Es increíble como una esclava servil y sumisa, como en la que rápida y sorprendentemente me estaba convirtiendo yo, empieza a disfrutar de cosas impensables para un hombre machista, como hasta hace unos pocos días era William.
Iba a aprender muy pronto, que cada que mi Ama pasaba una buena noche con su amante de turno, después de la azotada y corrida, con la cual mi Ama me participaba su alegría, yo debía manifestar, a su señal para hablar, un total agradecimiento al afortunado desconocido, con epítetos como: Ama, dueña de mi ser y voluntad, estoy feliz de que su amante, mi señor, la haya complacido y la haya llevado al éxtasis, yo soy totalmente incapaz de algo parecido, mi pequeño penesito ya no alcanza ni para masturbarme.
Usted, mi señora adorada, se ha compadecido de esta pobre esclava, confiándome sus alegrías y conquistas me halaga como su sirvienta fiel, sometiéndome a una obligada humillación diaria, que merezco de sobra y agradezco de rodillas lamiendo su calzado.
Doy gracias por la existencia de verdaderos hombres, -con penes reales, agregaba ella, relamiéndose los labios-, sí mi Diosa, mi pobre humanidad solo tiene razón de existir para complacerla en el servicio mi Señora. No aspiro a más en esta vida, nunca terminaré de agradecerle a usted, mi Ama adorada, el hecho de que me esté feminizando para servirle mejor.
Mi Ama me convertiría pronto en un total cabrón o mejor "cabrona travesti". Las horas pasaban y yo bebía a sorbos, como se me había indicado, mi cena de esa noche, compuesta por lluvia dorada, pan viejo y estrógenos conjugados. De postre, lamí con fruición, cada sobra de los platos en los que había servido a mis señoras en la tarde, hasta no dejar la más mínima borona.
Procedí a limpiar todo con sumo cuidado. La zozobra me acompañaba, pensaba todo el tiempo en mis Amas, imaginándolas bailando muy pegadas a sus parejos, al tiempo que eran manoseadas generosamente. Yo rogaba para que sus chicos de turno, las estuvieran atendiendo como ellas merecían. De lo contrario, yo pagaría las consecuencias.
La ira y los celos me corroían, pero debía luchar contra este sentimiento, no podía pasarme lo de la noche anterior, cuando, oh pobre de mi, ignorante de las consecuencias, recibí a mi Ama llorando como resultado de lo que había visto por la ventana. Debía en cambio, empezar por mostrar mi regocijo por lo que estaba ocurriendo.
Debía guardar mi sitio, yo era la sirvienta y si me permitían estar aquí, era para servir y nada más. Lo que yo pensara o sintiera, era totalmente irrelevante para mis Amas, no volvería a cometer una impertinencia semejante exigiendo o esperando algo que no me correspondía. Debía convertirme en un ser inicuo incapaz de causar el más mínimo disturbio a mis Amas y Dueñas.
De tal forma que me concentré mientras lavaba los platos en dar las gracias por el hecho de que mis Amas disfrutaran de algo, que yo no les podría jamás proporcionar y mucho menos disfrutar. Vanessa, la sirvienta y esclava de esta casa estaba por fin tomando el control y William y su machismo, comenzaban a desaparecer.
Tomé la decisión irreversible de hacer todo lo que estuviera a mi alcance para ser la mejor sirvienta, la mejor esclava que mis Amas hubieran visto jamás. No me importaba si tenían referentes anteriores, yo sería la mejor esclava, iba a lograr que se sintieran orgullosas de la sirvienta Vanessa, y lo más importante, jamás iba a dar motivo para que me expulsaran de su lado.
Imaginé la fantasía de un hombre corpulento y bien dotado que poseía a mi Ama de todas las formas posibles, yo me veía arrodillado al lado de este hombrezote, besándole los pies y agradeciéndole de corazón por complacer a mi Dueña. Mi pene, muy despacio se erectó, pero con gran dificultad, mi ser estaba excitado, pero el pene respondía pobremente, mostrándose casi flácido. En cambio, mi ano palpitaba febrilmente, de pronto sentí la urgencia de introducir algo en el. ¡No se me tenía permitido!, mi Ama solo había hablado de autorizar una masturbada, y no nombró el ano para nada.
¡Cometí un sacrilegio ante la falla de mi pene! ¡Claro!, los antiandrógenos habían ya comenzado a actuar. ¡La dosis!, de pronto había sido exageradamente masiva. Me introduje una zanahoria de la despensa y empecé a masajear mi ano con este pene improvisado. Mi Ama me iba a matar, pero no le podía esconder nada a ella, juré que le diría hasta lo más mínimo, a la dueña de mi voluntad nunca le escondería nada. Era mi Ama, mi Diosa, mi religión, mi señora, mi todo.
En mi imaginación, la zanahoria se convirtió rápidamente en el pene del hombrezote que se estaba cogiendo a mi Ama, qué delicia, recuerdos de mi adolescencia pronto abrumaron mi mente. Oh, cuanto extrañaba a mi novio de la adolescencia de Cali, pensamiento tanto tiempo negado por mi masculinización forzada. Me corrí con un dulce y prolongado lamento de gozo. Era exactamente la media noche.
Un taxi se parqueó frente a la casa. Instintivamente me negué a mirar por la ventana y corrí a la puerta de entrada a esperar, de rodillas en el piso, el ingreso de mis Amas. Eran las tres de la madrugada. Dos mujeres, apoyándose una en la otra, intentaban meter la llave en la cerradura. Empezaron a golpear el aldabón con fuerza gritando, Vanessa, perra inmunda, que pasa que no abre. Abrí de inmediato, hincándome enseguida.
Fui apartado de un puntapié. Golfa, prepárenos la tina, necesitamos un baño de espuma urgente. Ya está preparado, mis Amas. ¡Y vino!, ¡mucho vino! Al baño perra, traiga su vasija de lluvia dorada. Mi taza se llenó con la mezcla del espumoso y dorado líquido de mi Ama Marcela el cual bebí con prontitud. Entonces mi Ama Claudia volvió a llenarla con la aromática micción. Ambas lluvias tenían un sabor diferente. Ambas estaban mezcladas con semen. Ambas fueron disfrutadas por mi novel paladar que ahora cataba y degustaba. Les había ido bien, qué fortuna para mí, pobre diablo. Desvestidas, sin que me permitieran ver su cuerpo desnudo, se introdujeron en la tina con agua caliente, aroma a rosas y espuma, mucha espuma.
Preparé unos entremeses y pasé el resto de la noche, sirviendo vino y escuchando los comentarios sobre lo que habían hecho aquella noche. Amiga, que bizcocho el que te tocó de pareja -bizcocho: palabra con la que se designa en Colombia a un hombre muy guapo-, ¡qué músculos! Y esa forma de devorarte con su lengua. El mío estaba un poco viejito -se quejo mi Ama Claudia-. Mis tetas no lograron atraer a uno como el tuyo.
Lo de mis pequeñas tetas, si a eso te refieres Claus, lo remedio en pocas semanas, ya tengo quien financie mi cirugía estética -exclamaba a carcajadas mi Ama Marcela-. Casi me derrito cuando vi como ese hombrezote te arrancaba las bragas y te penetraba con ese enorme y erecto falo, mordisqueándote de paso "tus casi inexistentes pezones" -remató la amiga de mi Ama Marcela- No me quedó de otra, que liarme al viejito de eyaculación precoz. Mientras mi enclenque anciano descansaba, el tuyo aun te seguía empalmando. Perdí la cuenta después de tu quinta corrida -lamentaba mi señora Claudia-.
Mis Amas, ya exhaustas, finalmente se metieron en las camas que yo ya tenía preparadas, y entonces, pude dirigirme a mi cuartucho para acostarme en el frió y duro piso. La jornada no había concluido aún. Al rato de estar tratando de conciliar el sueño y temblando de frío, como una hoja al viento, sentí una mano que tapaba mi boca y la voz de mi Ama Claudia que me ordenaba ponerme en cuatro patas en la cama. Mi ano empezó a ser lubricado con saliva, y sin previo aviso comencé a ser penetrado por un enorme falo de látex rugoso. ¡Ssssch!, silencio putica.
Estoy afiebrada y la excitación me abruma, la voy a probar como mi ramerita, quedé iniciada con la cogida que le dieron a su Ama Marcela y no me voy a irme a dormir sin satisfacerme de alguna manera. Mi señora Claudia estaba ataviada con un enorme y duro falo de látex adosado a un arnés, y con suaves y rápidos movimientos de cadera, me estaba convirtiendo en su meretriz de turno. Ella no sabía que yo también estaba caliente e insatisfecha, por lo tanto, en mi creativa imaginación, mi novio Paúl me estaba haciendo el amor, y desde aquel feliz amanecer, mi Ama Claudia se ganó mi eterna gratitud.
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