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Princesa   (Primera vez)
 
AUTOR: Anónimo
 

Yo era una joven sencilla, piernas torneadas, busto mediano, piel blanca y tersa. Mis ojos expresaban un gran temor a la vida social y la mayoría de mi vida la había pasado sumida en libros. Era lo que la gente solía llamar una "hija de papá", una princesita. Tenía 19 años y regresaba una noche de la universidad cuando lo divisé en la distancia, su apariencia me llamaba mucho la atención, pues era mi antítesis, en él se reflejaba la independencia, la seguridad y sobretodo la determinación, de que forma me gustaba su determinación.

Jamás me atreví a hablarle, ni en sueños, yo era demasiado tímida como para acercarme a él, me daba miedo que con una palabra él lograra adivinar que me atraía.

Esa noche ya era tarde y hacía frío, andaba con un vestido a media pierna y un suéter ligerito que apenas cumplía la función de no dejar los brazos al viento. Llegué a mi casa en unos apartamentos pequeños que compartía con una compañera de universidad, cuando busqué mis llaves en el bolso no las encontré y mi compañera no estaba, de fijo no llegaba pronto.

Tenía mucho frío y estaba sentada en las afueras de mi apartamento, en eso él pasó por el frente para llegar a su apartamento, yo lo volví a ver con cara de desamparo y él me vio con cara de extrañeza, se metió en su apartamento y cerró la puerta. Después de un rato volvió a salir, esta vez con una cobija en sus manos, para mi sorpresa se me acercó, extendió la cobija, me la puso encima y se sentó a mi lado. Fue un gesto que casi me mata. Nunca hubiera imaginado que sintiera compasión de mi estado, es más ni siquiera pensé en que me hubiese determinado.

- Gracias - le dije con vos tímida- - De nada - me contestó.

Tenía una voz profunda y fuerte que expresaba su seguridad, me preguntó que porque estaba allí, le contesté que había perdido mis llaves y que mi compañera no estaba. Ante lo cual me propuso que entráramos a su apartamento y que allí estaría más cómoda, mientras llegaba mi amiga.

Dudé un poco porque sabía que vivía solo y conocía perfectamente su status de Don Juan, además no era propio de una "princesita" entrar sola a la casa de un soltero. Sin embargo; el frío y la incomodidad del piso me hicieron aceptar la propuesta.

Su apartamento tenía un aire que gritaba "macho solitario". La ropa estaba desperdigada por todo lado, la loza sucia en el lavaplatos y revistas de carros y de playboy en la sala, ha vista y paciencia de cualquiera que llegara. Me senté tímidamente en el sillón de la sala, a la par de la revistas, cuando me di cuenta del contenido quise salir corriendo de allí. Pero en eso él llegó y se sentó a la par, corrió las revistas y me dio un vaso con fresco de naranja.

- Toma, ¿También debes tener hambre?- me dijo - No gracias, así esta bien, ¿vives solo verdad?- le pregunté con cara de preocupación.

- Sí, te da más libertad, además soy una persona de difícil convivencia. La voz me temblaba de la ansiedad que me producía ese momento, estaba en el apartamento del hombre que más me había atraído en mi vida y este me comía con la mirada como si yo fuese la más apetitosa fresa silvestre.

Él me observaba detalladamente, como si quisiera adivinar el más intimo de mis secretos, me veía las piernas, me veía el busto, observaba cómo mis labios chocaban con el vaso y sorbían el líquido, su mirada se hacía cada vez más lasciva y mi respiración se comenzaba a entrecortar. En eso hizo una pregunta que casi me mata.

- ¿Eres virgen verdad? Me quedé anonadada, que clase de pregunta era esa.

- Perdón, me parece que su pregunta está fuera lugar - le contesté con voz enérgica y frunciendo el ceño.
- Anda, respóndeme es una pregunta cuya respuesta es muy simple es o un si o un no.

- No sea atrevido, ¿cómo se le ocurre preguntarme eso? -

Yo me alteraba cada vez más, me sentía intimidada por su seguridad al hacer la pregunta y al retarme a contestarla. Puse el vaso en la mesita a la par del sillón y me levanté en dirección a la puerta con toda la disposición de irme, yo no podía permitir semejante falta de respeto.

- No tienes que contestarme - me replicó- la inexperiencia se te nota en cada movimiento que haces. Es más, este ridículo intento por irte no es nada más que una actitud pueril, digna de una persona cuya vida se reduce a estar metida entre libros.

Ese último comentario me dolió en lo más profundo de mí ser, al fin de cuentas era cierto, yo no sabía nada de la vida y en contraposición él debía ser un tipo con muchas historias que contar. Fui directo a abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.
- Hazme el favor de abrirme, no tengo porque soportar esta humillación - le dije más con tono de suplica que de enojo. Yo sentía un nudo en el cuello.

- No seas llorona - me dijo casi enojado- odio que me manipulen con lágrimas.

- No es manipulación - le grité con esa mezcla de rabia y llanto.

Se dirigió hacia donde yo estaba, me arrinconó contra la puerta, posó sus manos sobre mis cabeza y se inclinó hacia mí en una posición bastante intimidadora y cercana. Podía sentir su respiración encima de mí. Me volví hacia la pared, no quería que me viera llorando de rabia.

- Hagamos un trato- me dijo- tú dejas de llorar y desistes de irte, y yo dejo de acosarte con mis preguntas. No quiero que pases la noche afuera. Era como si le estuviera hablando a una chiquilla de 12 años. Yo seguía llorando y como no quería que me viera así, no le contesté.

- Tomaré tus silencios como si. Como yo continué callada, me tomó por la cintura y me dirigió de nuevo hacia el sofá. Me senté dándole la espalda, apoyé mi cara en el respaldar y seguí llorando.
- A no, deja de llorar - me dijo en un tono más conciliador- odio ver a las mujeres llorando, no sé como reaccionar, ya para por favor, sino me harás enojar.

Por más que me dijera mi llanto no cedía, era incontrolable. Cansado de insistir en que cesara el llanto, me volteó delicadamente hacia él y me acurrucó en su pecho.
- Tienes razón - le dije entre sollozos- no sé nada de la vida, soy solamente un ratón de librería.

- Tranquila bebé, eso tiene solución - Y con esa última frase, me besó en los labios con al mismo tiempo una ternura y pasión que es indescriptible.

Me quedé helada, jamás en la vida me habían dado un beso tan apasionado, yo simplemente me dejé besar mientras que él se excitaba y cada vez me apretaba más contra sí mismo. En eso me alzó en brazos y me llevó hasta su habitación, a pesar de mi inexperiencia, yo sabía muy bien que era lo que él buscaba. Me posó en su cama y se quitó la camiseta que llevaba. Hasta ese momento pude reaccionar y le dije: - oye, ¿qué pretendes?, bájale un poco la intensidad.

- No seas hipócrita - me contestó- quieres lo mismo que yo.

- Cómo estás tan seguro- le contesté mientras me levantaba de la cama y trataba de salir del cuarto.

- Un momento, ¿a dónde crees que vas?, la mujer que entra a mi cuarto tiene que pagar para salir de él - me dijo mientras me detenía tomándome de la cintura.

- Suéltame, patán, yo no pedí entrar aquí.

- ¿Cómo que patán? ¿Quieres ver lo que es un patán de verdad?-

Con esta última frase me tiró a su cama, cerró la puerta con llave y me agarró de los brazos de forma tal que logró inmovilizarme.

- Suéltame por favor, me haces daño.

- Si te dejaras, no te haría daño bebé.

Así maniatada como me tenía, siguió besándome por todo el cuerpo hasta que me arrancó el vestido con una mano, dejando a la vista mi cuerpo cubierto solo por el sostén y el calzón. A pesar de mi clara condición de desventaja y de que no quería perder mi virginidad, la forma de acariciarme me gustaba mucho y comencé a sentir en mi cuerpo cosas que nunca había sentido antes, sobretodo un escalofrío en mi cuerpo y una extraña humedad en mi vagina. Él se aventuró a ir más allá y entonces metió su mano entre mis piernas y se percató de la humedad que allí había.

- Yo sabía que te iba a gustar bebé - me dijo en forma retadora- déjate querer que de eso nadie se muere.

- (con ojos de melancolía le contesté)- no se trata de que me guste o no, es que después de esto, tú obtendrás lo que quieres y yo quedaré como una cualquiera. No quiero perder mi virginidad así.

- Tú nunca serás una cualquiera.

Cada vez me encontraba más en una encrucijada, sus palabras y su trato dulce, pero a la vez muy dominante me estaba convenciendo, sin embargo mi natural recato me hacía rechazar una situación tan cuestionable. En eso la situación tomó un rumbo que no tenía vuelta atrás, él (cuyo nombre en ese momento ni sabía) me y se desvistió completamente, el roce de pieles era una sensación indescriptible, su besos en todo mi cuerpo me estaban dejando sin voluntad. Me soltó las muñecas para dedicarse a buscar cada uno de los rincones del placer.

No podía reaccionar, nada más me dejaba hacer, en eso él abrió mis piernas y comenzó a besarme la entrepierna lentamente hasta llegar a mi vulva, sus besos, sus lengüetazos, incluso sus suaves mordiscos me estaban llenando de placer como nunca. Su mano también entró en acción y aunado con su boca hacían maravillas con mi parte baja, hasta que en un momento, sentí una presión en las paredes y una explosión de líquidos en mí, él me dijo: - Te felicito, acabas de tener tu primer orgasmo. No acababa de reponerme de esa descarga de energía, cuando él se incorporo y se dirigió hacia mi cara, me dio un beso y me tomó de las caderas, colocó una almohada bajo ellas y se puso en posición para penetrarme. Cuando sentí su miembro rozar mis labios vaginales, le comencé a suplicar que lo dejáramos ahí: - Por favor, no lo hagas, no quiero que mi primera vez sea así, ni siquiera sé tu nombre, por favor te lo suplico, no me hagas esto - mientras poco a poco me movía hacía atrás.

- Yo si sé quien eres, Lucía - me contestó con una seguridad tremenda- y yo soy el hombre que has deseado toda tu vida, y si tanto te urge un nombre, el mío es Mauricio.
- No es solo eso, no te conozco, no estoy preparada, por favor, déjame ir - y con esa último frase traté de incorporarme, movimiento ante el cual Mauricio me sostuvo por los brazos con fuerza y me dijo viéndome con sus penetrantes ojos negros.

- Escúchame, no quiero pataletas virginales a estas alturas, hemos llegado muy lejos como para parar, me matarías... así que lo siento mucho, pero de esta no te escapas.

De esta forma, me recostó nuevamente a la cama, me tomó por las caderas y me acomodó la almohada mientras me sostenía los brazos con una mano (pues yo trataba de empujarlo, pero su fuerza era mucho mayor), se puso en posición para penetrarme y poco a poco, pese a mi continuas suplicas convertidas ya casi en llanto, comenzó a meter su pene en mi vagina. En eso se encontró con el himen y se dirigió a mí diciendo.

- Te recomiendo que te relajes, porque te va a doler más si estás tan tensa.
- No me hagas esto por favor, no lo hagas... por favor- le insistía ya llorando.

Me dio un beso en la frente, puso una de sus manos en mi boca y empujó con toda su fuerza contra el himen. Me dolió muchísimo, su mano en mi boca ahogo el grito que pegue en ese momento. Se quedó quieto unos segundos y me siguió penetrando hasta que no pudo más.

Lentamente continuó en el típico mete y saca, al rato quitó su mano de mi boca y me dijo que si le prometía portarme bien me soltaba las muñecas, accedí con la cabeza, con sus manos libres tuvo más libertad para tocarme otra partes del cuerpo, se ensañó con mis senos y parecía que cada vez más perdía la compostura. Yo posé mis manos en sus hombros y me resigné, el dolor disminuía y se comenzaba a confundir con el placer. En eso me pidió que lo abrace con fuerza y apretara las piernas, me besó y en ese momento, él tuvo su orgasmo.

Aún qué yo no tuve un orgasmo producto de la penetración, no me importó. En ese momento preciso en que me besó cuando culminaba el acto, me hizo comprender que él era el hombre de mi vida y no me cambiaría lo que había pasado.

Cuando terminó, nos volvimos de medio lado y me abrazó, así dormimos toda la noche.

Comenzamos a partir de ese momento una relación que no duró mucho tiempo, a causa de nuestras claras diferencias de carácter. Sin embargo; sigo pensando en él como el hombre más atractivo que he conocido y cuando lo veo (muy pocas veces) no puedo evitar pensar en ese momento y esbozarle una dulce sonrisa todavía embriagada de amor.


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