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El domador   (Maduras)
 
AUTOR: Munjol
 

Habíamos decidido con mi marido ir a descansar al campo que poseía mi cuñado en Entre Ríos. Pasaríamos quince días de enero para encarar un año que presumía de mucho trabajo.
Me encantaba el campo con sus amaneceres y sus ruidos tan especiales. El trino de los pájaros, el mugido de las vacas y el relincho de los caballos. Apreciar esos atardeceres con la hermosa vista de la caída del sol y al caer la noche la incomparable visión del cielo cubierto de estrellas y la luna inspiradora de tantos poetas que iluminaba la inconmensurable planicie entrerriana.
Me sentía romántica y espléndida a pesar de mis cuarenta y ocho años y veinte de casada. Estaba algo excedida da peso pero conservaba mis atributos físicos. Buenas piernas, cintura estrecha y senos generosos. Hacía tiempo que no me sentía tan exultante y dispuesta a gozar de la naturaleza dando rienda suelta a mis instintos y mis necesidades. Desde el primer día de nuestra estadía me mostré sensual y provocativa con mi esposo pero extrañamente parecía distante y solo preocupado en las labores del campo que determinaban su indiferencia y su cansancio al final del día.
Luego de una semana, el capataz y la peonada debieron ir a vacunar la hacienda a un potrero distante cinco leguas del casco principal. Mi marido se sumó para acompañarlos. Ese día nos levantamos de madrugada y yo me ofrecí a prepararles el desayuno y proveerles de los elementos para el asado del mediodía ya que no regresarían hasta bien entrada la tarde.
Comenzaba a despuntar el alba cuando se fueron todos excepto el domador que debía terminar su tarea controlando el servicio de una yegua alzada en el potrero vecino, antes de su partida a un campo de Corrientes.
Me volví a acostar con ese aroma a tierra mojada por el rocío matinal tan característico del campo, y me dormí profundamente. Serían las ocho de la mañana cuando el relincho de un caballo me despertó. Me levanté y me coloqué un vestido suelto y cómodo para disfrutar de esa mañana maravillosa. Al salir al patio observé el motivo del relincho del padrillo que se aprestaba a servir a la yegua. El domador le abrió la tranquera y el semental se acercó a la yegua alazana. Quedé absorta y me aproximé al potrero, jamás había visto un espectáculo igual. Luego de varios escarceos, el padrillo la montó bajo la atenta mirada de Lucio el domador. El semental desplegó una enorme verga de unos 50 centímetros que le introdujo a la yegua que abierta de patas separaba sus ancas invitándolo a depositar el semen en su matriz dando origen al maravilloso misterio de la procreación. Subido sobre las ancas con sus patas delanteras se sacudió varias veces motivando un concierto de relinchos hasta que todo terminó. No me pude sustraer de esa imagen cuando observé de soslayo al domador que oculto detrás de un árbol orinaba sin preocuparse de mi presencia. Por curiosidad y sin saber porqué incliné mi cabeza para mirarlo. Me sonrió y tomó con su mano la verga enorme antes de guardarla tras su bombacha de gaucho. Quedé inmóvil cuando se aproximó hacia mi. Estaba apoyada sobre el aljibe de espaldas a Lucio pero intuí y esperé lo que sucedería. Me levantó la pollera, y yo instintivamente separé mis piernas como la yegua. “Aprendió rápido la patrona” musitó Lucio y se bajó la bombacha. En ese momento se cruzó por mi mente la imagen de mi esposo al que jamás había engañado pero que en los últimos tiempos me había desatendido e imaginé que tendría otra para justificarme. Entonces no me defendí dando rienda suelta a mis instintos metiéndole los cuernos a mi marido por primera vez.
Me separó las nalgas y enfiló el glande sobre la vulva húmeda por el deseo. Me enterró la verga de un solo movimiento. Gemí de dolor. Nunca mi concha había sido visitada por otra pija que no fuera la de mi esposo, que era de mucho menor tamaño. Movimientos frenéticos de vaivén, fueron dilatando las paredes de mi vagina que se adaptaron rápidamente al grosor y al tamaño de esa verga, haciéndome delirar de placer. Derramó torrentes de semen en mi concha que se juntaban a los jugos míos para escurrir por mis muslos. Tuve dos orgasmos seguidos como hacía mucho tiempo no me sucedía. Giré y por primera vez observé a ese joven de físico privilegiado y sudoroso por la cogida, pero lo que más me impactó fue ver esa masa oscura de semejante tamaño con su glande rojo vinoso. La apresé con mi boca y la mamé atragantándome. Nuevamente con la pija endurecida me colocó de bruces y mientras yo, descontrolada por la calentura, le abrí los glúteos con mis manos, El me lubricó con los jugos pringosos que fluían de la concha, el orificio anal y me introdujo su verga hasta la raíz mientras yo gemía y gritaba por el dolor ante semejante enculada, que se transformaría, luego de unos momentos, en placer hasta terminar rendida y exhausta.
Luego del mediodía Lucio se despidió para ir hacia Corrientes donde lo esperaba su nuevo trabajo no sin antes expresarme que había sido “la hembra que más la había conformado cogiendo”. Su lenguaje rudo y ordinario y su manera casi brutal de hacer el amor hacen que al recordarlo tenga con mi esposo las más intensas relaciones sexuales.


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