Hola, me llamo Celina y esto que les voy a contar no me ha resultado fácil asumir. Mi vida, en los últimos meses ha dado un vuelco muy importante, al punto tal que me estoy cuestionando muchas cosas de mi personalidad.
Debo confesar que, por sugerencia de una amiga, la responsable de este cambio en mi vida, comencé a incursionar en la lectura de estas páginas de relatos eróticos, particularmente en aquellos que se narran experiencias lésbicas, dado mi actual inclinación; eso me ha permitido descubrir que hay muchas mujeres como yo y hasta me he sentido identificada con algunas de ellas. Por eso me atrevo a contar mi historia y dejar mi e-mail.
Tengo treinta años, soy docente y soltera. No soy fea, creo que tampoco linda, pese a que mis nuevas amigas me insisten en mejorar mi autoestima y me dicen piropos muy halagadores. Delgada, de un metro sesenta y ocho, cabello castaño claro, si bien lo tengo teñido de rubio desde hace muchos años, con buenas formas en mi cuerpo, linda cola, nada para volverse loca y con un rostro agradable.
Tuve una pareja (hombre desde luego) durante siete años; jamás me hizo una propuesta matrimonial ni s¡quiera para vivir juntos, pese a que yo vivo sola desde los veinte años. No fue él quien me inició sexualmente, ya había tenido unas experiencias anteriores, no muchas dado mi natural timidez, pero mi pareja última fue la persona con quien yo fuera descubriendo el sexo realmente...hasta que me sucediera lo que motiva este relato.
Para hacerla corta....a fines del año pasado mi pareja me dejó y debo reconocer que eso me hizo pedazos el corazón. Me pasé llorando semanas enteras, por suerte habían terminado las clases, de modo que permanecía en mi departamento todo el día, abandonada, triste y con pocas ganas de seguir viviendo.
Una tarde de enero la llamé a mi más íntima amiga, compañera de toda la escuela secundaria, a quien llamaré Mariana (su nombre real es parecido) con quien nos veíamos cada tanto. Le conté lo sucedido y estallé en llantos; Mariana me dijo cosas muy tiernas y me pidió que fuera el fin de semana a su quinta, dado que ella vive en las afueras de Buenos Aires y está casi siempre sola. Su esposo es piloto comercial de una línea aérea, hace vuelos internacionales y acostumbra a estar muy poco tiempo en su casa.
Así que el viernes preparé mi bolso con muy pocas cosas, un traje de baño y una muda de ropa y me fui en mi auto a su quinta, en la zona Oeste del Gran Buenos Aires.
Mariana fue siempre una chica que en el colegio se destacaba por su personalidad y por su natural belleza. Digamos que la vida fue generosa con ella, dotándola de un cuerpo esbelto, piel blanca, rubia natural, unos ojazos verdes enormes y una personalidad descollante. Yo al lado de ella siempre me sentí "el patito feo" y sin embargo Mariana me alentaba a que me maquillara más y me animase a ponerme ropas más sexys...pero yo siempre fui de un perfil más bien bajo y muy tímida, insegura de mí misma.
Mariana está casada desde hace cinco años, su marido es un bombonazo hermoso, no tienen hijos, en consecuencia tienen por tales a dos perrazos Rothwailer que me inspiran mucho temor cuando voy a su quinta. Mariana dice que los necesita porque pasa más tiempo sola que con su marido y teme por su seguridad.
Llegué a la quinta y Mariana me esperaba envuelta en un pareo y con el cabello mojado, se notaba que recién salía de la pileta. Su sonrisa contagiosa y su actitud, ya te ilumina el día; me abrazó efusivamente, me hizo pasar y estuvimos charlando largamente sobre lo acontecido. Lloré bastante y ella me contuvo, abrazándome con mucho cariño y limpiando mis lágrimas que caían como lluvia.
Luego de almorzar nos fuimos a la pileta; cuando yo aparecí en mi traje de baño, ella ya estaba en el agua. ¡¡¡Pero si sos hermosa!!! me dijo y yo me sonrojé. Entré al agua y nadé hacia ella; me quedé tomada del borde de la pileta, mientras Mariana me decía "tenés muy lindas lolas y una cola paradita y respingona" y mientras lo decía, me rozaba levemente con su mano los pechos y como al descuido, ponía una pierna de ella entre las mías.
Ya con Mariana, cuando estábamos en el colegio, nos habíamos toqueteado un poco, pero más como un juego que por un concreto deseo sexual. Generalmente lo hacía cuando venía a la casa de mis padres y se quedaba a dormir. Me pedía que le mostara mis pechos y ella hacía lo mismo conmigo. Me las tomaba suavemente y decía que le gustaban mis pezones, yo me ponía colorada de vergüenza y ella se echaba reir.
Mariana me llevaba la delantera en todo; ella ya tenía una profusa experiencia sexual a los dicisiete años, mientras yo no sabía cómo era un hombre desnudo.
Por la noche preparamos una cena liviana, tomamos abundante vino blanco y nos fuimos a dormir temprano. En el cielo se perfilaba una tormenta veraniega de esas que asustan.
Yo me fui a mi cuarto (el de huéspedes) y me metí en la cama con una remera y la tanga. Enseguida me dormí pero me desperté sobresaltada a la medianoche. Los rayos caían por todas partes, el cielo se iluminaba de azul y yo estaba aterrorizada (me aterrorizan las tormentas). En un momento dado cayó un rayo muy cerca, con un gran estruendo y pegué un grito del susto.
¿Estás bien? Preguntó Mariana desde su cuarto y le respondí "tengo miedo, me asustan las tormentas" ¿Querés venir a dormir conmigo? me dijo nuevamente y yo, sin que me lo repitiera otra vez ya me había levantado y me dirigía a su cuarto. Entré sin encender la luz, ella yacía sobre la cama como una reina, sonriendo, las cortinas de su cuarto se volaban por el viento pero no parecían incomodarla en lo más mínimo, Me paré al costado de su cama y ella se corrió para adentro, mientras abrió las sábanas de mi lado. Ya habíamos dormido juntas en la adolescencia y nunca se me cruzó ninguna idea rara por la cabeza, más allá de las insinuaciones y chistes de Mariana. Suponía que eran parte de su personalidad descollante, de su istrionismo y su notable frescura. Mariana no sabía lo que era la timidez ni la vergüenza; todo lo contrario a mí.
Me arrebujé entre las sábanas, dándole la espalda y me quedé profundamente dormida. Debo haberme despertado a las dos o tres horas. Mariana estaba pegada contra mi espalda, me respiraba sobre la nuca y estaba metiendo una mano por debajo de mi remera. Me quedé helada, no me moví y fingí seguir durmiendo.
Su mano subía desde mi vientre hacia mis pechos (obviamente, yo no tenía corpiño) y la punta de sus dedos comenzaron a acariciar, con una suavidad que yo no conocía hasta el momento, mis pechos y a jugar con la punta de mis pezones.
Yo sentía el aliento cálido de Mariana en mi nuca y sus pechos pegados a mi espalda; todo el calor de su cuerpo me envolvía y yo estaba como petrificada. Me sentía asustada por lo que estaba pasando pero, por alguna razón, tampoco quería que terminase; una rara mezcla de sensaciones se agolpaban en mí. Seguí inmóvil, con los ojos cerrados, pero a esta altura de los acontecimientos no sabía si Mariana se había dado cuenta que me hacía la dormida y el sólo pensarlo me dió mucha vergüenza.
Comenzó a bajar su mano por mi vientre y la metió, muy suavemente, por debajo de mi tanga...yo no podía creer lo que me estaba pasando pero, lejos de espantarme, creo que estaba disfrutando de esa situación, la cual no se me había cruzado nunca por mi cabeza, ni siquiera en mis fantasías.
Mariana comenzó a jugar con mis pocos pelitos de la vagina y después deslizó un dedo entre mis labios. Allí me dí cuenta que yo estaba toda mojada y mi temor y vergüenza comenzaban a dar paso a un estado de excitación muy fuerte. Solté, sin querer, un suspiro, y Mariana me dijo muy suavemente al oído ¿Te gusta? Ella se había dado cuenta que me hacía la dormida pero no me animé a responder con palabras, creo que me salió una especie de gemido suave o algo así, porque ella inmediatamente intensificó sus caricias y comenzó a besar el lóbulo de mi oreja. Mientras tanto, se refregaba contra mi espalda y hacía movimientos pélvicos contra mis nalgas, como si fuera un hombre. Yo seguía de costado y dándole la espalda.
En un momento dado Mariana me tomó de los hombros y me puso boca arriba, se inclinó sobre mí y comenzó a besar, apenas rozando, mis labios. Yo estaba excitada y a su vez espantada, no sabía si salir corriendo en ese momento o corresponderle a sus besos, que estaban muy lejos de producirme rechazo. Finalmente la excitación pudo más y yo abrí mis labios a sus besos.
Me besó horas enteras, me lamía el cuello, me mordía el lóbulo de la oreja, mientras una de sus manos no dejaba mi clítoris ni un segundo. Lentamente me quitó la remera por encima de mi cabeza y sacó mi tanga de un solo movimiento. Era obvio que tenía ya buena experiencia en esas lides, como después habría de confirmarme.
Comenzó a besarme los pechos, a lamerlos, morderlos y a pasar su lengua habilísima por mi vientre. Yo estaba como mareada de la excitación y sólo me limitaba a arquear mi cuerpo hacia arriba, tomarla de los cabellos y gemir cada vez más fuerte, mientras sentía mis labios vaginales empapados como no recordaba haberlos tenido nunca, ni siquiera con mi pareja de siete años.
Mariana bajó más, se puso de rodillas y se inclinó hacia adelante, acomodándose entre mis piernas; besó mis labios vaginales suavemente, los abrió con una mano y comenzó a pasar su lengua en mi clítoris, mientras con un dedo de su otra mano, se introdujo en mi canal vaginal, con gran suavidad y destreza y comenzó a presionar hacia arriba de mi pelvis, obviamente buscando mi Punto G.
Yo arqueaba la cintura hacia arriba, abría más las piernas y sentía en mis nalgas que goteaba de mi vagina la saliva de Mariana, mezclada con mi flujo. Mariana se esmeraba con su lengua de experta (jamás hombre alguno me había lamido, chupado, mordido de esa manera, ella era una amante muy diestra, a no dudarlo), mientras ya con dos dedos en mi vagina me apretaba el Punto G hacia arriba y los movía lentamente, metiendo y sacando y con la otra mano se masturbaba ella misma.
El orgasmo me sobrevino sin buscarlo, fue como una explosión, se me nubló la vista, creo que me retorcía en la cama de placer, sentí espasmos en todo el cuerpo, gemí, grité, sollocé, jamás en mis treinta años había experimentado algo igual. Ella a su vez gemía y sin sacar sus dos dedos de mi vagina, se siguió masturbando frenéticamente hasta que terminó en un orgasmo propio de la personalidad de Mariana... gritó como loca hasta que se desplomó sobre mi cuerpo jadeando y transpirada. Me quedé dormida y no recuerdo más.
Al despertar a la mañana siguiente, Mariana se había levantado y estaba preparando el desayuno. Yo no sabía qué hacer ni qué decir; más allá del placer intensísimo de la noche anterior, me sentía avergonzada, turbada, no me imaginaba ni cómo iba a mirar a mi amiga a los ojos. Pero ella me facilitó enormemente las cosas.
Apareció en la habitación llevando una bandeja con sendos jugos de naranja y dos cafés. Debo haberme uesto de todos los colores, me sentí ruborizada y mi rostro ardiendo; pero ella, esbozando una de esas sonrisas que derriten un témpano, me dió un beso en los labios con toda naturalidad y me dijo "buenos días, Celi, cómo has dormido? " Bien dije yo, tratando de ser natural también y ella se echó a reir.
Lo de anoche es un juego, me dijo y no tenés por qué sentirte mal. Vos siempre me gustaste mucho y durante años fantaseé con hacer el amor contigo, agregó.
¿Sos lesbiana? le dije. La pregunta, después de formularla, me pareció brutal, pero ella ni se inmutó. Sonriendo y muy segura de sí, me contestó: no me defino como lesbiana, me siguen gustando mucho los hombres, pero también las mujeres. Disfruto mucho con ambos sexos.
¿Cómo comenzaste? Mi pregunta era muy previsible. Pues, primero fantaseando, ya desde la escuela secundaria, hasta que ya casada con Roberto (su marido) comenzamos a mirar películas porno con algunas escenas de lesbianismo. Un día él me preguntó si me animaría a que hagamos un trío mujer, hombre, mujer, le dije que sí y llamamos a una acompañante femenina. Debo reconocer que desde el principio me gustó mucho y la sola idea de estar en la cama con un hombre y otra mujer me deleita.
Hace como un año (seguía el relato de Mariana), estando sola porque Roberto estaba de viaje a Europa, se me dió por llamar a una escort lesbiana y vino a mi casa. Obviamente se lo oculté a Roberto porque el acuerdo es que entre ambos todo, pero por separado "nada". Así me fui metiendo en este mundo desconocido de las relaciones lésbicas y hasta he hecho algunas amigas que gustan de tener sexo con mujeres y hombres, como yo...
A todo esto, yo estaba atónita escuchando el relato de mi amiga, por un lado sentía un poco de pudor y, por el otro, una morbosa curiosidad.
Para terminar la charla, me dijo Mariana: por todo esto, no te sientas mal por lo de anoche; somos viejas amigas, nos tenemos mucho cariño desde hace años y Vos has estado muy mal todo este tiempo, necesitás cariño, contención y ternura..........y me dió otro beso y se fue a bañar.
El día transcurrió sin mayores sobresaltos y al anochecer regresé a mi casa. Nos juramentamos a guardar esto que había pasado en el mayor secreto y nos despedimos.
Todo el camino de regreso a la Capital fui pensando en lo que había sucedido, me sentía muy avergonzada, pero a su vez recordaba los besos de Mariana, sus hábiles dedos y su lengua casi eléctrica. Me soprendí a mí misma en un semáforo, cuando el auto de atrás me tocó vocina para que arrancara ante la luz verde. Estaba yo perdida en mis pensamientos y me dí cuenta que tenía ambas manos entre mis piernas y toda mojada.
A la noche me llamó Mariana para saber si había llegado bien, me deseó buenas noches y me dijo "te mando un beso"... adviné en esa inocente frase, un cierto toque de lascivia y un escalofrío me recorrió la espalda.
Toda la semana transcurrí sin poder alejar esos pensamientos de mi mente, por momentos me sentía turbada, me repetía que nunca más iba a suceder y por el otro me excitaba tremendamente. Varias veces terminé masturbándome de la excitación, cosa que no sucedía desde muchos años atrás.
El viernes me llamó Mariana diciendo " venite a pasar el fin de semana, Roberto se va esta noche en un vuelo a Europa, también viene una amiga que quiero que conozcas" ...bueno dije, titubeando. Por un lado hubieras querido decir "ni loca" sabiendo lo que vendría en ese fin de semana, con Mariana más su "amiga" . Ya me imaginaba cómo sería su amiga.....pero no pude decir que no; una vez más mi falta de carácter, mi soledad y mi curiosidad pudieron más que mi pudor. Allá estaré el sábado a la mañana, agregué.
Llegué cerca del mediodía, Mariana con su acostumbrado pareo y debajo su micro tanga, me abrazó y besó como había hecho toda la vida y me dijo "vení a la pileta que te presento a Alejandra"
Alejandra es una de esas mujeres enigmáticas, que impresionan al momento de conocerlas- Alta, debe medir no menos de un metro setenta y cinco, casi parece una modelo, por su cuerpo muy delgado y muy bien formado. Pero al observarla bien, se da cuenta uno que tiene horas y horas de gimnasio, los abdominales marcados, los hombros anchos, manos fuertes, piernas torneadas pero con algo de músculo. Su cabello muy corto, casi como un varón, enmarca un rostro hermoso, pero con una dureza en su expresión que asusta. Sus ojos clarísimos son dos pedazos de hielo en esa piel tan blanca y sus labios más bien finos, lejos de resultar voluptuosos, más bien le agregan frialdad a su expresión. Francamente una mujer impactante pero no por su calidez, sino más bien por su fría belleza.
De no haber sido por su tanga negra y diminuta, que le marcaba descaradamente los labios vaginales, habría dado la impresión que era un Travesti.
Ya comenzaba yo a imaginarme lo que vendría, pero esta vez mi imaginación se quedó corta.
Gran parte del día lo pasamos en la pileta; todo el tiempo Mariana y Alejandra coquetearon entre sí, se tocaron y hasta se daban besitos en el agua. Yo miraba como haciéndome la distraída pero resultaba más que obvio que no había sido invitada allí solamente para no estuviera sola en mi departamento.
Cada tanto Mariana se acercaba a mí, dentro del agua y me rozaba con sus piernas las mías, me tocaba suavemente los pechos e incluso, en un momento que salía yo del agua, le dijo a Alejandra "¿Viste qué lindo culito que tiene Celina?" "ya lo creo dijo ella, es muy respingón, como Vos me habías dicho" . Yo me quería morir, no sólo le había contado Mariana a Alejandra de mi cuerpo, sino que seguramente le había contado también lo que pasó entre ambas el fin de semana anterior. Pero ya estaba allí, no iba a vestirme y salir corriendo; decidí en un segundo afrontar la situación; después de todo, no la había pasado nada mal en mi experiencia con Mariana, si bien lo de ahora pintaba de un tono mucho más fuerte. Mientras cavilaba en mis pesamientos, me dí vuelta y ensayando una sonrisa tipo Mariana, le dije a Alejandra, "también Vos sos muy hermosa" ¡¡¡Gracias!!! me contestó Alejandra y ví en su sonrisa un gesto lascivo y voluptuoso en extremo.
Otra vez un escalofrío me corrió por el cuerpo.
Al atardecer nos fuimos adentro para cambiarnos y quitarnos las tangas todas mojadas. Aparecieron en el living Alejandra y Mariana con pareo... pero nada abajo. "Andá a quitarte esa tanga que estás toda húmeda y ponete este pareo" me dijo mientras me alcanzaba uno todo floreado. Obedientemente fui al baño, me quité el traje de baño, me sequé y me puse el pareo encima. Previo a ello, arreglé un poco mi cabello y hasta me maquillé muy liviano, apenas un poco de sombra en los ojos y un lápiz labial muy suave.
Cuando me dirigí a living, Mariana y Alejandra estaban con sendas copas de champagne en la mano y me acercaron una tercera. La tomé más por cortesía que otra cosa, soy muy floja con la bebida y enseguida me mareo. Me indicaron que me sentara, lo hice en un sillón individual y ambas se sentaron en el sofá de tres cuerpos.
No me había dado cuenta, pero Mariana había puesto ya en su equipo de DVD una película porno de lesbianas... pensé para mis adentros "Celina, Vos sola te metiste en esto, bancátelas ahora"
A los pocos minutos, Alejandra y Mariana se estaban besando furibundamente y se acariciaban por todas partes; yo petrificada las miraba atónita, nunca había presenciado eso en vivo. En un momento se separaron de un largo beso y Mariana me dice "sentate aquí, con nosotras" corriendo a un costado un bolso de tela que había sobre el sofá.
Calladamente me levanté y me senté al lado de Mariana, como poniendo distancia de Alejandra, quien asustaba por su belleza y su confianza en sí misma. Sin embargo, al sentarme en ese lado, Alejandra se levantó y se sentó a mi lado, quedando yo al medio de ambas. Debo haber puesto cara de aterrorizada, porque Alejandra me dijo "sé que no tenés experiencia, me dijo Mariana, pero vamos a ir despacio" Mariana reía como loca y yo la quería matar, pero enseguida se acercó a mí y comenzó a besarme tiernamente, mientras Alejandra me despredía el pareo. Simplemente me entregué y las dejé hacer, corespondiendo a los besos de Mariana.
Mariana se tiró de espaldas y me llevó con ella, de modo que quedé encima de su cuerpo, totalmente desnuda, mientras le abría su pareo y le acariciaba esos pechos hermosos que tiene, con grandes pezones.
Alejandra se puso detrás mío, besando mi nuca, mi cuello y comenzó a bajar por mi espalda. Cuando llegó a las nalgas, me las acarició suavemente al principio y con fuerza después. Me las abría mientras le decía a Mariana..."qué hermoso culito tiene tu amiga" .
Yo seguí besando los pechos de Mariana mientras Alejandra se ponía de rodillas en el suelo, detrás de mí y metía su cara en mi vagina. Para ello, me hizo colocar en cuatro patas, quedando yo totalmente expuesta.
Si Mariana era experta con su lengua y sus manos, Alejandra era poco menos que una profesora de sexo. Lamía mis labios, chupaba suavemente el clítoris y luego jugaba con la punta de su lengua, a una velocidad increíble. Yo me chorreaba de excitación y presa de mi frenesí, comencé a masturbar a Mariana con mis manos, mientras no dejaba de lamerle los pechos.
Alejadra abrió más mis nalgas con ambas manos y comenzó a lamer mi vagina, mi clítoris y a subir lentamente, hasta que llegó a mi ano. Yo pegué como un salto, jamás le había permitido a mi anterior pareja, en siete años, que lo hiciera, pese a que él lo había intentado. Pero Alejandra me dijo "quedate tranquila, te va a gustar" Me entregué mansamente y seguí con mi faena de los pechos de Mariana, mientras ella gemía y me mojaba toda la mano con su flujo.
Alejandra comenzó a concentrar sus lamidas en mi ano, pasaba la punta de la lengua en él y cada tanto, lograba meterla un poquito. Mi excitación iba en aumento, sobre todo por estar experimentando una sensación totalmente novedosa. Estaba con dos mujeres y una de ellas me lamía el ano... era increíble!!!!! Me había transformado en una degenerada total !!!!
En un momento determinado, Alejandra estiró uno de sus brazos y se acercó el bolso de tela que había allí.
Sacó de adentro un consolador de esos que se atan con tiras a la cintura; los había visto recién en el DVD porno!!!!! Estaba todo planeado, por supuesto!!!!!
Era un pene de goma o de siliconas, pero más bien rígido, color negro, no muy grande, diría de unos veinte centímetros de largo por unos cuatro de ancho. Me quedé observando por el costado de mi espalda, sin abandonar la posición de cuatro patas en que me habían puesto. Mariana, mientras tanto, se deslizó por debajo mío hasta quedar con su boca a la altura de mis pechos, los que comenzó a lamer y chupar como desesperada.
El consolador era recto, tenía apenas un glande insinuado, pero muy poco y Alejandra evidenciaba una gran destreza al colocárselo en su cintura, ajustándolo por entre sus piernas con una tercera tira.
Vista así, con ese pene de goma que se movía en su cintura, parecía más un hombre que una mujer, a no ser por sus pechos duros y redondos.
Me acercó el consolador a mi vagina y comenzó a introducirlo lentamente. Mi flujo y su abundante saliva hicieron que fácilmente se deslizara a mi interior. Al principio lo sentí frío y rígido, pero enseguida fue tomando la temperatura de mi cuerpo y mi excitación iba en aumento.
Luego de un rato de fornicarme con ese pene de goma, Alejandra comenzó a jugar con uno de sus dedos en mi ano, mientras no quitaba el consolador de mi vagina y seguía moviéndose de manera lenta pero muy profunda. Movía sus caderas con una habilidad que sólo una mujer puede tener, jamás hombre alguno me había poseído así.
Mientras jugó con el dedo en mi ano por la parte de afuera, la dejé hacer, pero cuando quiso meterlo un poco, instintivamente cerré fuertemente las nalgas para impedirlo. De inmediato recibí un tremendo chirlo en mi cola que me hizo dar un grito.........¡¡¡¡Ayyyyyyy eso me dolió!!! le dije y ella me contestó "y te va a doler más si no me dejas hacer"
Yo estaba aterrada, sabía que quería meterme ese consolador en mi ano que era totalmente virgen. Durante años mi pareja me lo había insinuado y jamás quise hacerlo, ni siqiera le permití que me metiera un dedo. Me daba una mezcla de vergüenza y asco, me parecía que eso solamente una puta degenerada lo podía hacer... y allí estaba yo, a punto de perder mi virginidad anal en manos de una mujer y con un pene de goma!!!!!!!!!!!!!!
Alejandra comezó a pasarme lo que después supe es un gel para sexo anal, al principio se siente frío, pero luego el ano parace quemar. Mariana se había incorporado y se había arrodillado a mi lado y me hablaba al oído. "quedate tranquila" me decía "es una experta, sabe hacerlo, no te va a lastimar" "Además, agregó, es un consolador chico, yo me como otros mucho más grandes" la miré despavorida y ella me mojó los labios con un beso húmedo y suave.
Alejandra comenzó a meter un dedo en mi ano, mi esfínter se cerraba un poco y ella me decía "relajate" respirá profundo. Cuando yo respiraba profundo, ella me lo metía más aún y yo daba un gritito.
Inmediatamente venía el chirlo en mis nalgas, que ya estaban calientes de tanto recibir nalgadas. Así estuvimos un buen rato, Alejandra con sus dedos (ya eran dos) en mi ano, entrando y saliendo y Mariana acariciándome la vulva por debajo mío; lentamente fui excitándome de nuevo y, cuando quise darme cuenta, ya tenía la punta del consolador negro y reluciente de lubricación, apoyado en mi orificio anal.
Mariana se incorporó y abrió mis nalgas con ambas manos, mientras Alejandra empujaba lentamente. Yo sentía que ese consolador me lastimaba el esfínter y gemía, más de miedo que de dolor. En un momento determinado, entró lo que sería el glande. Yo grité de dolor y una vez más recibí mi castigo de nalgadas. Las lágrimas me corrían por el rostro pero ni me animaba a moverme, por miedo a que me doliese más. Relajate, quedate tranquila, me decía Mariana al oído, mientras seguía acariciando mi clítoris.
Poco a poco me fui excitando y comencé a disfrutar de ese juego perverso y libidinoso. El pene de goma comenzó a entrar cada vez más y ya casi me gustaba. En un momento determinado, sentí que mi ano se abría, se relajaba totalmente y el pene negro de goma ingresaba en mis entrañas hasta el fondo. Grité, grité mucho, más de susto que de dolor, si bien me dolía, pero era un dolor soportable.
Alejandra se movía con una voluptuosidad increíble, rotaba las caderas, sacaba el consolador de mi ano casi hasta el glande y luego me penetraba profunda e inmisericordiosamente, haciendo caso omiso de mis gemidos y gritos. Podía sentir su pelvis sobre mis nalgas, metía el consolador tan profundamente en mi recto hasta donde nuestrras anatomías lo permitían.
Poco a poco fui sintiendo un fuego que me invadía y el dolor inicial se trocó en un placer extremo; di vuelta mi cabeza para mirar el rostro de Alejandra y su mirada lasciva, los ojos brillantes y su expresión me lo dijeron todo. Estaba en manos de una hembra dominante y libidinosa, que gustaba de someter a mujeres y de hacerlas sufrir y gozar a la vez. Sin lugar a dudas Alejandra estaba siendo en ese momento la expresión más acabada de la perversión.
Alejandra aumentó el ritmo de sus penetraciones, yo me movía (no demasiado) para aumentar la penetración y Mariana no paraba de acariciarme el clítoris y los pechos. Mi orgasmo sobrevino de manera brutal, salvaje, muy animal, empujé cunto pude hacia atrás para enterrarme más ese consolador en mi ano, mientras gritaba y profería cosas irreproducibles. Los espasmos de mi orgasmo fueron tan intensos y tan prolongados, que al recordar hoy y escribir estas líneas me mojo toda.
Poco a poco me fui calmando y comencé a quedarme quieta, esperando que Alejandra me quitase el consolador de mi castigado y dolorido ano. Pero grande sería mi sorpresa cuando Alejandra comenzó a moverse nuevamente......yo suplicaba que me lo saque pero fue inútil mi súplica.
Alejandra se sentó sobre el borde del sillón e hizo que yo me sentara encima de ella, penetrándome analmente de nuevo. Esta vez, con el peso de mi cuerpo, sentí que me enterraba ese pene de goma hasta lo más profundo de mis intestinos, mientras ella me tiraba de los cabellos hacia atrás y Mariana se dedicaba a lamerme y chuparme el clítoris nuevamente.
No sé cuántos orgasmos tuve, sé que fueron muchos, pero no dulces, sino salvajes. Alejandra se dedicó a sodomizarme, poseerme, pervertirme, degradarme en cuanta posición se pueda uno imaginar. Rogué, supliqué que parase pero ella seguía inmutable, como una máquina; así durante tanto tiempo que perdí la noción y ya era yo una marioneta que manejaban a su antojo. Alejandra penetrando mi ano de todas maneras y Mariana chupándome, lamiéndome, secando mis lágrimas con sus besos y bebiendo mi flujo de mi vulva.
No sé si me dormí o me desmayé; al día siguiente me desperté sobre el sofá, ya el sol estaba alto. Quise levantarme y me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran apaleado. Tenía fuertes marcas en las nalgas de los chirlos de Alejandra y me dolía el ano de una manera tremenda. Todo mi cuerpo estaba con marcas de la orgía de la noche anterior, marcas en mis pechos y en mi cuello, en mi espalda, toda la vagina y el ano chorreando lubricante......estaba literalmente destruída!!!!!
Me dirigí al baño para higienizarme y al pasar por el cuarto de Mariana, la ví tirada desnuda en la cama, entrelazada en un abrazo a Alejandra, ambas profundamente dormidas. A su alrededor había todo tipo de consoladores, arneses y potes de geles en ambas mesas de luz... Resultaba evidente que después de terminar conmigo, siguieron entre ellas; había demasiado fuego anoche para que se extinga fácilmente.
Al higienizarme, me fue imposible dejar de sufrir por lo averiado que estaba mi pobre ano, virgen hasta la noche anterior y ese día totalmente desflorado y abierto. Si hasta me salió un poquito de sangre al sentrame en el inodoro, pero no parecía nada grave.
Me bañé, me vestí y las desperté para decirles que me iba. Me saludaron con la mano, más dormidas que despiertas, subí a mi auto y comencé el regreso a casa. Manejaba de costado, me dolía tanto el ano que no podía sentarme bien. Me sentía confundida, entre rabia y placer. Rabia por haber sido sodomizada por esa yegua de Alejandra, por haber visto tanto cómo disfrutaba haciéndome sufrir y más cuando me hacía gozar; Alejandra era una sádica pero a su vez una amante extraordinaria que me había provocado los orgasmos más increíbles de toda mi vida.
Me pasé cuatro días pensando en lo que me había sucedido en los dos últimos fines de semana. Había descubierto en mí que me gustaba más como me acariciaba una mujer que un hombre y encontraba en ello una cuota extra de placer, de lujuria, que los hombres no me habían provocado.
Ni hablar de la habilidad para chuparme, para penetrarme, para acariciar cada centímetro de mi cuerpo y hacerme descubrir placeres nuevos. No sabía cómo encarar esto que me estaba pasando y entonces hice lo que pensé más adecuado. La llamé a Mariana por teléfono (no lo había hecho desde el pasado fin de semana). Me atendió y me dijo ¡¡¡¡¡Hola Celina!!!! ¿Cuándo nos vemos de nuevo? Este fin de semana le contesté.
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