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Adoración y sumisión total a una diosa (II)   (Fetichismo)
 
AUTOR: Anónimo
 

Mi Diosa está sentada en su trono. Para llegar a él es preciso subir cuatro escalones. Yo me encuentro alargado boca abajo a lo largo de los citados escalones, con la misión y el objetivo de chupar y lamer (como siempre, afortunadamente) los divinos y extraordinarios pies de mi maravillosa Ama.


Ella viste un conjunto extremadamente excitante y provocador: Corsé negro que apenas logra cubrir sus exuberantes pechos, bragas, ligas, medias y zapatos negros de tacón altísimo y muy puntiagudo. Se pueden imaginar el aspecto profundamente dominante y mandatario de mi Ama. Sin duda alguna, representaría el fetichismo ideal materializado en su máxima expresión.


Lo he hecho muchas veces, pero nunca logro cansarme de adorar una vez más sus sabrosos pies de Diosa. Primero, lamo y chupo sus zapatos en toda su extensión y superficie con gran delicadeza, cuidado y lentitud. Después, se los quito utilizando la boca como buenamente puedo y repito la operación anterior con un añadido: Mamo sus pies con medias como el bebé hambriento que mama los pechos de su madre. Mi lengua recorre hasta el último rincón de sus piernas enfundadas y adornadas por deliciosas medias. Esas apetitosas medias quedan empapadas por mi saliva, dado que lo hago con mucha intensidad. También lamo sus ligas hasta que mi Ama se levanta de su trono y se da la vuelta. Comprendo que debo adorar (lamiendo, besando, chupando) su inenarrable trasero.


Terminada la maravillosa tarea, me ordena lamerle el corsé. La visión entrecortada de sus pechos me produce un deseo irrefrenable de comerme su buen par de melones..., aunque sé que no será posible con casi total seguridad.


Una vez que se siente satisfecha, me ordena tumbarme boca arriba encima de los escalones, estando en una posición realmente incómoda y también excitante al mismo tiempo.

Debo decir que la única prenda que visto es un tanga de cuero minúsculo y ceñido que denota con claridad la enorme erección que sufro.

Detrás de mi cabeza está sentada mi Ama, de modo que me da a chupar sólo sus puntiagudos tacones. Disfruta haciéndome sufrir, ya que retira sus tacones en ocasiones, o bien me los acerca a la boca con la suficiente distancia para que no llegue a ellos mi lengua extendida, creciendo así mi ansiedad.

Lo que viene luego es capaz de causar un ataque cardíaco a cualquier fetichista y sumiso que se precie. Saca un bote de mermelada (sí, sí, no me estoy quedando con vosotros!), lo abre y lo deposita en el suelo. A continuación, introduce el tacón de su zapato derecho en el bote, lo saca recubierto de mermelada y me lo da a probar. Yo, lógicamente, chupo ese tacón como si en ello me fuera la vida, dejándolo lustroso y lleno de litros de saliva. Repite la operación con su tacón izquierdo y también con la punta de sus zapatos e, incluso, llega a embadurnar sus suelas. En estos celestiales momentos, dudo que ningún mortal se encuentre en mayor gloria.

Afortunadamente, no termina ahí, sino que se quita los zapatos y mete sus pies alternativamente en el bote hasta el fondo. Sus deditos cubiertos por las medias quedan cubiertos por mermelada, que lamo y como apresuradamente sin pestañear lo más mínimo. Todo esto lo lleva a cabo varias veces hasta casi terminar el contenido del envase. La mezcla del sabor a zapatos, medias, pies y mermelada me dirige hasta casi el umbral del éxtasis absoluto.


Mi Ama sentencia: -Tras el banquete, quiero que te dejes de tonterías y que me trabajes tal y como te he enseñado. Estoy pensando bautizarte como esclavo glotón y lamedor después de toda esta sesión. Venga, ya sabes que tu lengua no debe dejar de lamerme. Vamos, sigue con tu trabajo, esclavo, no te pares ni un segundo o me enfadaré.

Esto significa lo siguiente: Entiendo que debo morder sus medias hasta romperlas y rasgarlas y arrancárselas sólo con los dientes. Le quito los zapatos mordiendo los tacones y sacándoselos haciendo fuerza con la boca.


Hecho esto, tengo que lamer sus pies y piernas ya descubiertas.


Mi Ama me dificulta la labor moviendo constantemente sus piernas y jugueteando con sus pies, que me los pone en la cara (en las mejillas, tapándome los ojos con ellos, deformándome la cara con sus apretones y pisadas), los restriega por mi pelo, me da bofetadas con ellos, etc...


Cuando se cansa, me coloca un collar de perro y me hace acompañarla, a cuatro patas y a base de tirones, hasta su cama.


-Túmbate ahí boca arriba. Aunque sé que te gusta que el sabor a mí permanezca en tu boca, te voy a dar a chupar mis limones. Para que pruebes el contraste.


Mi Ama sube a la cama y se coloca sobre mí. Se apoya en sus rodillas y manos que tiene ubicadas a ambos lados de mi cuerpo. Lo que sigue es para morirse de gusto tranquilamente: Se quita el corsé, dejando a mí vista unas tetas sensacionales dignas de ser chupadas hasta el final de mis días. Aproxima lentamente sus tetas a mi cara. -No quiero que levantes la cabeza ni un milímetro o te arrepentirás, mamón.


Es necesaria una monumental fuerza de voluntad para cumplir con la orden, pero lo hago sin saber cómo. De forma calculadora, las ha acercado lo suficiente para que mi lengua extendida a tope roce apenas el pezón de su teta izquierda. Tras un momento, menos mal que decide acercar la teta poco a poco hasta que me mete gran parte de ella en mi boca. Mi Ama mueve su cuerpo y, por consiguiente, su teta en mi boca. Mamo y succiono todo lo que puedo. Repite lo mismo con su teta derecha.


A veces, me pregunto si no me estaré volviendo caníbal, ya que suele pasar por mi imaginación darle un bocado y comérmela de verdad...

En ningún momento me las ha dado a mamar al mismo tiempo, sino que ha estado cambiando continuamente. Se ha divertido viendo mi frustración cuando retiraba de repente sus tetas de mi boca, y luego las aproximaba lentamente.

Le suplico que me deje adorar sus santos orificios genitales (aunque sea con las bragas puestas), sin embargo obtengo un bofetón en mi cara como respuesta. Está claro que hoy tampoco dejará que llegue más lejos. Sin duda, es una pequeña desilusión, pero no olvido las sensaciones extenuantes que he vivido en el día de hoy.


Como es habitual, me ordena bajarme de la cama y arrodillarme. Ella se sienta en un lateral de la cama y levanta su pie izquierdo arqueándolo hasta la altura de mi rostro y sitúa su pie derecho a la altura de mis crecidos genitales.
-Quiero que te masturbes mientras lames una sola parte de mi cuerpo: La planta de mi pie.


Lamo de arriba a abajo, de abajo a arriba, en círculos...

Me bajo el tanga, liberando todo mi apretujado arsenal. Mientras chupo, beso y lamo un pie, me masturbo sobre el otro. Tardo muy poco en correrme porque mi excitación ya se prolongaba durante demasiado tiempo.


Lo último que hago es lamer su pie derecho, limpiándole el semen derramado.

Para no variar, Ella desaparece de forma cortante. Tras varios encuentros con grandes dosis de infartante fetichismo, no se ha bajado las bragas en ningún momento. Su intención es hacerme sufrir y aumentar mi ansiedad y ganas, pero lamento decir que se equivoca en parte porque, para mí, lo que estoy viviendo no tiene precio. Así somos los que sabemos apreciar la infinita belleza, superioridad aplastante, inteligencia y autoridad de algunas mujeres que han nacido para ser servidas y adoradas por gente tan afortunada como nosotros.


Estar a su servicio, ser un esclavo de sus pies, zapatos o botas, lamerlas y chuparlas desde los pies a la cabeza, estar arrodillados ante su presencia, etc... Son deberes indiscutibles para los que amamos la grandiosa e inigualable DOMINACIÓN FEMENINA.


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