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Mi primer toqueteo   (Autosatisfacción)
 
AUTOR: Vanesa
 

Hola, mi nombre es Vanesa y tengo 19 años. Lo que a continuación contaré es lo que ocurrió inmediatamente después de lo sucedido en el relato titulado “El punto de pase”.

El relato concluía de la siguiente manera:

“Rápidamente arranqué las dos hojas de la libreta y las dejé sobre el escritorio al tiempo que el maestro me sonreía y me decía ‘Buena niña, has terminado tus deberes; tienes tu punto de pase’.

Tomé mi mochila y salí corriendo del departamento con una sonrisa por haber obtenido el pase en mate.”

 

Mientras bajaba las escaleras, pensaba en lo que acaba de ocurrirme. Me preguntaba si la madre del profe sabría lo que realmente ocurría en ese pequeño cuarto.

Además, el hecho de ver su pene (uno de verdad, y ¡qué tamaño!) me había provocado una extraña ansiedad; eso, sumado al hecho de que no llevaba ropa interior bajo el uniforme y que mis pezones eran visibles a través de la blusa blanca,  sentir el aire directamente en mi sexo bajo mi falda me excitaba sobremanera.

Salí del edificio y noté como un chico que pasaba a mi lado en bicicleta me miraba fijamente en dirección al pecho, recordé lo que se podía ver a través de mi blusa, tomé mi mochila para cubrirme el pecho y así disimular la falta del bra.

La parada del autobús se encontraba a cinco cuadras de distancia. Noté cómo a lo lejos se oían unos relámpagos, el cielo se volvió gris y comenzó a llover con una fuerza tremenda.

Para cuando llegué a la parada del camión estaba toda empapada, la blusa y la falda se me pegaban completamente al cuerpo como una segunda piel.

Una vez hubo llegado el transporte subí, sólo para darme cuenta que estaba llenísimo así que me dirigí hasta el fondo para estar cerca de la bajada y no entretenerme. Era ya tarde y mi padre ya estaba por llegar y no quería que me viera en esa facha.

Noté como unos señores me echaban miradas fugaces y luego secreteaban entre ellos y se reían. Dos cuadras adelante el camión se llenó completamente y no cabía ni un alfiler.

Subió un chico de unos 24 años, moreno, de apariencia atlética y que tratando de quedar lo más cerca posible de la bajada quedó exactamente detrás de mí.

Al no tener a dónde moverme quedé atrapada entre uno de los tubos que sirven como apoyo y sostén y su cuerpo, completamente empapado también.

Una señora, que estaba por bajar, cargaba una maleta provocando que el cuerpo del chico y el mío se juntaran, sintiendo su miembro justo en medio de mis nalgas, quise hacerme a un lado pero me fue imposible, de reojo pude ver como el chico trató de cambiar de posición para que yo no me sintiera mal, pero al igual que yo, estaba inmovilizado.

El autobús frenó de manera brusca y el muchacho, para no caerse, se sostuvo del mismo tubo que yo, pasando su brazo a un lado de mi pecho, quedando uno de sus dedos rozando mi pezón además de poder apreciar que sus manos eran enormes.

El movimiento del camión provocaba roces entre su miembro y mis nalgas. Lo que me provocaba cierto placer, un agradable cosquilleo en medio de mis piernas. Sentía como un líquido salía de mi entrepierna, lubricándome. A través de su pantalón pude sentir cómo su pene comenzaba a ponerse erecto y buscaba con ansias mi trasero. Comencé a excitarme y muy discretamente acomodé mi pezón sobre sus dedos, de manera que pudiera acariciármelo mientras abría un poco y con dificultad, las piernas para que pudiera acomodar mejor ese pene ya muy duro.

Sentí como me acariciaba y pellizcaba el pezón y cómo, furioso, se repegaba y movía por detrás.

En un nuevo frenón del camión sentí su aliento en mi cuello y oí un suspiro largo y recordé al profe cuando había eyaculado. Supuse que el muchacho hizo lo mismo.

Llegué a mi parada y bajé del transporte corriendo a casa.

Afortunadamente mi padre aun no llegaba, me dirigí al cuarto de lavado, donde me desprendí de la blusa y observé cómo mis pezones estaban duros, erectos; sobre todo el derecho que era el que el muchacho me había acariciado.

Me quité las zapatillas y los tines y finalmente la falda; que dejó ver mi sexo húmedo y dilatado, desprendiendo un dulce olor que nunca antes había percibido y que subía deliciosamente desde mi vulva, recorriendo mi vientre, por entre mis senos, mi cuello…

Llevé mi mano a mis labios vaginales y con la punta de los dedos toqué ese líquido que alía de mi interior, lo acerqué a mi nariz para aspirarlo mejor y me sentí en el cielo. Repetí la operación, pero ahora introduciendo un poco los dedos dentro de mi vagina y en esta ocasión no pude evitar el deseo de saborearlo. Al hacerlo una oleada nueva de placer me invadió y pude sentir como un calorcillo que iba de mi sexo a mis pechos, que comenzaron a encenderse.

Y ahí estaba yo. Completamente desnuda en el cuarto de lavado, frotando mi sexo humedísimo con mis dedos, chupando éstos, gozando del néctar que traían de en medio de mis piernas.

Miré el reloj. Mi padre estaba al llegar y no podía permitir que me viera así. Empecé a sentir frío. Guardé la ropa dentro de la lavadora y subí al baño, abrí la llave del agua caliente de la tina. Mientras se llenaba, observé mi cuerpo en el espejo y vi mi pecho rojo, completamente incendiado. Nunca había reparado mucho en él. Ahora, desde esta nueva perspectiva, pude apreciar que mi cuerpo se estaba transformando en el de una mujer.

Sentí ganas de orinar y fui al inodoro, me senté y abrí las piernas para expulsar un largo chorro de orina al tiempo que aquel olor dulzón ascendía con mucha más fuerza, provocándome una excitación terrible. Tomé una tira de papel sanitario para limpiarme y uno de mis dedos se hundió y sentí por primera vez mi clítoris duro, tierno…

Me introduje en la tina y el calor del agua me provocó un estremecimiento en mi espalda. Me recosté permitiendo que el agua me envolviera en abrazo total.

Abrí mis piernas, y con cierta timidez al principio, toqué mi clítoris.

Lo acaricié lentamente, gozando el cosquilleo que me provocaba; mientras, con mi mano izquierda, frotaba mis pezones que estaban hinchados y erguidos.

Sobaba delicadamente mi perla recién descubierta, creando un gozo indescriptible, pellizcaba los labios de la entrada a mi concha tiernamente, esta, se iba dilatando e inflamando en deseo ardiente…

Introduje un dedo, exploré mi interior descubriendo sensaciones nuevas a cada uno de los movimientos que hacía en mi interior.

Sentía el ardor de un deseo sexual largamente aplazado, comencé a suspirar y a mover ligeramente mis caderas al compás de los movimientos de mi dedo mientras que mi otra mano acariciaba mis pechos, mi vientre, mis muslos…

Metí un segundo dedo y mi percepción se amplió muchísimo, cerré los ojos y pensé en el muchacho del camión. Me lo imaginaba besándome, acariciándome, mordiendo mi cuello que le entregaba voluntariamente; mientras con sus manos enormes rompía los botones de mi blusa y chupaba mis pechos con las ansias de un recién nacido a quien amamantaba cariñosamente. Entonces él me tomaba de las nalgas y me levantaba en vilo para penetrarme con su falo.

En ese momento supe que podía introducir bastante bien un tercer dedo, lo que me elevó al cielo, ya no suspiraba, gemía y casi podía jurar que el chico realmente me penetraba.

Ahora me frotaba furiosa, deseando realmente ser penetrada; jadeando, casi gritando pude sentirlo…

Una sensación indescriptible se apoderó de mi ser, comencé a ver un pequeño resplandor que fue haciéndose más grande… Y entonces, con tres dedos dentro, supe lo que era un orgasmo; llegó de golpe, sentía como si la vida se me fuera en un suspiro (la verdad era que gritaba pidiendo más) mi espalda se arqueó y levanté mi pelvis introduciendo aun más los dedos, sentí cómo un líquido tibio fluía dentro mío.

Me quedé sin fuerzas. Era la primera vez que me masturbaba.

Y me había gustado.


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