Sentados frente a frente, con las piernas cruzadas en posición de indio, totalmente vestidos, comenzamos nuestro juego privado.
-Primero las damas –dijiste sonriendo.
Sin poder evitar sonrojarme hasta las orejas, me pasé despacio la lengua por la boca, golosa, hambrienta, mordí instintivamente mi labio inferior y me dediqué a construir mi puente hacia vos a base de palabras.
Con minuciosidad de orfebre, precisé cada detalle de una de mis fantasías más oscuras y vi cómo las imágenes que contaba se abrían paso hacia tu cerebro y golpeaban detrás de tus ojos como si fueran una maza. Tragaste saliva y me interrumpiste.
–Sigo yo, te toca sacarte una prenda.
Me saqué la camisa y me dispuse a escucharte. Empezaste a narrar –como si fueras el guionista y director de tu propia película pornográfica y yo tu primera actriz– todo lo que me pedirías que hiciese y, en el momento culminante, te detuve.
–Ahora me toca a mí contar y a vos sacarte algo.
Esta vez no elegí una fantasía propia, sino una parte de Las edades de Lulú –primero lo de la depilación y luego lo que pasó en la habitación a oscuras–, mientras veía cómo tu pecho se agitaba y cómo te esforzabas para obligar a tus manos a quedarse quietas sobre las rodillas. Y en ese estado me dijiste:
–Basta, ahora yo, sacate algo más, y despacio.
Profundamente concentrada en la tarea de desabrochar mi pantalón, no reparé en que lo que estabas narrando era la escena del burdel de Henry y June y mis dedos temblaron un poco. Fui muy consciente de que mis hombros se echaron hacia atrás para que pudiera mirarte la boca mientras hablabas y tuve que hacer un gran esfuerzo para no hipnotizarme con ella y seguir…
Y así, como Scherezada en sus versiones femenina y masculina, continuamos yendo y viniendo por nuestras fantasías,
conocidas y no, permitidas y no,
por nuestros párrafos favoritos,
por nuestras escenas predilectas,
como si estuviésemos elaborando un manjar a cocción lenta,
chasqueando la lengua,
sintiendo cómo el paladar y las papilas se preparaban para saborear la piel, anticipándonos a lo que sucedería, cuando, ya despojados de cada prenda y de cada resabio de pudor, nos perdiéramos el uno en el otro.
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