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La casa del arbol I   (Gays)
 
AUTOR: Andrés
 

Me desperté con el sol en la cara, medio encandilado y feliz porque hoy por fin tendría lo que siempre había anhelado, y ahora que lo pienso, era un deseo un tanto estúpido. Mi gran deseo de infancia fue siempre tener una casa del árbol, mis padres nunca estaban en casa así que ni siquiera podía pedirles que me mandaran construir una. En cambio, lo más parecido a una madre que tuve fue mi nana, mi nodriza, la mujer que sin ser mi madre y siendo de origen humilde supo inculcar en mí los mejores principios y educarme como a un hijo más, a pesar de que viviéramos de modo distinto y en la misma casa.

Eugenia era el nombre de aquella hermosa mujer que me crió y Panchito era el de su hijo, mi casi hermano. Panchito y yo pasábamos juntos la mayor parte del día, aprendiendo de la naturaleza, de las sensaciones que ésta nos provocaba y de la experiencia de nuestra madre en común. Ambos vivíamos en la misma casa, pero como a la servidumbre no se le permitía dormir en el misma ala que a nosotros, ni comer en la misma habitación, esos eran los momentos en que teníamos que separarnos Francisco y yo. Por lo demás íbamos juntos incluso al baño, nos bañaban y vestían juntos, usábamos los mismos juguetes, etc.

Lo único bueno que había en mi vida eran Panchito y Eugenia, así que no quería separarme nunca de ellos, por tal, un caprichoso inconciente me dictaba que debía hacer algo para evitar que ello ocurriera, aún así fuesen solo aquellos momentos. Fue entonces que mi inmadura razón me dio como solución un lugar neutral, un lugar en el que pudiéramos vivir felices sin la intromisión de aquellos extraños a los que estaba obligado a llamar papás. Fue tal mi insistencia a que aquello ocurriera que por fin un día el carpintero de la familia accedió a construir una casa del árbol sobre un viejo y robusto roble, cuyas ramificaciones se extendían tan imponentes que se antojaban de apariencia a gigantes penes sobre puestos y unidos que brotaban desde el suelo. El día en que por fin Juan, el carpintero, acabaría la construcción me desperté con el sol encima de mí y más entusiasmado que nunca.

Por fin, Juan dio los últimos retoques y nos permitió subir a Panchito y a mí a jugar por vez primera en aquello que inconscientemente se convertiría en algo más que un área de juegos para nosotros. Pasaron los años y mi querido Francisco y yo fuimos creciendo, hubo noches de lluvia en que nos quedamos a dormir juntos en aquel acogedor nido, abrazados por el frío y uno al lado del otro en la única cama que había podido ser instalada ahí dentro. Otras veces jugamos días enteros en aquel sitio, rodeados de la primavera, el invierno, el verano y el amoroso otoño.

Una noche decidimos quedarnos a dormir en la casa del árbol de nueva vez, yo tendría unos dieciocho años y él diecinueve, hacía muchísimo frío. Mi cuerpo ya empezaba a estremecerse del frío, Francisco se había quedado dormido enredado por completo en la cobija que compartíamos, así que yo no paraba de temblar de frío, le desperté llamándole quedito en el oído, serían como las 3 de la mañana, esa vez Panchito no se veía igual que antes, quizás sería por la luz de la lámpara de aceite; sus labios carnosos, su piel canela suave, sus rasgos afilados me parecieron una delicia. Apenas, abrió sus grandes ojos color avellana se volvieron a cerrar, estaba tan plácidamente dormido y provocaba tanta ternura que preferí dejarlo dormir.

Una media hora más tarde él se volteó y quedó mirándome de frente, estando ahí acostados, los dos, su aliento me pegaba en la nariz y mi boca dándoles algo de calor; de repente abre los ojos y se me queda viendo fijamente, me dice: -¿tienes frío?- y yo le contesto: -si hace una hora que me dejaste sin cobija y ya estaba a punto de entrar en hipotermia- él se empieza a reír y me contesta: -tonto, ¿por qué no me despertaste? Te hubiera ayudado a calentarte-, -Pero estabas muy dormido y no quise molestarte-, - mira pues, ¿ahora como te quitaré este frío?- y yo le digo: -quizá deberías abrazarme para calentarnos juntos- y él me contesta: -¿Con que quieres calentarte conmigo?- ya con una actitud desafiante le contesto: -si, si quiero- y como si las palabras mágicas acabasen de haber sido dichas, él se empieza a desvestir, lentamente, prenda por prenda.

Sus ropas resbalaban sobre su piel tan suavemente, dejando a la vista sus lisos músculos, su cuerpo brillaba en un tono ambarino debido a la luz de la lámpara de aceite y su piel de canela se lucía ante mí. De pronto, de sus labios son expedidas unas palabras tan dulces como el algodón de azúcar, que sonaron a invitación a la lujuria: -quítate la ropa, por favor-, y yo le pregunto: -¿para qué quieres que me quite la ropa si lo que tengo es frío, no calor?-, -si dos cuerpos se encuentran directamente en contacto y uno tiene una mayor temperatura que el otro, el de mayor calor cederá un poco del mismo al de menor calor para llegar a un equilibrio térmico- me contestó, y yo sin tomarle mucha importancia a lo dicho por él, solo accedo a desvestirme, mi piel lucia amarilla y destellaba con la luz ámbar de la lamparita.

Cuando por fin ambos quedamos casi desnudos, nos quedamos un instante, sin decir palabra alguna, parados uno frente al otro, admirando cada cual el cuerpo delgado y fibroso del otro. Me pidió que nos acostásemos de nuevo y ahora si, nos abrazáramos, y así lo hice. En un instante dejé de sentir frío, sus manos rodeándome cálidas, su vientre sobre el mío haciendo presionar nuestros penes sin tomarle gran importancia. De pronto él recuesta su cabeza de lado, sobre la mía quedando nuestras bocas a escasos cinco centímetros, respirando nuestros alientos. De pronto su mano sube lentamente, rozándome todo el costado hasta llegar a mi rostro, suavemente su mano izquierda se posa sobre mi mejilla, acariciándola, haciéndola girar un poco hasta que nuestros labios quedaron apenas juntos; en eso, su lengua se asoma por entre aquellos bermellones y como si fuera un perrito me lame los labios hasta dejarlos completamente húmedos y rosados. No sé porque le permití hacer todo aquello, solo se decir que en aquel momento me invadía una embriaguez tranquilizante y apaciguadora que me dejaba casi imposibilitado de tomar cualquier medida para evitarlo, y en cambio me dejé llevar por la dulzura de su aliento. Aquel beso significó un sello de compromiso, de amor, de garantía.

Él introdujo dentro de mi boca su lengua entera, esa era la primera vez que me besaban, fue delicioso, rozó con sus labios los míos, los mordió ligeramente, jugó con ellos hasta que se cansó y de hinchados éstos ya no se soportaban. Entonces comenzó a pasar su húmeda y caliente lengua por todo mi cuello, bajando un poco hasta mis pezones que rápidamente se hincharon y éste aprovechó aquello para morderlos dulcemente. Lo detuve por un instante, porque el dolor que aquellos dientes blancos y brillantes le provocaban a mi cuerpo era algo desesperante, pero al mismo tiempo excitante.

La excitación de ambos llegó a tope cuando Francisco me pide ponerme de pie para poder así, lamer mi miembro, mi pene, aquél órgano de placer que me pertenecía por derecho propio y ahora sería utilizado por otro chico para provocar placer y gozo, tanto a mí por ser mío y a él mismo. Accedí de buen grado, pero con algunas reservas propias de la inexperiencia y la inmadurez, así que le dije: -hey bebé, por favor no me lo vayas a tocar, sólo chúpalo, ¿está bien?- y él me contesta: -pero si no te lo toco, no podré sostenerlo para chupártelo- comprendiendo entonces que mis reservas y pudores carecían de lógica, naturalidad, sentido e importancia accedí de nueva ocasión a que hiciera aquello: -está bien, ahora que soy tuyo, haz de mi lo que quieras- le dije y como si mis palabras le hubieran sido pronunciadas por un ser celestial, se arrodilló ante mí, tomó suavemente entre sus manos mi miembro más querido, aquel que tantas veces acaricié con fervor a fin de demostrarme a mí mismo el amor que me siento.

Acto seguido, replegó la piel que se posaba sobre mi glande hacia atrás, de modo que éste quedara completamente liberado, me dolió un poquito y suspiré rápido y profundo, acción que él debió haber traducido como una expresión de placer porque frenéticamente se abalanzó sobre él, lo introdujo en su boca caliente, húmeda, su lengua esponjosa me rozó cada uno de los nervios que corren a través de mi pene haciéndome suspirar una y otra y otra vez, y el juego comenzó con un delicioso chupeteo; con sus carnosos labios recorría toda la extensión de mi verga, metiéndola a tope dentro de su boca, presionando fuerte, pero de forma suave sin morderlo (acción que erizaba toda la piel que cubre mi cuerpo), para después chuparlo, bajando por el tronco hasta la puntita de mi glande, haciéndome estremecer de placer.

De pronto siento un cosquilleo por todo mi cuerpo, mi corazón casi se sale de mi pecho, el sudor resbala por mi abdomen hasta mojar mi pene y Francisco lo ingiere inconscientemente y hasta gustoso al estar lamiéndome la verga. ¡Pum! Un chorro de semen caliente, blanco, impoluto, viscoso y espeso brota de mi miembro y entra en la boca de él, era demasiado, pues a éste se le salía por las comisuras de los labios, y de repente: -¡Oh, delicioso!- una fuerte presión embarga mi pene justo cuando alcanzaba yo el clímax y era solo un reflejo de mi hermoso francisco, ya que éste, mi bebé estaba también experimentando el máximo placer, había alcanzado el clímax casi a la par de mi y ambas leches masculinas caían al piso y se mezclaban al igual que nuestras almas.


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