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La madrasta perversa   (Dominación)
 
AUTOR: Anónimo
 

Ariel es un joven de 19 años, huraño y taciturno. Su madre murió cundo tenía cinco años y su padre se acaba de casar con una mujer, psicóloga, de veinticinco años llamada Jezabel. Ariel es un chico virgen en pleno despertar sexual y jamás se mintió acerca de la excitación que le provocaba el cuerpo turgente de Jezabel, que parecía acariciar el aire con cada movimiento de sus caderas. Por las noches, después de cenar, el padre y Jezabel se encerraban en su cuarto y no salían hasta el otro día. Ariel nunca pude ver lo que ocurría en ese cuarto, pero escuchaba y percibía todo.
El padre solía filmar desnuda a Jezabel como forma de perpetuar su belleza en las cintas digitales.
Un día, cuando la casa estaba vacía, Ariel fue al cuarto de su padre, y sin pudor ni sentimiento de culpa tomo uno de los videos. Al marcharse notó una de las bombachas de Jezabel, que levantó y se guardó en el bolsillo.
Raudamente corrió a su habitación y sin dilapidar segundos colocó el video en la  reproductora. Pero antes que encendiera la televisión, irrumpió
Jezabel, quien había ingresado a la casa mientras Ariel hurtaba el video y observó cuando corría a su cuarto sin que este lo percibiera, y lo increpó duramente.
- Acabo de verte robar el video de muestro cuarto y te advierto que ti padre se va enterar de esto.
Ariel, inmediatamente, saca el video de la reproductora y se lo da a
Jezabel, a la espera de una mirada piadosa.
- No vi nada, te lo juro. No se lo digas a mi papá- decía entre sollozos.
- Tienes  un problema grave sobre la valoración de la mujer y su cuerpo.
Debo contárselo a tu padre para que vea la forma de tratarte con un especialista. -No se lo digas, por favor. Tú eres psicóloga, podríamos tratar este tema sin que se entere.- insistía Ariel, asustado.
- Está bien, mañana mismo iniciaremos la terapia. Pero te advierto que la relación será de terapeuta y paciente.- sentenció Jezabel. Ariel estaba demasiado asustado como para registrar algún sentimiento de humillación. Pero esa misma tarde, sin saberlo, acababa de renunciar a su libertad para entregarse al sometimiento de su madrastra.
El resto del día transcurrió en su normalidad. Entrada  la mañana siguiente, después que el padre se fuese trabajar, Jezabel despertó a Ariel. - Levántate ya, que en cinco minutos tienes que estar en el living.- fue el imperativo. Ariel obedeció de la manera que lo hace cualquiera que supone que se enfrenta a una carga pasajera. En cuatro minutos estaba en el living frente a  Jezabel que desayunaba en el sillón.
- Primero te vas a sacar la ropa, y después vas a dar diez vueltas alrededor del living- expresó Jezabel antes de morder, famélica, una medialuna.
- ¿Qué tiene que ver esto con la terapia? Se parece más a un penitencia - increpó Ariel, que se estaba acercando a entender la realidad.
- A base de penitencias se reforman las personas. Con esto vas a entender la importancia del cuerpo y el cuidado de su intimidad.
Jezabel hablaba como una profesional terapeuta y Ariel no tenia más remedio que someterse al tratamiento. Se desvistió y quedó parado, en ropa interior, delante de su madrastra.
- El calzoncillo también- ordenó Jezabel, mientras se limpiaba la boca con una servilleta.
Ariel acató la orden sin displicencia y, en la desnudez absoluta, comenzó a caminar en círculo como un reo, supervisado por la atenta mirada de Jezabel.
Una vez cumplidas las diez vueltas, Jezabel autorizó a que se volviera a vestir y se levantó del sillón, dejando los restos del desayuno.
- Ahora lleva eso a la cocina y lávalo. Después agarra un plumero y repasa la suciedad de los muebles- le dictó Jezabel
- Esto si que ya es demasiado, perra. Te estás aprovechando de la situación.
Lo que menos te interesa es mi problema psicológico.- Ariel clavaba su mirada sobre Jezabel con ápice de furia
- Los grandes tratamientos llevan tiempo y esfuerzo. Si no te interesa podríamos hablar con tu padre y que el decida tu futuro.-
- No, está bien. Acepto este tratamiento- Ariel bajo la mirada, tomó la bandeja del desayuno y lentamente caminó hacia la cocina.
- No tan rápido- lo detuvo Jezabel. -Me acabas de ofender llamándome "perra" y voy a tener que aplicarte el correspondiente castigo- Jezabel fue hasta uno de los cajones de un mueble antiguo y sacó una regla de madera de treinta centímetros de largo.
- Bájate los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y pon las manos en la mesa ratona- ordenó Jezabel.
Ariel comprendió que "aceptar el tratamiento" significaba someterse a sus caprichos, por lo que obedeció sin reparos. Ariel se bajó los pantalones y caminó hasta la mesa ratona, exhibiendo las zonas íntimas de su cuerpo.
Dándole la espalda a Jezabel, se inclinó boca abajo hasta colocar sus manos en la mesa, dejando su cuerpo rígido desde la cintura hacia abajo. Jezabel levantó la remera de Ariel hasta la mitad de su espalda y comenzó a golpear sus nalgas con la regla. Alternaba cada golpe en una nalga, y a  medida que se sucedían los azotes aumentaba la intensidad del golpe. Ariel llegó a contar hasta diez cuando la azotaína se detuvo. Jezabel fue a guardar la regla al cajón y Ariel aprovechó su retirada para subirse los pantalones, pero antes de acabar su cometido, Jezabel regresó su penetrante mirada hacia él.
- No te autoricé a que te subas los pantalones- se enojó al verlo.
Ariel volvió a bajarlos hasta sus tobillos expresando un gesto de sumisión.
- Primero me tienes que pedir perdón por haberme llamado "perra"-
- Escúchame, puedes golpearme, insultarme y obligarme a hacer lo que se te cante. Pero nunca te pediré perdón- respondió Ariel, convencido.
- Vas a tener que cambiar de parecer- dijo Jezabel mientras se retiraba a la cocina.
Al rato regresó con una bolsa de maníes que arrojó al suelo.
- Arrodíllate- desató Jezabel, encolerizada Ariel se hincó sobre el maní mostrando un inútil desafío. Jezabel le quitó bruscamente la remera, luego hizo lo mismo con las zapatillas, medias y calzoncillos.
-Pon la espalda erguida y las manos sobre la cabeza. Vas a permanecer desnudo y de rodillas todo el tiempo que desees pasar sin pedirme perdón.-
Jezabel tomó un libro y se sentó a leer plácidamente mientras que Ariel expulsaba, por lo bajo, silenciosos gemidos. Luego de veinte minutos, finalmente cedió.
- Jezabel, quiero pedirte perdón por haberte llamado "perra". Me comporté como un idiota- se confesaba Ariel tratando de evitar las lágrimas.
- Bien, ahora besa mis pies en señal de respeto- dijo Jezabel, una vez arada enfrente.
Ariel besó los pies a Jezabel, y con la autorización de su madrastra  se levantó y cogió sus ropas. Era hora de prepararse para ir a la escuela.
-Mañana seguiremos con el tratamiento, no te olvides- le comunicó Jezabel antes de irse.


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