SEXSHOP FAVORITOS | PÁGINA DE INICIO | RECOMIENDANOS | REGISTRARSE | CONTACTO | FORO
HOME
FORO
BLOG
REGISTRARSE
JUEGOS PORNO
RELATOS
TOP 100
LISTA DE RELATOS
TU RELATO
BUSCAR RELATO
LISTA DE AUTORES
AUTOR ALEATORIO
SEXO GRATIS
ENLACES AMIGOS
Guia de escorts
JUGAR GRATIS LISTA COMPLETA INGRESO WEB
 
 
En www.librored.com recopilamos los mejores relatos eroticos de la red y los que vosotr@s nos enviáis. Si tenéis una historia que dar a conocer, o para cualquier otra cosa, podéis escribir a: relatos@librored.com

librored CATEGORIAS DE RELATOS
Amor Filial Autosatisfacción Bisexuales Confesiones
Dominación Fantasías Eróticas Fetichismo Gays
Hetero General Infidelidad Intercambios Lesbianas
Maduras No Consentido Orgías Primera vez
Sadomasoquismo Sexo Anal Sexo Interracial Sexo Oral
Sexo Virtual Transexuales Trios Voyerismo

Las perras de Raquel   (Transexuales)
 
AUTOR: Solelicker
 

Murillo fue el primero en patentizar su travestismo. Yo me resistía a comentarle mis intereses íntimos, pues temía ser calificado de marica y pervertido; no sólo me gustaba vestirme cual mujer en mi habitación, a solas, sino que también practicaba el self bondage ante un espejo, con tal de admirar las plantas de mis pies enfundadas en nailon. Murillo, amigo mío desde la niñez, gozaba de complexión feminoide y por años me había mirado de forma extraña. Una tarde estábamos en su habitación, presuntamente realizando un trabajo escolar, y él me confió sus intereses; aseguró que le fascinaba vestirse con ropa hurtada a su hermana Raquel, así como penetrarse con largas velas blancas. No tenía dinero para comprar un consolador, no digamos para rentar los servicios de un travestido callejero. Su máximo anhelo consistía en ser penetrado estando vestido de mujer, y mamar con ahínco el pene que le había dilatado el culo. Tragué saliva al escuchar aquello y al final le relaté mis pasiones.
Nos hicimos amantes. Nuestras reuniones en su hogar se incrementaron; las explicamos a su madre —una vieja aburrida que siempre veía telenovelas— alegando que nos dejaban mucha tarea en la escuela. La señora se abstenía de entrar en el cuarto de Murillo, de modo que podíamos encerrarnos para tratarnos como chicas. Inicié a mi amigo en el bondage, al que se aficionó. La primera vez que lo até, él lucía medias negras de red, minifalda y una blusa escotada; se había maquillado con maestría y en la cabeza lucía una peluca que hallara en un viejo baúl. Por mi parte, llevaba un body de piel, botas de tacón de aguja, guantes de cabritilla y una corta peluca negra; mi amante me maquilló y remató la tarea dándome un apasionado beso. Supe que sería el primer travestido que penetraría. Lo até en un hogtie maravilloso; trató vanamente de soltarse, al tiempo que emitía deliciosos gemidos. Lo había amordazado con cita de embalar. Lo descalcé y quedé embelesado con sus plantas, que eran en extremo sedosas; exhibía unos arcos que envidiarían muchas mujeres y que olían exquisitamente. Pese a las medias de red, lamí aquellas plantas y chupé los deditos, mientras mi erección se consolidaba con ayuda de mi diestra. Practiqué también algunas cosquillas, notando que mi víctima se fascinaba.
Como estábamos en la cama, no me molesté en desatar a Murillo para que me felara. La altura del lecho dejaba que su cabeza quedara al nivel de mi entrepierna. Me limité a quitarle la mordaza e introduje mi pene firme en su linda boca maquillada. Aunque fuera la primera vez que él mamaba un pene, lo hizo con singular destreza; en ningún momento usó los dientes, y sus labios y lengua cumplieron a la perfección, negándose a abandonar a su amo erecto incluso cuando brotó el semen. Fui extremadamente feliz. Mi mejor amigo había tragado mi semen y se le veía satisfecho. Se relamió los labios y saboreó la sustancia por unos minutos; al cabo me rogó que lo penetrara. Le desaté únicamente los pies y lo puse de rodillas en el suelo, enseguida le ordené que pusiera la frente en el suelo y separara un poco las piernas. Obedeció. Exploré su culo y quedé extasiado; me quité los guantes para palpar la límpida hendidura, que mojé con mi lengua largamente, oyendo los gemidos de mi puta. Mi verga no es demasiado ancha y, por suerte, Murillo revelaba un ano apenas estrecho y muy flexible, gracias a las velas con las que solía penetrarse. Lo embestí con cuidado, pero aun así le arranqué un grito. Le pregunté si lo había lastimado y respondió imperiosamente que no dejara de cogérmelo. Las embestidas duraron media hora, en cuyo transcurso combiné mi actividad con chupar los dedos de las manos de mi víctima atada, así como con hacerle algunas cosquillas en las plantas de los pies. Me vine rabiosamente dentro de mi amigo, que resopló de placer y poco a poco se colocó bocabajo.
Tras recuperarme, desaté a mi puta y le ordené que me devolviera cada favor recibido. Accedió de buen grado. Me ató en el suelo, como me gusta, y besó y lamió mis pies descalzos (no me había puesto medias) durante un rato; le di a entender con señas que anhelaba cosquillas y bastinado. Me quitó la mordaza para que le explicara qué era esto último; enterado del asunto, volvió a amordazarme, se armó con un cinturón y fustigó mis plantas enérgicamente. Calmó un poco mi dolor mediante un tratamiento de suaves cosquillas, que me legaron una erección ciclópea notada por mi dominadora. Aún sin desatarme tomó mi pene duro y empezó a masturbarme; fue tal mi placer que estuve a punto de desmayarme. Me vine en su mano; untó el semen en mi ano, me desató completamente, me puso en cuatro y, tras lamer mi semen, me puso de espaldas, colocó mis tobillos en sus hombros y me penetró hasta el fondo. Nos besamos mientras las embestidas tenían lugar. Acabamos exhaustos, tumbados hombro con hombro en la cama; el cuarto olía a semen y sudor. Me quedé dormido. Desperté a instancias de Murillo, quien había decidido mamármela; lo dejé hacer y vi mi reloj. Era casi medianoche, hora en que llegaba Raquel, la hermana. Señalé que debía irme.
—No —rogó él—. Quédate. Quiero que vuelvas a cogerme.
—No puedo.
—Podrás.
Con rudeza que no pude vencer me puso bocabajo y me ató de pies y manos. La mordaza me impidió protestar. Me vendó los ojos y me avisó que me dejaría castigada mientras él y sus familiares cenaban. Al rato se reuniría conmigo para hacerme lo que le placiera. Gemí de disgusto y forcejeé para soltarme, pero descubrí que mi ama había aprendido en un santiamén a hacer nudos irrompibles. Me resigné a estar atado y amordazado durante no sé cuánto tiempo. Escuché los ruidos que hacía Murillo mientras se vestía de hombre, y el que hizo al salir del dormitorio y dejarme encerrado. Regresó una hora después y lo primero que hizo fue adorar mis pies, que enarqué para que su lengua repasara cada una de las arrugas. Enseguida se ocupó de mi culo, que lamió hasta dejarlo empapado. Finalmente me desató, pero, en lugar de ponerme boca arriba, me separó las piernas y me penetró con rigor, mientras su mano izquierda sujetaba mi nuca para impedirme levantar la cabeza. Me le entregué por completo.
No regresaría a mi casa. Estaba cansado, pero no dispuesto a irme sin haberle pagado a Murillo con la misma moneda. Cuando su hermana y su madre se durmieron, él fue a la cocina y me preparó una cena opípara. Me la llevó al cuarto y me dio masaje en los pies mientras yo comía. Me contó también que su madre, quien llevaba un marcapasos desde hacía años, había estado delicada últimamente. Al día siguiente la acompañaría al médico. Confesó que le chocaría hacerla de enfermera.
—¿Y tu hermana? —pregunté.
—Ya sabes que trabaja todo el día —dijo con molestia.
Raquel era guardia de seguridad privada. Custodiaba una importante empresa trasnacional. Había estudiado diversas disciplinas marciales y dominaba el uso de armas blancas y de fuego. Era una chica de uno setenta y complexión robusta, sin llegar a la gordura. Me gustaba, pero no me había atrevido a significárselo porque, a mi juicio, mis intereses serían incompatibles con los suyos.
Terminé de cenar y me ocupé de mi puta. La até, penetré y obligué a felarme repetidas veces. Nos dormimos al filo de las cinco de la mañana. Dos horas después me despertó el ruido que hacía Raquel mientras se duchaba y vestía. Decidí marcharme a casa. Dejé dormido a mi amante, me vestí cuidadosamente y salí al pasillo, tras haber escuchado el ruido de la puerta principal, señal de que Raquel se había ido. Sin embargo, fui descubierto por la madre. Me vio salir del cuarto de su hijo. Palideció y se llevó una mano al pecho. Cuando empezó a tambalearse me horroricé. Seguro de que le sobrevendría un infarto, salí por piernas de la casa, dejando que mi amigo se ocupara del problema.
Llegué a la escuela con un retraso de una hora. El subdirector, un marica, me castigó dejándome una hora en su oficina. Me ordenó felarlo so pena de que el retraso se reflejara en mi boleta. Lo complací y quedé libre. No me extrañó que Murillo se hubiera ausentado. Lo llamé al mediodía y lo escuché llorar. En primer lugar me amonestó verbalmente por haberlo dejado sin despedirme, agregó que me castigaría por ello y, finalmente, me contó que su madre había sufrido un infarto. Él la había descubierto tirada en el umbral de su cuarto; la ambulancia llegó a tiempo para salvar la vida de la mujer y llevarla a un hospital. Raquel había sido notificada y se había trasladado de inmediato al lado de su madre.
—Nos veremos cuando salgas de la escuela —me dijo—. No se te ocurra plantarme.
—¿Y tu mamá? —pregunté.
—Que Raquel se encargue de ella. Yo me ocuparé de ti.
Colgó. Tragué saliva no porque me hubiera asustado, sino porque me excité al imaginar los castigos a que sería sometido más tarde. De la escuela me fui a casa de Murillo. Ya estaba él caracterizado de ama cuando me abrió la puerta. Me puso contra la pared y me esposó las manos a la espalda antes de conducirme a su habitación. Le pregunté si me permitiría cambiarme antes de comenzar, y como respuesta recibí un bofetón y la orden de no hablar sin que hubiera mediado una pregunta. Me encantó su actitud, así como permanecer vestido de hombre mientras era castigado. Me tumbó en su regazo y me nalgueó con la diestra desnuda, luego me obligó a lamerle las plantas hasta la saciedad y, por último, me arrodilló y metió su turgente pene en mi boca. Lo mamé con vehemencia hasta que la última gota de semen bañó mi garganta. Murillo se dejó caer en la cama para reposar. Por mi parte, me senté sobre los talones y esperé pacientemente mi próximo castigo. Pero mi ama consideró que había expiado mi culpa, así que me quitó las esposas y me pidió que me vistiera asimismo de ama. Me caractericé temblando de éxtasis, y no terminaba de maquillarme cuando le ordené a mi esclava que se pusiera en posición para un hogtie. Por dos horas le hice cuanto se me ocurrió. Acabé penetrándolo de pie en una esquina del cuarto, acción que ambos disfrutamos tremendamente, al grado de que nos vinimos a la par, en medio de grititos. Nuestra perdición comenzó acto seguido.
Habíamos dejado sin llave la puerta de la habitación, de modo que Raquel no tuvo que echarla abajo. Nos descubrió cuando yo aún no salía del interior de su hermano. Tanto ella como nosotros denotamos perplejidad. Además, ella presentaba síntomas de haber llorado, lo que me obligó a concluir que algo le había ocurrido a su madre.
—Mamá murió —dijo, mirando con asco a su afeminado hermano.
—¿Sí? —replicó Murillo.
Raquel dio dos zancadas hacia nosotros. Sentí miedo y no dudo que Murillo también.
—¡Sí! —gritó la hermana—. ¡Ella muriendo en el hospital y tú aquí, con este pinche maricón!
—No hace falta insultar —dije afeminadamente.
—¡Par de putos! —gritó Raquel mientras se quitaba la chamarra.
Vi que llevaba unas esposas y un bote de gas lacrimógeno en el cinturón. Tragué saliva. Sin previo aviso pateó a Murillo en la entrepierna y a mí me propinó un revés con la zurda; ambos caímos entre quejidos. Mi amante recibió acto seguido una descarga de gas lacrimógeno, que lo forzó a retorcerse y gritar mientras Raquel me ponía de bruces y me esposaba con maestría policíaca. Me sobrevino una erección inmediata; Raquel la notó y me colocó de medio lado para surtir mi pene de palmadas fortísimas. Grité de dolor. Un puñetazo en la cara me dejó desmayado.
Desperté y vi que aún estaba esposado. Murillo había cambiado de lugar. Ahora yacía en la cama, atado en hogtie y amordazado. Raquel se había vestido únicamente con un corsé negro y se había soltado el pelo. Me fascinó verla así. Atestigüé el trato que otorgó a su hermano. Le propinó un exquisito bastinado, le fustigó la espalda, lo penetró con un consolador vibrante que sin duda ella tenía, y al final lo obligó a lamer sus imponentes pies. Yo me había puesto de rodillas, y mi erección daba fe del goce que experimentaba y del afán que tenía de recibir lo que Murillo recibía. Raquel se ocupó de mí cuando su hermano perdió el sentido. Me tumbó al piso de un talonazo en la cara, me quitó las esposas y las reemplazó con cuerdas; acabé hogtied y amordazado, y obtuve lo que quería, aunque con una fuerza muy superior a la de Murillo. Conforme castigaba, Raquel se empeñaba en humillar verbalmente; ni a su hermano ni a mí nos bajó de putos, insensibles, escoria social y otras delicadezas. Se desahogaba del dolor que le produjera la muerte de su madre.
Murillo recobró el conocimiento y yo me harté de ser penetrado con el puño de mi nueva ama. Nos desató y nos desafió a vencerla a punta de golpes; como éramos dos, sin duda podríamos someterla, caso en que le haríamos lo que nos placiera. Murillo estaba muy enojado y de inmediato quiso noquear a su hermana, pero su habilidad como peleador dejó que desear. Raquel era experta en kung-fu, karate y jiu jitsu, y acabó con nosotros. Me sumé a la pelea por solidaridad para con Murillo, pero todos mis manotazos dieron en el aire, mientras que los pies, las manos y las rodillas de Raquel se impactaron contra todo mi cuerpo. Dimos un espectáculo lastimoso: un par de chicos vestidos como nenas y siendo apaleados por una amazona. Harto de patadas en la cara, Murillo se desplomó. Caí sobre él, tan agotado como excitado, pues había encontrado particularmente agradable ser golpeado por una mujer.
Raquel no había terminado. Éramos sus esclavos y nos dejaría en paz hasta que quisiera.
—Perdieron —dijo—, par de estúpidas. Harán lo que se me antoje.
En primer término nos ordenó realizar un 69, en cuyo transcurso advertí que Murillo también había disfrutado la golpiza recibida. Su pene estaba más erecto que nunca. Acto seguido nos adoramos los pies mutuamente, nos masturbamos, nos penetramos en diversas posiciones y nos arrastramos ante nuestra ama, quien al menos permitió que le lamiéramos las plantas. Descansamos brevemente después de tres horas de vejaciones.
Raquel no había terminado. No lo ha hecho aún. Somos de su propiedad. Nos tiene amenazados con hacer pública nuestra relación de maricas si tratamos de sublevarnos. La verdad es que ni Murillo ni yo tenemos de qué quejarnos. Somos las esclavas de un ama cruel, y eso es lo único que nos importa. Nos portamos mal a propósito, pues así obtenemos el exquisito tratamiento con que Raquel debutó en el mundo del sadismo contra travestidos. Ahora vivo en casa de Murillo, y con él me entrego casi a diario a placeres que gozaré por siempre.


PUNTOS  |  ENVIAR A UN AMIGO  |  COMENTAR  |  VOTAR | Atras


ENLACES TOP RECOMENDADOS
Relatos Eróticos
Relatos Eróticos



www.librored.com no se responsabiliza de los comentarios o expresiones que puedan incluirse en los relatos, así como de los nombres o identidades indicados, llegado el caso. Si desea que, por motivos personales o de otra índole algún relato sea eliminado de nuestra página, puede remitirnos un mensaje a la dirección arriba indicada, haciendo constar los motivos.
De la misma forma, si Ud. es webmaster de alguna web de relatos y alguno de los que incluimos tiene derechos reservados, no tendremos el menor inconveniente de retirarlo.
Nuestro objetivo no es otro que entretener a través de lecturas eróticas. Agradecemos vuestra colaboración.
librored

USUARIO:
CONTRASEÑA:

 

 
LIBRORED.com© Spacio Global Media S.L. , todos los derechos reservados / Aviso Legal y Condiciones / Home