Nos encontramos a la una de la tarde en el Arco del Triunfo. El abrazo bajo el Arco fue espectacular, un reencuentro después de muchos meses. Tenía meses de rota nuestra relación de novios, Corinne había contraído matrimonio solo unos días atrás con un antiguo camarada. La francesita me ataría aún a pesar de nuestra ruptura. Fuimos para almorzar a un restaurante muy amable en Montparnase y todo comenzó con las conversaciones de lo que pudo ser y no fue y de su nueva vida matrimonial organizada de la manera convencional. El almuerzo terminó dentro de los términos de una simple conversación de amigos, para el final de la tarde, antes de separarnos quedamos de encontrarnos a la hora del desayuno en mi hotel a la mañana siguiente hacia las ocho de la mañana.
Calculé entonces que de levantarme a las siete quince tendría tiempo suficiente para estar afeitado, bañado y vestido para esperarla en la cafetería del hotel como habíamos quedado. Venía de un largo viaje en avión así que me profundice en cuanto entre aquella noche al hotel. Pasadas las seis y treinta de la mañana tocaron con decisión a la puerta de mi habitación; Abrí, medio dormido aun, sin sospechar el huracán dispuesto a traspasar la habitación en el sexto piso del hotel. La habitación estaba completamente oscura y solo atiné a prender la lamparilla de la mesa de noche y sin preocuparme abrí la puerta aun en calzoncillos ya que no llevaba pollama en mi equipaje.
Sin presumir nada al abrir la puerta se me vino encima Corinne. La sorpresa y la emoción me embargaron y debo informar que solo tengo la memoria haber cerrado de nuevo la puerta de la habitación pero no recuerdo como en tal abrazo apasionado llegamos a la cama aún caliente, entrelazados con un beso capaz de abarcarnos.
Nuestra relación de novios, mucho tiempo a lejanía, convertía nuestras reuniones en verdaderas oportunidades bien aprovechadas para salir lo menos posible de la cama; una intercalación de conversaciones y sexo por días enteros sin levantarnos salvo para salir a comer un par de veces por día y regresar como siempre al lecho en una repetición aprovechada de tiempo esencialmente de un sexo activo y desmedido. Pero todos los recuerdos del pasado se esfumaron aquella mañana de pasión rebosada.
Traía encima un vestido negro entero, un vestido para mi encantador y seductor, portador de recuerdos de nuestros antiguos encuentros. Me encantaba verla ponérselo cuando íbamos a cenar. Al verlo aquella mañana recibí el mensaje de su visita. No había calculado nunca ver nunca más precisamente ese vestido negro que la tornaba en una elegante y sensual mujer. Por demás está decir el destino del vestido retirado por mí en medio de mi pasión más desbordada. Pero al comenzar a retirárselo me encontré con sus piernas devorándolas con el gusto de un premio inesperado y me llegue a su sexo sorprendente para mi siempre.
Vino aquella mañana sin bragas y aquello me enloqueció más de lo que ya estaba ante semejante sorpresa y ahora con el regalo de encontrar su sexo libre para mi entera disposición, bebí su sexo con la sed insaciable de un naufrago.
No recuerdo el momento en el cual Corinne se agarró a mi herramienta definitivamente brotada y ensanchada pero varias veces sentí como me corría en su boca y devenía flácido pero sin soltármelo lo succionaba de nuevo sin parar como una cachorra pegada de la teta de su madre, hasta crecerlo de nuevo en su boca con una violencia sin medida. Yo me gozaba su vagina con mis manos apretando sus nalgas y recorriendo su culo con mis dedos para obtener más agitación en sus permanentes saltos ante la embestida de mi lengua y de mis labios completamente anegados de sus jugos vaginales derramados con toda la generosidad para mi enloquecedora satisfacción.
Aquella faena de amantes amarrados por sus bocas en sus sexos duró bastante más de una hora y media sin desconectarnos; estábamos completamente inundados, yo de sus jugos y ella de mi semen que esparció por su cara y sus fosas nasales sin que yo me percatara dada mi concentración en su coño. Tal fue la violencia de tal felación.
Impulsivamente miró el reloj y la hora de partir para su oficina se hizo inevitable ante el retraso que ya llevaba. Se aseó rápidamente y salió quedando en vernos al final de la tarde un café precioso para tomar el té.
Nos encontramos en el lugar acordado, sin comentarios por lo sucedido en la mañana departimos un buen rato. Se notaba apurada por llegar a su casa. Se ofreció a dejarme en el hotel donde nuevamente hicimos cita para desayunar al día siguiente, pero acaté a decirle que el mejor desayuno de mi vida había sido su llegada inesperada y deliciosa de la mañana.
Durante una semana completa nuestros encuentros a la hora del desayuno fueron institucionalizados como sagrados: sagrado sexo al amanecer y una pasión lujuriante sin medida ni palabra entre ambos. Me resultaba muy extraño su silencio mientras nos amábamos en nuestros cuerpos. Solamente atinaba a decirme, disfrutemos nuestra luna de miel, como si fuera una semana de bodas. Mi curiosidad refrenada por su contundente silencio me excitaba aún más pero inexorablemente al romper el alba tocaba a mi puerta del hotel y nos entregábamos al juego de nuestros cuerpos ardientes. Invariablemente al finalizar la tarde tomábamos café en un lugar discreto y agradable y nos entroncábamos en conversaciones ajenas a nuestros encuentros matinales.
Para el fin de semana, me dije, no habrá desayunos pues no veía que manera podría dejar no solo a hora tan inesperada su hogar sino justificarlo en el fin de semana. Pues invariablemente a las seis y media de la mañana golpearon a la puerta de mi habitación el sábado y el domingo. En ambos casos nuestro encuentro duró toda la mañana, completa toda la mañana y no teniendo la presión del tiempo terminábamos nuestros encuentros exclusivamente de sexo dentro de la tina del baño. Corinne no dejaba avanzar mi curiosidad morbosa y así le dije aquel fin de semana.
Resultaba muy difícil entender como salía de tan mañana cada día, rompiendo la rutina de su vida de trabajo y de hogar. Pero más me intrigaba su encuentro con el marido, con quien completaba escasas tres semanas de casada.
No pude ese fin de semana, bajo el lúdico placer de terminar nuestro grato encuentro en la tina de mi habitación, que me respondiera como manejaba el tema de salir de su casa al amanecer de manera abrupta e inexplicable con relación a su rutina de horario laboral.
Para el lunes, mi último día en Paris, vino a la hora acostumbrada y sin más preámbulos nos fuimos a la tina. Ambos teníamos conciencia exacta de la realidad de nuestro último encuentro, de la última oportunidad de hacer el amor como desaforados y ella tomó la jornada libre en su trabajo para compartirnos en el día de la despedida. Tengo necesidad de indicar que para mí el sexo en silencio es incompleto, no solo incompleto sino además en extremo frustrante. Nada más placentero que jugar con el cuerpo y parte del juego del sexo es el verbo, el hablar y compartir sensaciones.
Nos metimos a la tina en cuanto llegó, ella con su ropa interior negra llena de encajes y yo en calzoncillos; más que sexo era una despedida; nos abrazamos mientras la tina se iba llenando de agua caliente y lloramos un rato corto; no podremos llorar, le dije, es una despedida temporal de nuestro encuentro y de nuestra pasión. Así que sin quitarnos nuestros interiores, en la mayor presión e incomodidad nos empalmamos con suavidad y poco a poco nos fuimos excitando hasta desbordarnos y sentirnos intensamente.
Pasamos la tarde juntos, riéndonos de las ocurrencias de la mañana; su ropa interior medio húmeda en su cuerpo forrado en le vestido negro que tantos recuerdos me evocaba. Al comienzo de la noche fuimos al aeropuerto con la seguridad que la despedida sería dolorosa como en efecto lo fue. Ya al momento de irme metió en el bolsillo de mi abrigo un pequeño paquete con la solicitud de no tocarlo ni abrirlo de inmediato. Nada más dijimos.
Ya en el avión saqué el paquete, venia envuelto en una bolsa de celofán. En cuanto la toqué comprendí el regalo incluido. En efecto, en algún momento se quitó su tanga y me la dejó de recuerdo de aquella semana, y una nota muy sentida explicándome su silencio durante aquellos días, pues tuvo necesidad de mentir a su marido para verse conmigo, a mañana y tarde y lamentaba esa noche, a su regreso, cuando para reconciliarse debería
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