Las afanosas citas hacían que sus corazones latieran hasta más no poder, pues, era un desafío el hecho de que encontrasen juntos a los primos del alma, que tanto se querían, que demostraban ser los machos de la casa, pero que bajo las frazadas, eran dos seres dispuestos a tener sexo hasta el cese de sus fantasías. Los años transcurrían y el inclemente fresco templado cobijaba los pueblos cercanos a la costa con más intensidad cada vez, y lo mismo ocurría con Oscar, su ocurrencia de querer mostrar sus habilidades hacia su pareja, que por cierto se trataba de su primo Joselo, lo condujeron a experimentar nuevas rutinas, nuevas posiciones, nuevos encuentros.
Joselo era unido con Oscar, pibes, jugaban juntos, dormían juntos, se amaban. Aunque el sentimiento se acrecentaba en ellos, quería a alguien más, por ello hubo la necesidad de aderezar su relación. Entre pasillos de la Universidad corría la voz acerca de un chico de provincia. Se trataba de Martín, un apuesto chaval de menor edad que Joselo y Oscar, nuevo en aquel apartado lugar del hemisferio sur, del cual también se rumoraba que tenía tendencias homosexuales.
Al conocer la novedad, los primos decidieron hacer una jugada tentadora. Quizá éste sería el encuentro, el componente que hacía falta, para que la relación de los primos gays resurgiera, y así fue. Cuando hubo la oportunidad, el trío tropezó sin querer en la venta de comida del campus universitario. Hubo un intenso cruce entre las miradas de los primos y el ahora desconocido, Martín.
Se extendieron las manos para ayudarse a levantar.
- Mucho gusto, me llamo Martín - Ahh, pibe, soy Oscar, y él Joselo - Ahh, un placer - ¿Qué? ¿Sos nuevo por acá? - Sí, vengo de provincia, y casi no conozco a nadie.
Las palabras parecían ser las más indicadas para los oídos tanto de Oscar como de Joselo. Al conocer la inocencia de su presa, decidieron invitarle unas cervezas. Inicialmente no le agradó la idea, pero luego de convencerlo con una tertulia muy fluida, Martín aceptó ir a su aposento. El pueblo casi solitario, que sólo contaba con una población inferior a los mil habitantes, se nubló temprano. La templada noche se vestía de gala para lo que se venía. Y es que pasada una semana de la propuesta hecha al joven provinciano, tocó el día de beber hasta el amanecer y perpetrar los ávidos intereses carnales, que en el trasfondo de la situación, lo que buscaban era que ambos embistiesen al pibe de 19 años con sus mástiles erectos.
Tanto Oscar como Joselo, cuidaban la casa de su tía Hortensia. Todo se encaminaba a actuar sin mordaza, mucho menos inhibiciones. Perfumados y con el refrigerador atiborrado de cervezas, y las cajetillas provistas de cigarrillos para dos días, esperaron a su invitado. En quince minutos llegó, saludó, y tomaron la primera ronda de bebidas espirituosas. El estado de ebriedad los condujo directo a la cama del cuarto principal. Una vez allí se desnudaron y empezaron a mamarse las pollas unos con otros. Un momento intensamente no apto para cardíacos. Ahora la posición mostraba a ambos primos sometiendo a Martín: uno chupaba su pene y el otro pasaba la salivosa lengua por su virgen ano, que estaba bien rasurado y con olor a crema perfumada.
La escena parecía sacada de una película porno, pero no era así. La sensación que sentían era de deseo, de una corrida prolongada. Desesperados los jóvenes se besaron con lujuria por todos sus cuerpos, desde los dedos de los pies, pasando por las piernas y terminando con pechos, labios y cuello. La mamada de culo era con la que más corcoveaban. Hasta que llegó el momento de ensartar por el recto a Martín. Oscar fue el primero en introducir su verga de 24 centímetros. Momentos de dolor afligieron al virgen provinciano por minutos, pero con el vaivén de su pene dentro de su culo, el fruto del dolor se convertía en delicia para su esfínter anal. Se estremecía de gusto, así que en poco tiempo Joselo también con su pene más disimulado, penetró al mozo una y otra vez hasta acabarle en semen sus adentros. Por otro lado Martín introducía hasta la garganta la verga de Oscar.
Desesperado, Martín retiró el líquido blancuzco que ahora inundaba su recto, e hizo la cola a Oscar, quien no vaciló en clavarlo y romperle de un solo tirón. Sangró levemente, aún así siguió con el divino movimiento que lo embargaba de placer. Tardó veinte minutos en venirse en el culo de Martín. Quedaron extenuados de tanto sexo, aunque faltaba algo, al ver que ninguno de nuestros audaces primos pajeó a Martín, éste los hizo voltear, ellos no tuvieron otra alternativa que poner sus colas para que fuesen penetrados. Primero montó a Joselo por tener más pomposas sus nalgas. Eran duras, sin vellos, y un ano compacto. Mientras lo hacía, los primos gays se besaban apasionadamente, al punto de que uno de ellos olvidó que lo ensartaban. Luego metió su mástil en el enorme culo de Oscar, que pese a no tener unas culatas portentosas, ofrecía más elasticidad en cada embestida, con todo y lo flaco que era, se amoldaba mejor a la posición de Martín como ademán de seguridad y entrega. Hasta el momento en que acabó en las bocas de nuestros personajes.
Fueron dos largas, pero satisfactorias horas que los primos gay emplearon para pervertir al nuevo integrante de la relación, o por lo menos a quien se convertiría en su amante secreto en lo sucesivo. Durmieron hasta despuntar el alba, luego en la mañana el trío se bañó junto, tuvieron su segunda y más entregada relación sexual en la ducha, y al terminar, se vistieron con sus atuendos contra el frío. Su despedida fue, si se quiere, la más envidiable, todos con sus guevos parados y con un estirón de lengua propio de los recién casados en la iglesia. ¡Qué delicia!
Por supuesto, los primos lo volvieron a citar. Esa misma noche… ¿Te gustaría acompañarlos?
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