía y me besaba con tanta pasión que tuve un principio de orgasmo y sentí bajar por mi vagina los flujos del placer.

Nuestras bocas no se separaban ni un segundo porque los besos nos introducían la una dentro de la otra y nos facilitaban la exploración de nuestros cuerpos.

Tras ellos se escondía el deseo de besarnos por todas partes y en unos segundos de duda me miró a los ojos y a continuación su lengua recorrió mi cuello y se paseó por mis pechos antes de seguir por mi vientre y detenerse en los labios de mi vulva para besarlos como si fuesen los de mi boca.

Su lengua se abrió paso entre el vello y mis labios para buscar mi clítoris. Allí se detuvo hasta que logró arrancar de mí un orgasmo como nunca había sentido en mi cuerpo ni con mis novios ni con mis propias caricias en mis soledades de excitación.

Mis convulsiones orgásmicas no lograron separar su boca de mi vulva y su lengua recogía el néctar que manaba de mi rajita ardiente.

Acercó de nuevo su boca a la mía y me besó con más ardor que antes para que compartiéramos el sabor de aquellos jugos del sexo. Yo permanecía impávida gozando cada segundo sin resistirme a ninguna de sus pretensiones. Ante mi sumisión, ella se puso a horcajadas sobre mi cara y bajó su pelvis hasta colocarla sobre mi boca. Cerré los ojos y besé los dos pétalos que se escondían entre el vello sedoso, pasé mi lengua entre ellos y la vulva se abrió húmeda y lubricada. Busqué el clítoris y lo aprisioné con mis labios.

Ella se movía para frotarse con mi boca y cogió mis manos para llevarlas hasta sus pechos. Pellizcaba sus pezones y lo hacía sincronizadamente con el ritmo que mi lengua lamía su clítoris. Así me perdí en el sabor de sus flujos, la suavidad de su vulva y el cosquilleo de su vello púbico. Sin darme cuenta estaba otra vez completamente mojada.

Crucé mis piernas y aprisioné mi vulva entre ellas. Las movía rítmicamente para regalarme un placer compartido con el de aquella elegante mujer que hasta en el amor se comportaba con un estilo extraordinario, haciendo que lo vulgar y mediocre en otras personas, en ella fuese una lujuria exquisita, distinguida.

Sentí llegar un nuevo orgasmo cuando su vulva se abrió completamente y su cuerpo se convulsionó varias veces, se contraía y se retorcía a su antojo y yo saboreaba el flujo abundante que manaba de su vagina, me lo tragaba y lo utilizaba para lubricar aún más su clítoris en un a excitación inimaginable.

Tras unos minutos en aquel paraíso de nuevas sensaciones, deslizó su cuerpo hasta quedar tendida sobre mí y besó mis labios y mi boca para deleitarse con el aroma y el sabor de su propia vulva.

Algunos jóvenes nos observaban con disimulo desde las proximidades, tendidos en la arena. Nosotras nos dimos un baño y nos vestimos con nuestros cuerpos mojados. En casa nos dimos las buenas noches tras una ducha rápida y unos besos fugaces.

No pude dormir.

Al amanecer llegó mi marido y le hice el amor con tanto deseo que se asustó, pero al acabar me acurruqué en su pecho y dormí hasta el mediodía.


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