Hace unas semanas me presentaron a una persona cuya conversación me resultó sorprendente. Después de los saludos de rigor que se dirigen dos personas que acaban de conocerse, me explicó que uno de sus hobbys eran los concursos de Miss. Con los amigos y compañeros uno acostumbra a hablar de todo, del trabajo, de la familia, del tiempo, de cine o de política, pero si alguno de nosotros se hubiera atrevido a hablar de concursos de Miss habría provocado la carcajada generalizada del resto. Aquel tema era por tanto una novedad. Su afición era tal, me llegó a decir, que todas las semanas estaba pendiente de la información que en relación a estos certámenes aparecían publicadas en las revistas del corazón. Lo mismo le daba que la gala fuera para optar al renombrado y majestuoso título de Miss Universo como al de Miss Nacional. De la misma manera, aseguró, le resultaba indiferente verlas por televisión y desfilando con ese estudiado repertorio de movimientos, que fotografiadas en una revista y luciendo esa impecable y pulida sonrisa blanca.
Sin embargo la sorpresa creció en intensidad cuando le confesó que, a diferencia de la mayoría de mortales, lo que más enardecía su sentido de la vista, y a lo que prestaba mayor atención, eran las extremidades inferiores. Disfrutaba como un niño viéndolas caminar por la pasarela, alineadas unas junto a las otras, con la banda cruzándoles el pecho, y calzando atrevidos y lustrosos zapatos negro de tacón alto. Yo, por habérselo escuchado hasta la saciedad a mi padre, conocía el dicho de que sobre gustos no hay nada escrito, pero para esta ocasión se ajustaba más un refrán catalán que dice De mig cos en avall no hi ha cap dona vella (de medio cuerpo para abajo no hay ninguna mujer vieja).
Pero cómo la dicha nunca es plena, y en casi todo siempre hay un pero, aquel individuo se sentía profundamente dolido con cámaras y fotógrafos, pues ninguno de ellos, ni en los reportajes por televisión, ni en las fotos publicadas, mostraban los pies de aquellas reinas de la belleza. Para él ese desliz era imperdonable, muy probablemente dentro de aquellos zapatos se refugiaban auténticas obras de arte, y juzgaba un pecado de los gordos, y motivo de despido, ocultárselos al espectador. De sus críticas no se salvó ni el apuntador, llegó incluso a comentarme, compungido y serio, que si él hubiera redactado el reglamento de los concursos, reflejaría en mayúsculas y subrayado la obligatoriedad de puntuar la belleza de los pies de las señoritas. Supe enseguida de que algo había cambiado, se había vuelto más fetichista. Ahora, además de las miss, su repertorio se había ampliado, desde actrices y princesas, hasta turistas y transeúntes. Sus ojos se dirigían a cualquier zapato o pie de mujer que estuviera a su alcance. La aparición en el mercado de revistas especializadas revolucionaron su vida. La ansiedad se apoderaba de él tres días antes de que llegaran al kiosco y, le llegó a confesar, se incomodaba con el kiosquero cuando éste había olvidado reservarle sus ejemplares.
Cuidaba las revistas con esmero, como si se trataran de reliquias, y después de leerlas y observarlas, las volvía a releer sin desperdiciar una sola línea, sin dejar de examinar con detalle las fotografías, desde la primera a la última página. Los artículos de opinión, las fotografías estaban bien, pero lo que más le gustaba de aquellas revistas eran las secciones de contactos. Por fin había encontrado la manera de poder comunicarse y relacionarse con personas de sus mismas afinidades y gustos, por fin tendría la oportunidad de ver realizadas sus fantasías personales. Todavía, y a pesar de haber enviado varias cartas, no había recibido ninguna respuesta. Nos despedimos después de intercambiarnos los teléfonos y le deseé suerte, yo también estaba seguro de que tarde o temprano alguien acudiría en su auxilio.
Después de aquel encuentro me trasladaron de oficina y perdí la pista del fetichista, pero debo reconocer que a partir de esos fugaces contactos que tuve con él, empecé a prestarle más atención a los pies de las mujeres. De la misma manera, y con el paso de los días, empecé a preguntarme si alguien habría respondido a sus misivas. Al final pesó más la curiosidad que el sentido común y le telefoneé, se alegró mucho de mi llamada, y sin darme tiempo para preguntarle cómo le había ido me emplazó en una cafetería, tenía muchas cosas que contarme. Cuando le vi aproximarse a la mesa que ocupaba, ya me di cuenta por su rostro de que me iba a contar algo.
Se le veía seguro de si mismo, radiante. Me explicó que desde la última vez que nos vimos se había relacionado con un buen número de mujeres de todas las edades, de todas las clases sociales, aunque en este apartado había un mayor porcentaje de la clase medio-alta, y de todos los colores. Te sorprenderías, dijo, la cantidad de ellas que sienten debilidad por sus pies, antes se pintaban sólo las uñas, ahora van a la pedicura, se aplican ungüentos, se compran artilugios para combatir las durezas, se hacen masajes, se colocan anillos en los dedos, y pulseras y tatuajes en los tobillos, en fin algunas se cuidan los pies casi más que el cutis.
Hasta ese momento las explicaciones entraban dentro de lo que se podía esperar, pero lo que relató a continuación me dejó estupefacto. Sabes, prosiguió el fetichista, al fin he sido capaz de consumar un viejo sueño: elegir a la reina integral de la belleza. Una noche invité a cenar en casa a seis mujeres, a las cuales conocí a través de las secciones de contactos. Para tal efemérides me puse un elegante traje cruzado de color gris, una camisa blanca y una elegante corbata estampada, tenía que desempeñar el papel de jurado, y esa responsabilidad bien requiere ponerse traje y corbata.
El salón-comedor de mi casa estaba convenientemente preparado e iluminado con una luz tenue y cálida, no faltaba de nada. Sobre una mesa había varias bandejas de canapés y, en tres cubiteras, botellas de cava bien arropadas por un montón de cubitos de hielo. A las de pie que calzaban. Después de darles la bienvenida les pedí que se acomodaran alrededor de la mesa para tomar el refrigerio, y cómo anfitrión que era me situé en la cabecera de la mesa.
A mi derecha, y en primer término, estaba Asunción, una abogado laboralista de 35 años, rubia y de tipo estilizado. Al lado de ésta se encontraba Pilar, una morena de 40 años que trabajaba como ejecutiva en una empresa de consulting especializada en recursos humanos. Más allá se encontraba Ortensia, una mulata de 26 años, de carnes prietas, que trabajaba como gogo-girl en una discoteca de moda. En el ala izquierda, y en primer término, se encontraba Mariana, una cuarentona, jefa de servicio de una Dirección General de no recuerdo qué administración pública, y cuyo mayor encanto eran unas bien moduladas piernas. Al lado de ésta estaba Marta, de 36 años, propietaria de un puesto de frutas y verduras en un mercado municipal, y que era la más entradita en carnes del grupo. Y por último estaba la pechugona Rosana, que confesaba tener 45 años, y era profesora de culturas incaicas en la Facultad de Arqueología.
Me quedé atónito, no daba crédito a lo que estaba escuchando pero no me atreví a interrumpirle. El pica, pica, prosiguió, transcurrió sin sobresaltos, en amena conversación, pero después de los postres, recabé la atención de todas las presentes haciendo resonar una campanilla. Me puse de pie y les dije, Atención mis queridas amigas, ya ha llegado la hora que tanto estábamos esperando. Ellas se levantaron al unísono y se dirigieron a un rincón de la sala en el que se encontraba un enorme sillón de cuero, no hubo empujones ni prisas, todas, conscientes del papel que debían desempeñar, se alinearon en fila al lado del sillón. Yo me senté en un pequeño taburete colocado frente al sillón, cómo si estuviera en una zapatería, y dispuesto a ejercer la función de juez supremo. Las reglas eran sencillas, las había elaborado a mi antojo, los pies determinarían cual de aquellas mujeres ganaría el concurso.
Pilar fue la primera en sentarse, y en dirigirme, con solemnidad, su pie calzado. Le saqué el zapato con delicadeza y me quedé observando por unos instantes su pie desnudo. Tenía los dedos largos y finos, las uñas cortadas a ras de piel y pintadas de un reluciente color violeta, la temperatura del pie un poco fría. Cuando aproximé la nariz a la planta del pie me llegó un suave olor a lavanda. La siguiente concursante fue Rosana, no me sorprendió, se había pintado las uñas de un intenso color rojo fuego, igual que en la fotografía que había recibido por correo electrónico. El aprobaba la elección de ese color, ya que éste contrastaba con la pálida tonalidad de su piel. Tenía los pies un poco grandes, pero a pesar de ser la más vieja del grupo, tenía las plantas muy suaves y su olor era casi imperceptible. Asunción, por el contrario, tenía el pie muy pequeño. Las uñas eran robustas y largas, y se las había pintado de color rosa perla. El estaba seguro, después de observarlas detenidamente, que sobre las mismas había aplicado una capa de esmalte brillante. Tenía una casi inapreciable zona de durezas en el talón y debajo del dedo meñique, eso, por que no negarlo, estaba penalizado y le restaba puntos.
Cada vez estaba más sorprendido, aquel individuo utilizaba expresiones para los pies de aquellas mujeres como si se tratara de un catador de vinos, colores nítidos e intensos para referirse al color de las uñas, aroma perfum a extraerle el zapato, mi olfato percibió un comedido olor a sudor. La visión del pie, carnoso, y de los dedos regordetes con las uñas pulcramente pintadas de rojo burdeos, me provocó un estremecimiento y presión en el interior del pantalón, a duras penas conseguí controlarme, pero por suerte ninguna de ellas se percató de la situación, esa debilidad habría afectado al concurso.
La historia estaba llegando a su fin, sólo faltaba una candidata. Mariana era la única que no se había pintado las uñas, para la ocasión se había hecho la manicura francesa y se había aplicado una capa de esmalte transparente. Poseía unos dedos bien proporcionados, y la planta del pie era suave, aunque un poco rugosa. El aroma era inconfundible, se había aplicado una capa de body milk. Acabado el desfile de pies me levanté orgulloso de mi mismo, pocos mortales han tenido la oportunidad de tener entre sus manos tesoros tan valiosos. Todas me miraban expectantes, esperaban que les diera el veredicto. Sin embargo la decisión no resultaba fácil, dudé por unos instantes, pero el reglamento del concurso era explícito, dejaba claro que se debía valorar la belleza y el aroma, y la decisión debía mesurarse en base al equilibrio de esos dos elementos. Al final decidí que la reina de la fiesta era Marta. Las otras, aunque no te lo creas, ni hicieron caras, ni pusieron morritos, se comportaron con la misma dignidad de que hacen gala las misses, con aplausos y sonrisas, aunque yo estoy convencido de que algunas se sentían reinas sin corona.
Cuando dejó de hablar, le pregunté si me había tomado el pelo, pero su sonrisa me despejó las dudas. El fetichista pidió una última ronda, y accedí gustoso, aquella historia bien se merecía un brindis, cuando depositaron la bebida en la mesa levanté la copa y dije, A tu salud y Felicidades. El fetichista, siguiendo el mismo ceremonial, levantó la copa y me respondió, A tu salud, ¿tú quieres ser el jurado en el próximo concurso?
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