Recientemente, mi esposa contrató a una chica nueva para hacer la limpieza en casa. Se trata de una niña de unos 18 años, alta, delgada y de carácter algo reservado. Suele vestir de forma discreta, por lo general usa pantalón de mezclilla y blusas holgadas, siempre trae el pelo recogido en una cola de caballo. De facciones agradables y mirada profunda, si bien poco habla, es de trato amable y agradable.
Me parecía en un principio demasiado chica, pero pronto comenzó a llamarme la atención y descubrí que era guapa, de facciones hermosas y aunque de cuerpo algo delgado, tenía todo en su lugar. La ropa tan discreta y un tanto holgada permitía adivinar unas téticas firmes y respingadas, así como un trasero pequeño, pero bien delineado.
El caso es que no pude resistir la tentación de intentar algo con ella y las oportunidades eran frecuentes, ya que como trabajo desde casa, mi mujer salía casi a diario y permanecíamos largas hora la chica y yo solos, ella limpiando y yo trabajando en lo mío. A veces intentaba hacer un poco de conversación con ella, pero resultaba ser bastante tímida y se retiraba a hacer sus labores, así que cada quien estaba en lo suyo.
Una ocasión en la que mi mujer había salido de viaje por varios días, yo ya estaba bastante caliente por la falta de sexo, así que considerando que la chica limpiaba en el piso de abajo, se me ocurrió observar mujeres desnudas en la computadora. Mi calentura fue en aumento, al grado de que pronto tenía una erección enorme y para calmarla sustraje mi pene del short y comencé a masturbarme con una mano, en tanto que con la otra acariciaba mi pecho, mientras observaba a chicas de todo tipo abriendo de par en par la entrepierna adornada con abundante vello púbico negro en sugestivas poses.
Aquello me puso en un estado de excitación que hizo me olvidara que había alguien más en casa, y me entregué por completo a la autosatisfacción sin darme cuenta de lo que sucedía a mi alrededor y poniendo únicamente atención en las chicas desnudas de la pantalla. De vez en cuando interrumpía mi deleitosa labor para ubicar con el oído donde podía estar la chica del aseo, escuchando los característicos ruidos que solía hacer al limpiar la casa, volviendo de nuevo a lo mío una vez que establecía que ella continuaba en el piso inferior.
Tan absorto estaba, que llegó un momento que ya no escuchaba nada, cosa que me extrañó un tanto, y sólo un poco después llegó hasta mis oídos un ligero sonido que parecía venir desde fuera de las ventanas de la habitación donde yo estaba frente a la computadora. No le presté mayor importancia y luego de una ligera pausa continué mi gozosa tarea, cuando de repente percibí la presencia de alguien tras de mí y justo en ese momento escuché la voz de ella preguntándome si podía tomar un periódico para limpiar.
Salté como impulsado por un dardo desde el asiento, soltando al mismo tiempo mi dura verga para ocultarla dentro del short e intentando sin éxito cerrar las páginas porno repletas de fotografías de mujeres desnudas que desplegaba la pantalla. Aturrullado por la pena, ya que me habían pillado en plena paja, sólo atiné a responder que no había periódico y le sugería buscara en al piso de abajo, mientras trataba de ocultar con mi cuerpo la pornográfica pantalla.
Ella, discretamente no dijo nada e inclusive un tanto apenada, volteó hacia otra parte como intentando disimular que no había visto nada y acto seguido se retiró. Allí quedé solo hecho un pendejo, rojo de la vergüenza y tratando de explicarme cómo es que no la había escuchado al subir la escalera de madera tan ruidosa a través de la cual es necesario pasar para llegar al lugar donde yo estaba. Repasé la escena tratando de determinar cuánto tiempo habría estado tras de mí la chica y que habría sido lo que alcanzó a ver. Imaginé como una película en retroceso a la chica observando silenciosamente como me masturbaba según yo en solitario. Todavía pensé que tal vez no me había alcanzado a ver y únicamente observó lo que aparecía en la pantalla.
Ya pasado el bochornoso momento inicial, mi segunda reacción fue de risa, considerando que según recuerdo, jamás nadie me había descubierto haciéndome una paja. Pero en fin, pensé, si trato de darle una explicación, tal vez resultaría peor, así que decidí dejar todo igual y disimular que no había pasado nada. Dejé por la paz aquello y continué trabajando, hasta que llegó el momento de tener que arreglarme para salir de casa. Bajé la escalera y me dirigí a mi habitación para bañarme, escuchando los ruidos que indican que ella seguía en el piso de abajo con sus labores domésticas.
Como suelo hacerlo cuando estoy solo o únicamente se encuentra mi mujer en casa, me desvestí dentro de la habitación para disponerme a ingresar al baño, que está dentro de la misma, cerré la puerta tras de mí y abrí la regadera. Antes de entrar a la ducha me di cuenta que no había shampoo y recordando que estaba en el tocador dentro de la misma habitación, salí por él sin tomar la precaución de colocarme al menos alguna toalla. Localicé la botella del shampoo y me encaminé de nuevo a la regadera, para repentinamente encontrármela casi de frente que había subido y por su silencioso caminar yo no me había dado cuenta.
Al verme completamente desnudo ella simplemente sonrió y siguió caminando, en tanto yo me sorprendí verdaderamente y sólo atiné a correr hacia el cuarto de baño. Al salir de la ducha, esta vez me aseguré de envolverme desde la cintura con una toalla, caminé hasta donde se encontraba mi ropa, me despojé de la toalla y me sequé perfectamente antes de vestirme. Mientras tanto escuché pasos fuera de la habitación, sin prestarles mayor importancia, pero recordando lo que había ocurrido hacía un rato, intenté tomar la toalla previniendo que ella me fuera a encontrar nuevamente en puras pelotas.
No ocurrió así, pero al inclinarme por la toalla, descubrí que ella miraba fijamente desde fuera de la habitación a través de un espejo que reflejaba mi imagen. Disimuladamente ya no intenté tomar la toalla y solo hice como que buscaba ropa dentro del closet, permitiendo a la chica mirarme a sus anchas en cueros. Me aseguré que pudiese observarme de todos los ángulos posibles, siempre disimulando no darme cuenta que era visto, hasta que finalmente me vestí y ya entonces escuché ligeros pasos que me indicaron que ella se retiraba una vez que había terminado de disfrutar la función.
Esto volvió a ocurrir exactamente de la misma manera en al menos un par de ocasiones, yo disimulando no darme cuenta y ella colocada en su estratégico punto de observación sin perder detalle gozando de la vista. Sin embargo, la siguiente vez decidí atacar, así que estando totalmente en pelotas, aparentando que todo sería como en las veces anteriores, dejé que la chica disfrutara de la vista por un rato, pero en el momento menos esperado, salí hacia donde estaba para decirle: -Hey, si lo prefieres puedes observar desde dentro.
Ella se quedó paralizada y con cara de sorpresa, entre la pena de sentirse descubierta de haber estado observando y la impresión de tenerme desnudo frente a sí sin ningún disimulo.
- Perdón, no vaya a creer que yo... balbuceaba.
- Ya, chica, le dije, no hay problema, ya sé que te gusta mirar, y a mí me halaga que lo hagas, así que te sugiero que si quieres seguir observando, mejor pases para acá y veas a tus anchas.
- No, como cree, yo no.
- Vamos, no te hagas la inocente, es la última oportunidad que te doy.
- Bueno, si usted insiste.
Pronto, la chica se sentó en la cama y tímidamente se puso a mirar mientras yo continuaba paseándome por la habitación totalmente desinhibido, e incluso se atrevió a comentar que le gustaba demasiado mi cuerpo por la gran cantidad de vello que poseía. Al día siguiente, estábamos solos como de costumbre y llegada la hora me dispuse a tomar la ducha. Al salir, ella ya estaba esperándome sentada en la cama, dispuesta a recibir su función. Salí ya sin preocuparme por cubrirme con la toalla y dejé que disfrutara de la vista.
Aproveché para preguntarle por qué le agradaba tanto verme desnudo y abriéndose un poco más de lo acostumbrado me dijo que desde hacía tiempo solía mirar a sus padres cuando hacían el amor y que le encantaba sobre todo el cuerpo velludo de su papá. Especialmente, me dijo, disfrutaba ver la verga peluda de su padre siendo montada por el también peludo coño de su mamá y la manera en la que esta gozaba al ser penetrada, lanzando gritos y resoplidos hasta quedar en éxtasis.
Entonces le pregunté si ella había hecho el amor con alguien, y me aseguró que nunca, pero que le gustaría gozar de la misma manera como lo hacía su madre.
- ¿Y te vas a conformar con solo ver o te gustaría también tocar?, le dije.
- Ay, pues si me gustaría tocar, pero me da mucha pena, respondió.
- Pero pena de qué, le dije, anda, anímate, le señalé poniéndole frente a si mi verga.
Extendió la mano tímidamente, como temiendo que todavía se lo impidiera, hasta que la tuvo al alcance y entonces la empuñó ansiosamente apretando con fuerza el todavía flácido miembro.
Al sentir las delicadas manos de la chica, mi pene reaccionó de inmediato comenzando a crecer hasta llegar a una monumental erección que desbordó por completo las pequeñas manos de la joven. Ella, sorprendida por el gran crecimiento de mi verga, observaba admirada y trataba al mismo tiempo de abarcar con ambas manos toda la longitud del miembro, sin lograrlo.
- Wuauu, ¿porqué creció tanto?, preguntó.
- Bueno, porque es muy sensible y además le agradan las caricias de tus manos, le respondí.
- ¿De veras?, dijo sin dar crédito a la conmoción que había provocado en mi entrepierna.
- Así que acariciándolo se puede lograr que crezca y se ponga así de grande..., reflexionó. Con razón el otro día cuando subí estaba igual de enorme como ahora, soltó.
Cuando subiste a dónde. Le pregunté.
- Sí, el otro día cuando subí a pedirle un periódico..., cortó apenada, dando a entender que me había observado mientras me masturbaba viendo imágenes en la computadora.
- Entonces si fue mucho lo que viste ese día, eh, le dije.
- No vaya a pensar mal, es que yo no sabía que usted estaba..., volvió a interrumpir nuevamente apenada.
- No te preocupes, ni hablar, me sorprendiste.
- Pero que peludas estaban las mujeres que estaba viendo en la computadora, señaló.
- Y también hay imágenes de hombres peludos.
- ¿De veras?, exclamó con interés.
- Si, e incluso parejas de hombres y mujeres velludos haciendo el amor.
¿Te gustaría ver? - Claro, dijo, me encantaría.
Tomándola de la mano, la invité a ir hacia donde estaba la computadora, nos sentamos ambos frente a la pantalla y pronto se desplegaron las imágenes que estábamos esperando. Ella observaba sorprendida y admirada la manera en la que aparecían fornicando parejas de todo tipo y en las posiciones más exóticas, o ya fuese haciendo sexo oral, hasta provocar abundantes eyaculaciones a los hombres que las mujeres recibían con gusto en sus bocas.
Esto último le sorprendió especialmente a la chica, comentando divertida que parecía leche y preguntándose que provocaba aquella erupción que emanaba de esas peludas vergas.
- Bueno, le expliqué, cuando estimulas adecuadamente el pene, llega un momento en el que sientes tan delicioso que eyaculas semen.
- Vaya, entonces por eso sale tanta leche y les agrada a las mujeres tomarla en sus bocas.
- Pues sí, así es, le dije. ¿Te gustaría ver algo así, pero en vivo? Le pregunté.
- Sí, me encantaría, respondió.
- Muy bien, sólo tienes que hacer lo que estabas haciendo hace un rato allá abajo.
Entendiendo perfectamente, ella tomó amorosamente mi verga entre sus manos y comenzó a acariciarla instintivamente, pero con torpeza. La guié un poco para que lo hiciera de mejor manera y pronto ya lo hacía como toda una experta, jaloneando con ambas manos de arriba a abajo a todo lo largo del miembro, mirando de vez en cuando la pantalla o bien mi pene duro como el que más. Sus pequeñas manos hacían que mi verga pareciera aún más grande de lo que era, y el delicioso estímulo que le proporcionaba la mantenía dura como el acero. A fin de disfrutar aún más, le pedí que se acomodara en su silla detrás de mí, de tal manera que con una mano acariciara mi verga y con la otra mi pecho.
Obedientemente, ella lo hizo incrementando cada vez más el placer que me daba, mientras yo navegaba por las imágenes en la pantalla sobre las cuales ambos no perdíamos detalle. Mi pene ya para entonces se encontraba perfectamente lubricado y dejaba escapar de vez en cuando algunas gotas de semen, que era aprovechado por la chica para embadurnarlo en toda la extensión del carajo y facilitar la estimulación.
Entre la instintiva maestría que mostraba la joven y sobre todo el empeño que ponía en su agradable labor, acompañada de la vista de las imágenes de la pantalla, me puse en un camino sin retorno que me llevó a lo inevitable. Así, pronto comencé a derramar chorros de semen que cubrieron por completo las pequeñas manos de la chica, que seguía jalando y jalando sin parar como esperando que aquella fuente no dejara de manar nunca, en tanto yo resoplaba y suspiraba de gozo.
Una vez que extrajo hasta la última gota, extendió el blanquecino líquido con sus manos por todo mi abdomen, extasiada al ver la reacción que había provocado en mí y preguntando ansiosa si ella podía sentir algo similar. Por supuesto que sí, le respondí, y entonces hice que intercambiáramos lugares, quedando esta vez ella frente a la pantalla y yo tras de la silla. Bajé el zipper de sus jeans e introduje mi mano bajo sus panties hasta encontrar una suave y fina pelambrera ya algo húmeda por la excitación. Posteriormente intenté quitarle el pantalón, pero se resistió argumentando sentir pena de que la viera desnuda, así que no tuve inconveniente en continuar estimulándola debajo de la ropa.
Luego, introduje la mano que quedaba libre bajo su blusa y brassier, hasta atrapar una de sus tetas, cuyo pezón reaccionó de inmediato al ser tocado poniéndose erecto. Al mismo tiempo, ella dejó escapar un profundo suspiro, poniendo de manifiesto el gozo que experimentaba. En seguida, tomó el mouse de la computadora para navegar en busca de más imágenes donde aparecieran parejas teniendo sexo. Mientras se entregaba al placer de recibir mis caricias en clítoris y pechos, la chica no perdía detalle de las fotos de la pantalla, y extasiada hacía comentarios acerca de la forma en la que, gustosas, eran penetradas las mujeres en todo tipo de posiciones.
Todo ello hizo que su excitación fuese en aumento, hasta que la inminencia de un ya próximo orgasmo provocó que comenzara a mover ansiosamente la pelvis, como tratando de intensificar todavía más el roce de mis dedos contra su clítoris. De repente dejó escapar un gemido intenso y prolongado, al momento que era presa de fuertes espasmos que denotaban estaba experimentando el más sublime de los orgasmos, el primero en su vida, según me confesó después. En tanto manaban ríos de sus jugos, yo no cesaba en continuar estimulando el botón de placer de su entrepierna, mirando divertido y extasiado a la vez el efecto que habían tenido mis caricias en ella.
Una vez recuperada del trance por el que había pasado, dijo sorprendida por lo que acaba de vivir, señalando que no se imaginaba que algo así causara tanto placer y comentó que cuando observaba a sus padres hacer el amor era notorio que lo gozaban, pero hasta ahora sabía de qué forma. Por esta vez, ahí concluimos nuestros mutuos deleites masturbatorios, así que cada quien retomó sus labores respectivas con toda normalidad. Al día siguiente, nada más salir mi mujer de casa, la chica no esperó y vino hacia donde yo estaba, dispuesta a continuar aprendiendo a gozar. Se sentó junto a mí y ansiosa me pidió que desplegara las imágenes que tanto le gustaban, a lo que accedí con gusto.
Fueron apareciendo varias fotos donde, como de costumbre, las parejas fornicaban de muy diversas maneras, pero esta vez también había videos en los que mujeres practicaban sexo oral a los hombres hasta hacer que descargaran chorros de semen en sus bocas. Al principio la chica consideró repugnante que las mujeres del video se tragaran todo el semen sin mostrar ningún asco, pero al mismo tiempo expresaba curiosidad al ver que lejos de ello parecían gozar verdaderamente al engullir la blanca secreción.
- ¿De verdad sabrá bien eso o están fingiendo?, preguntó.
- Creo que verdaderamente lo gozan, respondí.
Para entonces, ella había tomado la iniciativa de meter su mano bajo mi short y comenzaba a estimular mi ya duro pene. Luego, ansiosamente bajó la prenda de un jalón para dejar completamente al aire el enhiesto carajo y entonces empuñarlo y jalonearlo de arriba a abajo con toda libertad.
Extasiada, exploraba por completo toda la anatomía del miembro, desde la punta hasta las pelotas, estimulando con instintiva ansiedad. Ya como toda una experta, con la otra mano acariciaba mis pezones alternadamente, gozando tanto como yo lo hacía. Pronto, de mi pene comenzaron a brotar pequeñas gotas de líquido seminal, que lubricaron por completo la cabeza de mi verga. Entonces, ella se detuvo por un momento para recoger entre sus dedos un poco de dicha sustancia y olerla.
- ¡No huele mal!, dijo sorprendida, mientras colocaba los dedos frente a su nariz. ¿A qué sabrá?, continuó.
- ¿Por qué no lo descubres por ti misma? le dije.
Sin pensarlo, se llevó los dedos a la boca y haciendo gestos asumiendo que aquello sería asqueroso, lo probó, para exclamar eufórica: - ¡Es un poco salado, pero sabe bien!, dijo. Quiero más, continuó, tomando otro tanto de líquido de la punta del carajo.
- Mmm, delicioso, exclamó.
En eso desplegué un nuevo video que mostraba a una mujer haciendo sexo oral a su pareja, hasta que éste eyaculaba y derramaba toda su leche en la boca de la chica hasta derramarse por las comisuras de los labios. Esto bastó para que la niña se animara a probar con tímidas lengüetadas el sabor del líquido seminal directamente de la cabeza de mi pene. Le gustó tanto que pronto estaba entregada a la práctica de la felación con tanta maestría como la que mostraban las mujeres de la pantalla.
Dispuesta a extraer todo el elixir que fuera capaz de salir de mi verga, la chica se afanaba en alternar chupetes y roces con la lengua a lo largo de todo el pene, aprisionándolo al mismo tiempo con ambas manos como una hembra en celo. Así estuvo durante un buen tiempo, haciéndome gozar al máximo de una mamada como pocas veces había recibido en toda mi existencia.
Vaya que esta chica aprendía rápido y aprendía bien. Entre jalones, lengüetadas y chupadas, logró su cometido de sacar el sabroso líquido que tanto le había gustado, así que pronto yo estaba en el paraíso terrenal experimentando el más delicioso de los orgasmos y derramando toda mi leche en su boca, que gustosa recibía y engullía su ración gozando de igual manera.
- ¡Qué cosa!, dijo una vez que terminó de tragar todo el líquido, nunca pensé que supiera tan bien, es delicioso, comentó, mientras recordaba que su madre nunca accedía a hacerle sexo oral a su papá. De lo que se pierde, dijo.
- Bueno, ahora sigues tú, le dije.
Entonces, sin perder el tiempo, se colocó en la silla donde yo había estado antes, desabotonó y abrió el zipper de sus jeans y abrió las piernas esperando que yo comenzara a acariciarla con mis manos, como había sucedido con anterioridad.
- Espera, le dije, así con el pantalón puesto no podré hacerte lo que acabas de hacerme a mí.
- ¿Quieres acariciarme con tu lengua?, preguntó.
- Así es, respondí, ¿no lo deseas? - Creo que sí, dijo, ya vi que fue muy placentero para ti, ¿eh? - Bueno, entonces déjame quitar tu pantalón y ya verás que será más fácil. Accedió un poco a regañadientes, ya que insistía en sentir pena de que la viera desnuda, por lo que le dije que podía conservar su blusa.
Una vez que retiré de su lugar los jeans, quedaron sólo unas pequeñas bragas blancas que cubrían su sexo con toda discreción, Intenté quitarlas, pero ella se resistió, con pudor, así que inicié la estimulación del clítoris por debajo de la prenda. Ya estaba algo húmeda, producto de la excitación que le había causado ponerse a mamar mi verga, así que la tarea resultó fácil. Luego, hice a un lado la tela para intentar introducir mi lengua, con todas las dificultades que ello implicaba. Me las ingenié para llegar hasta el clítoris, y en cuanto sintió el primer roce, ella se estremeció de pies a cabeza, dejando escapar al mismo tiempo un prolongado suspiro. Entonces, decidido a atacar, intenté una vez más bajarle las bragas para operar a mis anchas, sin encontrar esta vez resistencia de su parte. Maravillado ante la visión de aquel coñito, me detuve unos instantes para disfrutar del panorama. Qué clase de vulva poseía la chica: todo un monumento hecho especialmente para gozo.
Una delicada y fina pelambrera negra, que cubría buena parte de la entrepierna, pero bien delineada como si la hubiesen recortado. Los labios y la entrada de la vagina de color rosado, firmes como celosos guardianes de la virginidad de doncella. Todo tan diferente de las mujeres maduras. Los muslos, por su parte, delgados, pero firmes, eran la continuación de un conjunto que parecería formaban una maquinaria fabricada para proporcionar placer. Ya no quise perder más tiempo y me entregué por completo a mi deleitosa tarea de hacer gozar con mi lengua a la chica, que pujaba y resoplaba ansiosa mientras recibía los roces que iban desde el clítoris, pasando por los labios y la entrada de la vagina, y de cuando en cuando se prolongaban hasta los muslos.
No tardó en estallar por completo en una venida sublime y deliciosa que la hizo derramar sus jugos de manera interminable, los cuales fueron succionados ansiosamente por mí, mientras sentía las contracciones de su pelvis que amenazaban con hacerla caer de la silla, totalmente entregada al goce que experimentaba. Todavía se quedó varios minutos rendida, como tratando de explicarse por lo que estaba pasando, con los ojos cerrados respirando agitada.
- Caray, que bien se siente, dijo.
- Qué bien que te gustó, señalé.
- Nunca pensé que una lengua fuera capaz de hacer esto, agregó.
- Bueno, me da gusto que lo hayas gozado, ya habrá tiempo de ensañarte otras cosas que te harán disfrutar aún más, por ahora debemos continuar nuestras labores, concluí.
Así, cada quien se vistió y reasumió sus obligaciones, esperando ansiosamente una siguiente sesión. Como de costumbre, al día siguiente, la chica sólo esperó a que saliera mi mujer para presentarse de nuevo donde yo estaba.
- ¿Que me vas a enseñar hoy? preguntó curiosa.
- Pues mira, le dije, hasta ahora nos hemos masturbado mutuamente, y también hemos gozado brindándonos sexo oral uno al otro, pero hay algo que es todavía más rico que eso y que necesito preguntarte si estás dispuesta a hacer.
- Ah sí, ¿Y qué es?, preguntó con interés.
- Has podido observar en las imágenes en la pantalla la manera en la que gozan las mujeres cuando les introducen los hombres el pene en su vagina, ¿verdad?, le dije.
- Pues sí.
- ¿Te gustaría experimentar algo así?, continué.
- Me encantaría, pero no sé, me han dicho que puedo quedar embarazada si hago eso, exclamó.
- Mira, uno puede tomar sus precauciones para evitarlo.
- Bueno, si es así, podríamos hacerlo, concluyó.
Una vez dicho esto, tomó su lugar junto a mí frente a la pantalla y conforme se fueron desplegando las imágenes pornográficas, aprovechó como siempre para empuñar mi verga bajo el short y comenzar a acariciarla. Me levanté para desnudarme por completo, dejando al aire la monumental erección que ya mostraba en mi entrepierna, a lo que respondió ansiosa reanudando el jaloneo sobre mi pene. Esta vez no quise esperar y mientras ella se concentraba en estimular mi verga, desabotoné y deslicé el zipper de los característicos jeans, y le bajé los mismos hasta las rodillas, asegurándome de no dar lugar a protestas. Introduje una mano bajo sus panties para hacer un suave cosquilleo en la pelambrera, para después desplazar con delicadeza los labios vaginales y llegar hasta el clítoris.
Dado que aún no se encontraba lo suficientemente lubricado, opté por retirarme de ahí momentáneamente y subir hacia sus pechos, por debajo de la blusa y el bra, encontrándolos como siempre firmes y dispuestos para ser acariciados. Los pezones reaccionaron de inmediato poniéndose duros al primer contacto de mis manos, lo que hizo que la chica ahogara un pequeño gemido, señal del disfrute que aquello le causaba. Así estuve por varios minutos, amasando sus delicados senos, hasta que, seguro de que no se resistiría, desabotoné su blusa, retiré de su lugar el brassier y tuve ante mí la visión de aquellos pechos de mujer joven, duros como rocas, cuyos pezones sonrosados y de aureolas chicas coronaban perfectamente el conjunto.
Entonces, acerqué mi lengua para chuparlos y lamerlos con fruición, provocando que ella, extasiada, dejara escapar exclamaciones placenteras y suspiros de placer. Luego, deslicé la lengua por todo su abdomen, haciéndola estremecer, pidiendo por momentos que me detuviera porque sentía ahogarse del gozo que experimentaba, pero a ratos también exigiendo que continuara.
Dispuesto a todo, me detuve por un momento para buscar una mejor posición desde la cual seguir brindándole todo el placer posible, así que ambos nos pusimos de pie. Yo ya estaba completamente desnudo desde hacía rato, pero ella continuaba con su blusa desabotonada y sus jeans y panties arremangados hasta los tobillos. Esta vez no le importó que le ayudara a despojarse de las prendas y quedar completamente desnuda frente a mí. Así pude admirar por vez primera la armoniosa anatomía de la chica.
Destellaba belleza sin igual por todas partes: el cuerpo era un tanto delgado para mi gusto, pero todo estaba en su lugar. Unos senos hermosos, de una forma y caída espectaculares, coronados por unas aureolas y pezones de color rosa de un tamaño mínimo. Hice que girara un poco para admirar su parte trasera. Una espalda preciosa y unos muslos delgados, pero firmes. Y lo mejor de todo, unas nalgas de lujo, el trasero más delicioso que haya observado en toda mi vida. Se trataba de un culito pequeño, pero perfectamente esculpido, que visto de frente resaltaba las redondeces propias de una grupa de una joven mujer, en tanto que de lado, resultaba encantadora la forma prominente de las nalgas.
Al girar nuevamente, un tanto cohibida, mostró el esplendor de la desnudez de su sexo, cuya negra y delicada pelambrera contrastaba enormemente con la suave y tersa piel morena clara.
- Bien, le dije, ahora vas a conocer lo que es placer de verdad. Y es que a sus 18 años, la chica todavía era virgen y por si fuera poco, nunca había recibido siquiera caricias íntimas de nadie que no fuera yo. Reparé un poco en ello y me cuestioné si tendría la madurez requerida para dar un paso así, por lo que le pregunté si estaba segura de hacerlo- - Sí, estoy dispuesta, hazlo por favor, dijo.
Ello bastó para que reanudáramos las acciones y tomando un pequeño sobre sustraje un preservativo, que coloqué en la punta de mi verga y desenrollé hasta dejarlo en su lugar.
- Esto nos evitará cualquier riesgo, le expliqué. Acto seguido, me senté en una silla y la atraje hacia mí para que me montara. Obediente, se colocó sobre mí de frente, dispuesta a ser penetrada. No obstante, tratando de aumentar el goce mutuo, hice que girara para que de espaldas se sentara sobre mi verga, sin introducírsela, sino que le planté el carajo en la comba de las nalgas, indicándole que se moviera de arriba a abajo para que deslizara el culo a lo largo de mi pene.
- Wuauu, eso se siente muy rico, dijo gustosa, sin detenerse por un instante. Yo me sentía de nuevo en el paraíso, ya que tenía toda libertad para acariciarle el trasero y las teticas mientras ella se afanaba en apretar el culito deslizándolo por toda la geografía de mi verga.
Una vez que juzgué estar listo y ambos lo suficientemente calientes, le pedí se detuviera, para que girara nuevamente y ahora si se montase sobre mí. Al quedar su coño pegado frente a mi duro pene, todavía aproveché para frotarle por fuera el carajo antes de introducirlo, de tal manera que ambos estuviésemos bien lubricados. Entonces, la tomé por las nalgas delicadamente y dirigí su coñito listo para ser penetrado directamente a la punta de mi verga, que palpitaba ansiosa anticipando el goce que se aproximaba. Como era de esperarse en un coño apretado por ser aún virgen, la introducción resultó difícil, así que sin prisa alguna, lo hice de manera pausada para no causarle dolor alguno. Mientras avanzaba, la sensación resultaba indescriptible, el calor y la humedad que se percibía en el apretado coñito de mi joven amante, aún cuando yo tenía puesto el condón, resultaban demasiado placenteros.
En tanto, ella resoplaba y gemía al sentir la forma en la que mi pene llenaba paulatinamente la cavidad de su vagina.
- Aayy, me duele, pero también me gusta, exclamaba eufórica.
Sentí que algo se rompió, seguramente el himen y a partir de entonces la penetración resultó más fácil, hasta que mi pene entró por completo en aquel agujero cálido y lubricado. Posteriormente, comencé los embates de mi verga animándola a mover su pelvis de forma rítmica y sincronizada. Lo apretado de su vagina asemejaba a un guante ajustado sobre un dedo de gran tamaño. Lo anterior y lo caliente y lubricado del coño de mi chica favorita me transportaban a una dimensión desconocida de placer para mí. Ella, mientras tanto, no ocultaba la gran satisfacción y gozo que experimentaba al recibir una verga del calibre de la mía, gimiendo y suspirando delirante al tiempo que saltaba frenética montada encima de mí regazo.
Habiendo superado toda sensación de dolor, la chica se entregaba por entero al disfrute que experimentaba por vez primera de recibir una dura verga en su joven y delicado coño, y lo celebraba con enorme gusto y disposición. Estuvimos follando con singular empeño durante un buen tiempo, en el que la chica tuvo por lo menos un par de orgasmos, que fueron celebrados con estentóreos gritos y alegres exclamaciones placenteras. Por mi parte, hacía esfuerzos sobrehumanos para prolongar la jodienda lo más que se pudiera y no acabar antes de lo que yo quería. Los veloces movimientos de caderas, aunado al fuerte roce que proporcionaba el apretado, húmedo y caliente coño de mi querida chica, fueron algo que ya no pude resistir más.
De esa manera, anuncié mi ya próxima venida, comenzando a disparar chorros de semen que fueron atrapados por el preservativo. Sin embargo, ella percibió que yo estaba en plena venida y todavía se dio tiempo para un orgasmo más antes de terminar nuestra primera follada. Rendidos por el esfuerzo, quedé yo sentado jalando aire, mientras ella permanecía dócilmente recostada sobre mi pecho, sin hacer el menor intento por levantarse. Al quedar flácida mi verga, ésta se salió de su vagina, con el preservativo y su blanquecino contenido colgando. Ambos reímos y aprovechamos para levantarnos, nos dirigimos al baño para asearnos y todavía alcanzamos a aventarnos un polvo más en la regadera.
Vale decir que la chica se ha vuelto tan aficionada a mi verga que prácticamente quiere follar a diario, y como ha aprendido tan bien a hacerlo, resulta tan placentero joder con ella que yo siempre estoy más que dispuesto a complacerla, así que este asunto va para largo.
|