Con las sábanas pegadas al cuerpo, húmedas, cubierta de sudor, con partes de mi cuerpo también mojadas así me desperté, y al no tener compañía en mi cama antes que un dedo preferí una ducha.
Es que cuando una se levanta mal ¡las cosas no mejoran! Y por más que haga sé que se me notará lo caliente que estoy.
Los ojos del portero me desnudan, lo hace cómo si no me hubiese visto nunca, los ha clavado en mis tetas (¡sí tonto! soy la misma de siempre pero estoy caliente). Me miro en las ventanas del coche: el escote está en su lugar, el pantalón también está de forma correcta, va a ser que se me nota tanto...
De camino a la oficina escucho música (todo conspira en mi contra) suenan temas para bailar pegados y siento unas ganas que ¡me muero! En el semáforo, me acaricio un poco ¡ha sido para peor! Cambio de emisora radial y trato de concentrarme en el tráfico que es lo mejor para alejar de mí toda esta cachondez.
Por fin llego a mi reducto, la oficina, allí sólo debo concentrar mi mente en resolver problemas, por lo tanto, el abstraerme en ellos, me mantendrá alejada de todo pensamiento.
Concentrada en mi trabajo, mi estado de excitación ha cedido y, justo cuando me encuentro reposada, uno de mis socios me necesita en su despacho. Si este tío supiera que hoy me enciendo por cualquier motivo, no reclamaría mi presencia, o sí, quién sabe. Mi mente, eterna traidora, juega en mi contra y me muestra mil formas de diversión junto a él.
Algo debe de notarse porque, varios de mis compañeros de trabajo me miran y sonríen, ¡puta y mil veces puta! hubiera sido mejor calmarme con algún juguete; para la próxima, ya lo sabes Antonela, es preferible llegar tarde que en este estado.
Entro en su oficina, me siento frente a su escritorio y me entrega una carpeta.
-Necesito que veamos juntos todo esto.-dice -Bueno, con gusto.- (con gusto me dedicaría a brindarte placer). -habla sobre mi último informe y dice que falta calcular el valor actual de las cuotas en el supuesto caso de una cancelación anticipada, pobre, ¡piensa que le presto atención! La verdad es que se la estoy prestando pero, de una forma diferente, me imagino quitándole la corbata, jugando con su cabello, comiéndole la boca como para hacerle respiración artificial, recostada sobre el escritorio disfrutándolo ¡no hay nada que hacer! cuando estoy caliente, o me desahogo, o me obsesiono pensando sólo en sexo Hoy y ahora, no sirvo para nada...
-Y ¿para qué quieres la cancelación Antonela? ¡Serénate! Acaso deseas que se dé cuenta de lo que te sucede. Otra vez yo peleándome con mi mente...
-Mira entonces dejemos esto para mañana.
No, ¡que va! Yo así como estoy, hasta mañana no aguanto. Yo necesito tener sexo para sentirme bien, para estar relajada, para pasar un buen rato y sobre todo para sacarme estas ganas que tengo de follar como posesa.
-Sí, mejor. Me disculpas pero hoy realmente no puedo.- (no puedo verte como mi socio, te veo como hombre y, la verdad se te ve muy apetecible. Si no logro salir de su despacho soy capaz de violarlo. Miro sus manos, las imagino acariciándole y... mejor me voy) Antonela sé coherente, en el trabajo siempre te has planteado relaciones por negocios, tus amores y amoríos siempre han sido ajenos a tus tareas. Anda ¡deja ya de imaginarte con él! -No hay problema, si lo deseas vete a tu casa, hoy no hay nada muy importante para solucionar.
-Veré que hago.- (sé lo que tengo que hacer, simplemente conseguir un hombre, sólo eso)
Regreso a mi oficina y me distraigo con pequeñas cosas. Durante el transcurso de la jornada voy llamando a mis amigas para ver cual de ellas tiene la noche libre para salir a divertirnos pero, todas, absolutamente todas han declinado la invitación. Estamos en mes de liquidación de “Ganancias Anuales” y entonces el trabajo nos supera siempre.
Las horas son eternas y los empleados más jóvenes, con los que hay cierta confianza, me han hecho saber que estoy algo alterada y que si fuese necesario ellos se ofrecerían voluntariamente para ayudarme a volver a mí acostumbrada serenidad.
Entre bromas y miraditas dejaron sobre mi escritorio una taza de té y una tarjeta que dice:”Té congelado para apagar incendios”. No me ha quedado otra cosa que sonreír.
Ya de regreso la música en la radio, la tortura del tráfico y mis deseos de sentirme penetrada, acariciada, follada de una forma salvaje como para que pueda sentirme su propiedad entregándome a sus juegos regresan a mí y me muevo en el asiento. Mi tanga y la costura de mi pantalón se frotan contra mis labios vaginales y producen extrañas cosquillas placenteras.
Abro la puerta de mi apartamento y voy dejando un rastro de ropas a medida que me acerco al baño. La ducha es de tibia a menos y creo que las gotas que tocan mi cuerpo se evaporan por mi temperatura.
Te llamo y para mi desgracia la maldita voz del contestador del móvil me dice: “el celular al que se ha comunicado está apagado o fuera del área de servicio” ¡Odio ese mensaje y esa voz de nada! Está visto que nada es como deseo.
¡Ya está! He tomado la decisión, ¡me iré a algún Púb!, al menos me divertiré.
Comienzo a cambiarme de ropa y elijo una falda negra no muy larga, una camisa algo transparente blanca y un conjunto de encaje y raso de lycra en blanco. Algunos accesorios en dorado, un maquillaje discreto pero que realza lo que merece ser resaltado de mi rostro todo unido a un buen perfume dan el toque de sofisticación necesaria para esta salida.
Tomo un taxi y le indico la dirección del lugar donde quiero ir. El taxista me escucha y asiente. Veo a través del espejo que me observa y entonces aprovecho para cruzar la pierna aún sentada en el coche. Sé bien que con esta falda se muestra algo más que lo esperado y por eso quiero ver qué efecto causa. Abono el viaje, al descender, mi falda le brinda al chofer una buena panorámica de mis piernas y al dirigirme a la entrada del Púb siento sus ojos clavados en mi culo.
Entro al lugar y miro todo- lo hago por costumbre- me dirijo a la barra. Hay dos butacas altas vacías y decido utilizar una de ellas.
Sé, por experiencia, que sentarme en ellas será un poco... Alcanzo a verlo en cada gesto que hace.
Nuestras miradas se cruzan y ambos sonreímos. Somos cómplices de nuestra propia curiosidad por el otro. El jueguito se extiende por todo lo que duran nuestros tragos y cada vez se hace menos sutil y más provocativo.
Me mira y va calificando cada parte de mi cuerpo, le miro desafiante y eso parece agradarle porque ha entendido que no hablaré y, por lo tanto, una sonrisa cómplice acepta ese desafío.
Giro un poco en mi butaca; en la pista, la música, lo invade todo. Hay varias parejas bailando. Los temas pasan de movidos a lentos con un ritmo muy especial, me hace la sensación que el disc-jockey se divierte con ello y provoca en más de uno de los que bailan una extraña excitación. Miro a mi vecino en la barra, le sonrío mientras bebo el final de mi copa. Decido pedir otro, el “bar tender” deja el ticket y es allí cuando él, de forma gentil pero muy seguro de sí mismo, toma la cuenta y la abona.
Ha comenzado nuestro juego y como tal, lo acepto. Lo miro a los ojos, apenas humedezco mis labios con el roce de mi lengua y me voy sola a bailar.
No bailo sola, lo hago para él, porque sé que me está mirando por el espejo. Me muevo de forma mucho más sensual, más lenta, más provocativa, con ganas de mostrarme para él. Es una forma de bailar donde sin hablar estamos dialogando, lo hacemos con miradas a través del espejo y luego con miradas directas porque ha girado con su butaca y me observa de frente. Me gusta que lo haga, me provoca deseos de tenerlo, de explorarlo, de satisfacer mi deseo de un hombre y que ese hombre sea él. Sigo moviéndome y hago mucho más lentos los movimientos de mis caderas.
¡Lo logré!
Deja su copa y viene directo hacia mi, la música es lenta y bien vale la pena bailarla pero, a mi manera.
Mis manos descansan en sus hombros y luego acarician su nuca, mi cuerpo está pegado al suyo y me gusta sentir el roce de mis pezones sobre su camisa, la mía es tan fina que casi se diría que no existe. Mi boca sin tocar su piel juega en su cuello y mi lengua se aventura a rozar el lóbulo de su oreja. Sus manos recorren mi espalda y cuando juego en su oreja aprietan mi culo y quedo con una pierna entre las suyas.
Me gusta sentir que se está excitando, me gusta provocarlo, me gusta que se excite y que yo sea el motivo de ello. Mis manos descienden por su espalda pero con mis uñas rozando su camisa, es como arañarlo sin hacerlo, porque es una caricia que por lo visto resulta efectiva.
Froto mi cuerpo en el suyo y su boca se acerca a mi oreja, me muerde suavemente el lóbulo y escucho: -Quiero más.
Lo miro y recibe más.
Mis manos actuando por propia cuenta, y menos mal que es así, se posan sobre su pecho y lo acarician. Mientras una permanece allí, la otra baja a su entrepierna, lo siento a través de su pantalón, se endurece más al acariciarlo. ¡Cómo me gusta! Me muevo despacio frotándome en él y muerdo su mentón. Busca mi boca y juego con ello, cuando casi la atrapa bajo apenas y beso su cuello.
Sus manos están posadas en mi culo pero las ha pasado a través de la cintura de mi falda. Juega y me acaricia los glúteos sobre mi panty y me estremezco.
Me estoy mojando y lo sabe, se lo demuestro con una mirada suplicante y entonces sí nos entregamos a un beso donde, pegándome a su pecho y rodeando su nuca con mis manos, nuestras lenguas se conocen, acarician, exploran y entablan un combate digno de titanes. No es un beso cualquiera es imperioso y desata pasiones hasta ese momento sólo insinuadas.
Aprisiona mis tetas por encima del sujetador, sus dedos recorren y excitan mis pezones y se dedican a jugar en el borde del sujetador penetrando levemente. Él mordisquea el borde de mi mejilla mientras juego en su cuello, lo rozo con mi lengua y dejo un camino húmedo que se seca con el calor de mi aliento.
Deseo a este hombre como nunca he deseado y disfruto de su magreo, me gusta su forma de excitarme, su desenfreno a la vista de todos. No me importaría que me tuviera en la pista, estoy tan mojada que si por mí fuera sería en este mismo momento.
Y el maldito juega en mi oreja, la recorre con su lengua, la penetra, sale, muerde mi lóbulo y luego sólo dos palabras lo dicen todo:
-Ven conmigo
Claro que iré, en este momento no importa dónde sólo quiero eso, estar con él y sentirle en mí, que me calme y me haga gozar como lo deseo desde que me desperté.
Intento cerrar la cremallera y lentamente nos alejamos de la pista, por lo visto conoce el Púb. porque nos dirigimos hacia la zona de los baños. Ni siquiera se detiene a fijarse y entramos al de “Damas”.
Al entrar me apoya contra la puerta, la traba y vuelve a besarme pero esta vez va desabrochando mi blusa. Hago lo mismo con su camisa mientras nos encerramos en uno de los cubículos.
Quedo con la espalda contra la puerta y aflojo su cinturón para desabrochar su pantalón cuando sus manos (¡Qué práctica tiene!) han desabrochado mi sujetador, lo han subido y ahora siento su boca, el calor de sus labios recorriendo mis tetas. Lo hace con ganas, por momentos lentamente apenas rozándome y luego sus manos oprimen acompasadamente, amasan mis senos. Su lengua se dedica a hacerme disfrutar de la excitación que me produce el sentir como de a poco rodea mis pezones y cuando los toca con su lengua siento que me derrito.
Acaricio sobre su bóxer el pene que está caliente, grueso, lo dibujo con mi mano, lo aprieto, lo deseo.
Muerde alternativamente mis tetas, besa mi cuello, baja y comienza a quitarme la falda y lo hace junto con las pantys; en su camino de retorno son sus manos las que oprimen mis muslos y se internan en mi entrepierna. Su lengua por encima de mi tanga oprime y sus dedos acarician mis otros labios. Oleadas de fuego me cubren, transpiro y se me escapan gemidos que nos aceleran.
Me mira y pasa los dedos por encima del elástico del tanga. Inmediatamente me surge una idea y aparto mis manos de su trofeo para llevarlas junto a las de él y recorro el elástico. Se aparta apenas (lo que nos permite el lugar) y mira con ojos lujuriosos lo que voy a hacer.
Juego con mis dedos y el elástico, lo alejo de mi cuerpo, espío, vuelvo a dejarlo en su lugar, lo muevo como para comenzar a bajarle, lo deslizo apenas y lo regreso a su lugar, lo miro y entonces, dos dedos de cada mano se transforman en pinzas y lo vuelven a tomar, lo tengo asido fuertemente y tiro de forma firme y seca. Se rompe y retiro el tanga, se lo ofrezco.
Está caliente y enloquecido, me tiene pegada a la pared con mi camisa colgando abierta y el sujetador en cualquier parte, sus manos se reparten entre apretar sin temores mis tetas, pellizcar mis pezones y jugar con mis labios, recorrer con sus yemas desde el clítoris hasta la vagina cuando, dos de sus dedos me penetran (qué bien se siente ¡Quiero más!) De mí brota ya no un gemido, sino algo entre grito y bramido. Mueve con rapidez sus dedos y mis manos se encargan de masturbarlo con ganas.
Saca sus dedos de mí, los mira, los huele y los acerca a mi boca, los lamo, los chupo, los sorbo con deleite y lo beso para que reconozca mi sabor.
Sus manos aprietan mi culo vuelve a amasarlo y me sube, me cuelgo de su cuello y enrosco mis piernas en su cintura, luego las estiro y las apoyo en la otra pared.
Me penetra de forma enérgica, sus movimientos son fuertes, casi no puedo moverme, mis gemidos son más altos y su boca tapa la mía, me siento muy mojada, se desliza dentro y cada vez me caliento más. Está duro y me quema mientras mi calor sube y sube Sigue embistiéndome, me siento más mojada, me estoy corriendo en un orgasmo genial, de pronto un ruido, él se asoma y ve la cara incrédula de la mujer de la puerta, salimos.
Nuestras miradas se cruzan mientras atravesamos la pista camino de la barra, nos acomodamos en las butacas y pide dos “whiskies” cuando bebemos un sorbo me mira y con un dejo de ternura acomoda un mechón de mi cabello apurando el resto del vaso.
Abona la consumición, se para y se va.
Atónita le veo alejarse, un momento de duda me recorre pero salgo tras él. Apuro el paso para alcanzarlo mientras el aire fresco me ayuda a una total recuperación, cuando estoy a su lado digo:
-Tobías, ¡Sólo a ti se te puede ocurrir algo así! -Claro, porque... ¿A ti no te ha gustado el jueguito, verdad?- río mientras me cuelgo de su brazo.
-¿Vamos a casa? Esto no se queda aquí. – acota sonriendo, mientras subimos al taxi.
Río feliz y al mirar al conductor me sorprendo: es el mismo señor que me trajo hasta el Púb.
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