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La Dama de la duna escondida   (Sexo Interracial)
 
AUTOR: Anónimo
 

Yo era por aquel entonces una mujer cálida y sensual, y muy joven. Tenía el pelo castaño y los ojos verdes y un pubis dorado que hacía las delicias de los hombres. Los labios gruesos aportaban una nota de musicalidad, y, por lo demás, me pasaba el día leyendo en la playa. Habitualmente iba a una con dunas donde se perdían todo tipo de parejas. Se trataba de una playa atractiva porque proporcionaba las sensaciones de relajación propias de la naturaleza y permitía esconderse en cualquier momento para tomar el sol.
Recuerdo un día concreto que estaba sola. Busque una duna solitaria algo perdida. Sentía con intensidad la fragancia de una planta aromática típica del contorno y el sol, que tímidamente salía de las nubes, empezaba a acariciar mi cuerpo. Notaba las delicadas caricias en la piel como si una mano espiritual me recorriera con insinuación y todo el camino seguido de la luz sobre mi cuerpo no fuera sino una fuente de calor cuya falta sentía desde algún tiempo. Mi cuello y orejas, los pechos, con los pezones erizados, el vientre que me palpitaba como un corazón latiente, la carne de gallina y una incipiente humedad de mi sexo que anunciaba la subida de la marea cercana.
De pronto sentí la necesidad de desnudarme. (Entonces, no sabía que estaba siendo observada por un hombre desnudo apostado en la cima de la duna (yo estaba en el valle). Me desprendí del sujetador acariciándome suavemente los pezones para electrizarlos y llenarlos de partículas de aire. Estaba excitándome y necesitaba una penetración profunda. Mis pechos se endurecían, y todo mi vientre hervía con un calor insoportable. Yo me revolvía de un lado a otro con los ojos cerrados, mientras aquel hombre seguía divisándome. Gracias a un movimiento convulso, pude verlo. Era grande, pero feo. Corpulento y peludo. Muy viril, y con los rasgos muy marcados. Estaba tumbado, y por eso no puede verle la polla. No se dio cuenta que le vi, así que fingí como una zorra indecente. Mi vagina era ya un lugar tórrido lleno de deseo, de abrirse al mundo para ser bebida como una fuente. Empecé a desprenderme de la parte inferior del biquini, que ya estaba calada, y la dejé sobre la arena con algo de verguenza. Estaba desnuda y abierta, mostrando descaradamente mi coño a un desconocido, ofreciéndome libertinamente. En mi memoria tenía acumuladas todas mis experiencias de antes y follaba como una loca, abriéndome y cerrándome, aprisionando la polla de los hombres a mi antojo, controlando el ritmo. Sus huellas, -las del hombre, se entiende-, se dejaron sentir por la duna hasta llegar a mí, Yo tenía los ojos cerrados cuando el se hincó de rodillas sobre la arena. Tenía una polla enorme, cercana a los veinte centímetros. Gruesa y dura como la piedra, y muy caliente. Estaba excitado y se autoestimulaba. Mis tetas se movían conscientemente y él me miraba con la profundidad de un Tuareg. Me tomó por los tobillos y me arrastro hacia él. Eso significaba que iba a ser poseída por un animal, más que por un hombre, y por ello me excité más aún. Me salía flujo por la entrepierna para mezclarse con un sudor extraño. Mi biquini, vuelto del revés, tenía manchas, y yo no pensaba en otra cosa mejor que aquel endemoniado diablo me follara de una vez. Bajo con su boca a mi coño. Sus lamidas eran de perro. Ansiosas, sin ritmo, descomunales e inacabables, profundas. Sentía el roce de sus dientes sobre mis partes y su saliva mezclada armoniosamente con mi apetitoso jugo vaginal. Era una lengua larga que se enroscaba y no acertaba, pero era brusca, o todo lo que al fin yo necesitaba. Amor entregado visceralmente como cualquiera del principio de los tiempos. Yo le acariciaba la cabeza y lo tenía rendido y sumiso como a un orangután. Su polla dejaba caer un incipiente hilillo de flujo prostático. Me dio la vuelta bruscamente y me tanteó con los dedos para buscar mi coño desde la perspectiva trasera, palpando como si tuviera patas y gruñendo como si no tuviera palabras. Pensé, -casi lo deseaba-, que me iba a encular, pero su instinto era primordialmente brusco y asesino. Me la metió de un solo embite hasta dentro con tal fuerza que me deshice en un grito, más que nada un estertor, propio de una víctima, donde mezclaba dolor y placer casi casi virginalmente. No había tacto en él, sino deseo de descargar su instintiva fuerza bruta. Yo cabalgaba hacia un orgasmo espasmódico lleno de dolor que me cautivaba más y a más a medida que él duraba y prolongaba su erección y mi flujo se consumía para ceder el paso a una sequedad que me dejaba dolorida. Me corrí una vez y dos, antes de llegar a un tercer y definitivo orgasmo, después de que una cantidad desmesurada de semen habitara mi caverna y yo aprovechara su pene erecto para frotarme y rendirme a la vergonzosa animalidad de un placer semisalvaje que me había hecho sentir una tigresa.
Se marchó siguiendo el sendero de sus huellas, sin decir nada. Me quedé tumbada de lado con la mano hundida en el pubis y un dedo dentro de mi coño que incitaba la necesidad de un orgasmo de mí tiempo: rítmico y sensual, organizado y elaborado con las imágenes más intensas de mi vida sexual a lo largo del tiempo. Pensé entonces en la piel suave de mi amante de siempre y me quedé dormida pensando que volvía a ser una mujer liberada y no una esclava de una bestia.


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