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El alma al cuerpo   (Confesiones)
 
AUTOR: Oscar Salatino
 

Al principio creyó que se trataba de un error. Luego pensó en una broma. Finalmente se convenció de que podía ser posible. Trató de acomodarse los lentes, algo antiguos para la época, pero con un ángulo de visión que los más modernos no podían brindarle. Instintivamente se enderezó el nudo de la corbata, un nudo que había dejado de usarse por lo menos veinte años antes, cuando él era todavía gerente de área de aquella empresa estatal que la globalización había devorado.

Desvió un poco la mirada para que no pareciera tan manifiesto su interés, pero tuvo que reconocer que no era tan fácil como se creía. Hacía tanto tiempo que no sentía ese tipo de emoción que le parecían increíbles las sensaciones que recorrían sus agostados músculos.

"¿Por qué no?" se preguntó. ¿Acaso no tengo derecho? Por supuesto que sí, se respondió mentalmente con una vitalidad que lo sorprendió.

Respiró hondo y sacó pecho como si tuviera que enfrentarse a uno de esos fantasmas que hacía tanto tiempo trataban de apoderarse de su mente. No es que los culpara, no para nada, era él que los invitaba cada vez que la soledad lo acosaba. Una soledad que cada día se hacía más pesada. Como aquellas botas que recordaba de su juventud. Unas botas de corte militar que su padre guardaba en el baúl de los recuerdos familiares. Recuerdos que a veces afloraban a su mente con la nitidez de las nuevas películas digitales.

Una vez más se volvió tratando de que el brillo de su mirada no delatara lo que pasaba por su mente nuevamente alerta. Ella lo miró como reprobando su actitud pero notó que esbozaba una minúscula sonrisa que le devolvió el alma al cuerpo. Ese dicho de un pasado muy lejano lo llevó en un veloz vuelo hacia otras épocas, duras pero entrañables. Épocas de familias numerosas, de varias generaciones compartiendo un mismo techo, de tardes de truco y generalas, de mates amargos y tortas fritas, de brasero y música de tango por la vieja radio.

Tardes de reunión con primos que nunca parecían estar apurados para dar un consejo al más chico de la familia. Visitas de tías que llegaban con sus infaltables paquetes de masitas o alguna torta casera en la que el dulce de leche habían arruinado el envoltorio preparado con tanta anticipación, la anticipación del deseo de compartir.

Ramón sacudió la cabeza tratando de despejarse de esos fantasmas que habían vuelto sin avisar y a los que costaba hacerlos marcharse. Pues nadie quiere olvidar los buenos años, nadie quiere vivir sin recuerdos, nadie quiere ni puede vivir sin tratar de ver, aunque más no sea en su corazón, aquellas figuras amadas que parecen desdibujarse con el correr del tiempo.

No, nadie quiere eso.

"Estoy seguro", se dijo decidido a dar un paso más hacia lo que parecía un oasis en el desierto. Muy buena analogía, se dijo a si mismo mientras se ponía en marcha para salir al encuentro de ese oasis personal que quizás hiciera reverdecer su marchito corazón de 84 años.

Fueron los seis o siete pasos más difíciles que había dado en su vida, pero finalmente se paró frente a donde ella estaba sentada, ahora mirándolo con demasiada atención. "¡Quizás sea miope!, se dijo Ramón riendo para sus adentros con su propia broma.

-Buenas tardes señora, me llamo Ramón Soler y me gustaría mucho conversar con usted- dijo sacándose el sombrero gris perla y alisando el ala en sus manos nudosas.

La mujer, tan anciana como él mismo, lo miró con una sonrisa que le hizo saber que lo intenso de su mirada nada tenía que ver con la miopía ni con ninguna otra enfermedad de tipo oftalmológico.

-Era hora que se decidiera, pensé que iba a pasarse toda la tarde mirándome como un bobo, venga siéntese a mi lado y cuénteme de qué se reía con tantas ganas.

Ramón sintió que le volvía el alma al cuerpo.

Ese dicho de un pasado muy lejano lo envolvió en sus brazos llevándolo en un veloz vuelo hacia otras épocas...


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