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Mi amiga Leda   (Lesbianas)
 
AUTOR: Vanesa
 

Con Leda fuimos amigas desde muy chicas, vivíamos en la misma casa. Ella y su familia habitaban el piso de abajo. De pequeñas jugábamos, salíamos con nuestros padres que también eran amigos. Pero, su padre decidió mudarse de casa debido a buenos negocios que había realizado y esto le posibilitaba traer mayor bienestar a su familia.

A pesar de ello nosotras continuamos nuestra relación fraternal. Muy amigas. Recuerdo una tarde en que jugábamos con nuestros juguetes al cuidado de una muchacha. Fuimos al dormitorio de Leda para buscar vestidos para las muñecas. María que así se llamaba la chica que nos cuidaba, se puso a mirar por televisión su novela preferida no sin antes recomendarnos que nos portáramos bien. Divertidas como estábamos no nos importó, al contrario queríamos jugar y que nadie interrumpiera nuestra intimidad. Entornamos la puerta, y comenzamos a enhebrar historias y a llevarlas a cabo.

Entre las que se nos ocurrió fue la del doctor. ¿Pero quién hacía de doctor?. Como siempre Graciela eligió ese papel, comentó muy segura:

- Yo fui al doctor y sé lo que tenemos que hacer. -Me dijo.- Acostate, que yo te voy a revisar. Ella me agradaba mucho, era linda, inteligente, tenía mucha inventiva para los juegos. Al su lado lo pasaba bárbaro, mejor que con otras amigas que eran más que aburridas. Me acosté y me levantó la pollerita.

- Ahora dígame ¿dónde le duele?. -Le indiqué el abdomen con mi dedo índice.

- Bien, contestó ella. - Baje su bombachita. -Así lo hice. Y sentí una sensación placentera y desconocida. Empezó a explorar con su mano toda mi pancita y en un momento mirándome a los ojos comenzó a deslizar su dedito entre mis piernas, y en dirección a mi ranura. Abrió mis labios y rozó mi clítoris. Me quedé así, callada, sintiendo todo lo que me producía. Era mi primer goce fuerte. Me exploró con la curiosidad e inquietud de una nena un tanto perversa. Pero en ese momento sentimos que concluía la novela de María e intuyendo que eso no debía ser visto, rápidamente terminamos la consulta médica.

Quedamos muy enganchadas con este juego. En su cabeza y en la mía estaba presente permanentemente. Por lo que cuando vinieron nuestros padres solicitamos permiso para que yo fuera a su casa a dormir. En la habitación de Leda siempre había más camas para sus primos y yo podía elegir en cuál dormir. Allí comprendí con quienes habría aprendido esos juegos…

Esa noche, no bien se apagaron las luces de la habitación de sus papás, y sentimos los ronquidos que siguieron, un movimiento en la cama de mi amiga me indicó que ella se disponía a saltar hasta la mía. Se acostó a mi lado y me dijo si quería hacer cosas de grandes con ella. Le pregunté como sabía ella que eran cosas de grandes, y me dijo que lo sabía por sus primos que le enseñaron muchas. Le contesté si esas cosas eran lindas o feas. Y me preguntó si me había gustado lo de esa tarde. Le repliqué que si.

-Bueno…. dijo y se metió debajo de mis sábanas y debajo de mi camisón también, buscando bajarme la ropa interior. La ayudé con mis pies. Me abrió las piernas y comenzó a tocarme la conchita, y a pasarme los deditos dulcemente. En un primer instante estaba dura, porque no sabía qué iba a hacer ella, pero cuando inició esos movimientos me quedé quieta, abriendo mis piernas, con esa sensación nuevamente apoderándose de todo mi cuerpo. Me gustó, me gustó, y me gustó mucho. Al cabo de unos minutos que ella estaba a mis pies, volvió y me dijo:

-Hacémelo a mi. -Cambiamos de posición y me deslicé hacia el mismo lugar en que ella estaba. Le bajé la bombachita, y le rocé suavemente su pubis, ella abrió sus piernas y olí su vagina, tenía un aroma muy especial. Era la primera vez que sentía el aroma de su sexo. Instintivamente la toqué, y la toqué con mis dedos descubriendo una pielcita que sobresalía como la mía y me dio deseos de lamerla, y lo hice… Una y otra vez pasé mi lengua sobre esa carnecita dulce que afloraba allí, tersa, sin pelos. Ella se relajó totalmente y muy quieta se sometió a esos deseos que emergían de adentro mío. Sentí que cuando lo hacía, abajo, mi pequeño sexo se relajaba y contraía al compás de mis lamidas. Su olor, lo que ella me trasmitía, el lugar, tapada por el peso de las cobijas se me grabó intensamente en mi interior como una fotografía irrepetible. De pronto sentimos que las pisadas se acercaban muy rápido y Leda no tuvo tiempo de salir de mi cama. Por lo que al encenderse la luz repentinamente, fue ella la que habló, se excusó diciendo que estábamos contándonos cosas íntimas, que después volvería a su cama.

Su madre nos miró seriamente y nos pidió que fuéramos breves con la charla, que debíamos descansar. A la mañana siguiente, desayunamos y lo único que pensábamos era en estar "juntas" otra vez. Pero ¿cómo? Sus padres salieron, y María quedó haciendo los quehaceres. ¡El baño! Sí, el baño. Entró Leda primero, y yo después. Como siempre ella la primera. Abrí mis piernas con la bombachita entre los tobillos, apoyando mi espalda en la pared para no caerme y sosteniendo con mis manos mi pollerita escocesa. Y allí estaba ella, agachada, tratando de repetir nuestra experiencia nocturna. Ahora era su lengua en mi clítoris, me chupaba con extrema laboriosidad y ambas excitadísimas con ese juego. Solo fueron unos instantes, pero eternos, memorables. Sentimos que María nos reclamaba por tener la puerta cerrada desde adentro. Mi amiga levantó su rostro y me miró pícaramente con sus labios mojados por mis jugos.

- ¡Salgan, vamos salgan!. ¿Por qué se encerraron? -No quise ver la diferente relación que plantearon sus padres hacia mí, pero poco después se fueron de la casa y esto provocó un temporal distanciamiento. El alejamiento hizo que nosotras calláramos lo que habíamos sentido y lo durmiéramos por años como algo prohibido que no debíamos repetir. Nos seguimos viendo con frecuencia durante toda nuestra adolescencia, compartiendo momentos, experiencias, amores, todo lo que conformaba nuestro mundo femenino. Ya de adolescentes nos comprometimos más la una con la otra, desarrollando nuestra personalidad pero a la vez sintiéndonos muy cerca.

De nuestra experiencia infantil nunca volvimos a hablar pero siempre estuvo presente en las miradas y en los gestos… Hasta que una noche sucedió lo impensado… vino por mí…

Habíamos despedido a nuestros mutuos amigos y quedamos levantando las bebidas de la mesa, puchos y restos de comida. Fuimos a la cocina y solas comenzamos a recordar distintas anécdotas de cuando éramos pequeñas y reímos juntas, pero… su sonrisa se transformó en una mirada intensa que me desnudó… primero se clavó en mis ojos, luego en mi boca … Esa mirada revivió en mí todo lo que estaba interiormente adormecido, su provocación despertó lo reprimido...

No hubo necesidad de palabras, nadie interrumpiría lo incontenible. Se acostó a mi lado, suave, muy insinuante y acariciándome los pechos me susurró al oído:

-¿Te olvidaste de nuestra primera vez?

-No- le contesté, inmediatamente vino a mi el recuerdo de ese aroma especial de la vagina de Leda bajo las sábanas y buscando su deliciosa y carnosa boquita la besé saboreando esa sensación, tan diferente, que renacía. Mis ojos la recorrían toda. Ella cerraba sus ojos complacida, en mi mente se agrupaban las imágenes que había creado para llegar a una excitación o a un orgasmo. Nada que se compara con la realidad. Con tenerla allí, toda una mujer ofreciéndose completa, sin reparos. Sentí su cálida piel debajo mío, sus duros pezones, traté de sentirlos y apoyarlos coincidiendo con lo míos y así frotarlos, apretar mis tetas con las de ella. Busqué su vagina con los dedos, abrí sus jugosos labios, y tomando mi dedo mayor se lo introduje buscando ese canal abierto, rozando sus bordes y mirando en su bello rostro -volcado hacia el costado-, algún indicio que me indicara dónde o de qué manera ella iba a gozando más mi penetración.

Aquello daba para más. Miré rápidamente a mi alrededor si habría algo que pudiera satisfacerla enteramente. Lo encontré sobre la mesita, estiré mi mano y tomé un objeto de forma alargada, tallado en madera. Lo llevé a mi boca, lo mojé con mi saliva, se lo mostré y ella asintió. Comencé por chuparle, succionarle el clítoris. Mi lengua hacía todo un recorrido circular sobre él, y le producía mucho placer. Lo acompañaba con una leve incorporación de su tórax, tocándose los pezones y los pechos. Ya sabía dónde y cómo tocarla. Abrí un poco más sus delicadas piernas.

-Hermosa, preciosa... -le decía. Y realmente lo era. Volví a mojar el objeto y se lo introduje. Ella lo recibió diciéndome que mi miembro era perfecto. Que lo introdujera sin miedo. Mis dedos no la dejaban en paz rozándo suavemente su clítoris inflamado, masajeando su monte, su pubis, penetrada por adelante busqué con movimientos acompasados meter mis dedos en su culo. Un culo rosado, de nalgas firmes y bien formadas. Acompañaba mis caricias llevando alternativamente la cabeza de un lado hacia el otro, y sin dejarla le busqué la boca para que me sintiera y yo pudiera sentir su beso pleno de deseo y excitación.

La volví de espaldas, me tiré encima, la apreté con mi cuerpo, con mis tetas. Buscando con mis manos las de ella, y tocarla, manosearla, mientras le decía: -Divina. - Y rozando todo su cuerpo con mis duros pezones amarronados, llegando hasta su esfínter. Lo miré, lo lamí, sin dejar de acariciarle los hermosos glúteos.Me alegré de poder concretar con hechos los pensamientos que tenía hacia ella. Mientras esto pensaba, se volteó y me llevó a acostarme.

Me montó como una verdadera hembra caliente. Tomó el mismo objeto, y esta vez fue ella quien lo mojó con su saliva y me lo introdujo en la concha besándome, mordiéndome los labios hasta dejarme sin aliento. Besó mi cuello y tomó mis largos cabellos para pasarlos entre sus tetas. Buscamos juntas nuestro orgasmo. Constantemente frotaba mi clítoris mientras le pedía que no sacara su garrote, que no dejara de hacer lo que estaba haciendo, que me llevaría ineludiblemente a la explosión maravillosa en mi concha.

Jadeé…Grité su nombre…ahogó mi grito con su boca. Se tiró invitándome a repetir en ella lo mismo. La acaricié sobre los pechos subida a su cuerpo. Comencé con mis palmas, haciendo movimientos circulares en ellos, y apretando sus botones duros y erectos, bajé a su monte y me deslicé a su abertura lubricada, olí intensamente su aroma, sorbí los líquidos que manaban de su interior y coloqué un dedo en su culo.

-Penétrame, mi amor…. penétrame, me suplicó Tomé el improvisado pero efectivo miembro y activamente la cogí. Una y otra vez, y ella abrió sus piernas para recibirme… Exquisita, toda colorada, excitada, gozando como una hembra ardiente que no se privaba de nada…

Vi su lengua salir pasándola por todos sus labios y abrir su boca para gemir a cada contracción de su vagina, hasta llegar al momento cumbre. Cuando comenzó a mover sus pies raspando las sábanas. Volcó ese cuerpo blanco, tierno y delicado, de un lado a otro para poder contener el placer que sentía.

Leda aflojó, se distendió, se relajó. Abrió sus ojos vidriosos muy despacito y me miró.

-Otra vez como en la cocina… -dijo


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