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Semblanza de un fetichista   (Transexuales)
 
AUTOR: Solelicker
 

Me aficioné a las niñas de uniforme cuando era niño. Mi hermana mayor asistía a un colegio regentado por monjas, y donde era imperativo llevar blusa de mangas cortas, chaleco, falda hasta la rodilla y calcetas blancas. Mi fetichismo se desproporcionó conforme las amigas de mi hermana visitaban la casa. Cualquier pretexto les bastaba para apersonarse en la residencia y chacotear en el cuarto de la anfitriona. Yo, tímido y sin amigos, me interesaba no obstante por lo que pudieran estar haciendo aquellas niñas. Aprovechaba la ausencia de mis padres para acercarme de puntillas al cuarto de mi hermana y, todo discreción, asomar un ojo por la cerradura. Entonces mi cuerpo se cimbraba y una erección se hacía presente en mi miembro. ¡Y pensar que aún era más virgen que aquellas escuinclas a las que espiaba impunemente!
Pero la impunidad no fue eterna. Mi hermana advirtió mi pasión a la larga y decidió jugarme una mala broma. Eternamente le agradeceré que me haya convertido en su hazmerreír y el de sus amigas, pero no niego que en su momento el hecho fue embarazoso. Con frecuencia, las charlas entre mi hermana y sus amigas culminaban en el cuarto de televisión, donde una enorme pantalla y un reproductor de dvd’s hacían las delicias del trío de chicas. Preparaban palomitas de maíz, servían refrescos y, normalmente descalzas, se apoltronaban en los muebles y veían películas a cuál más frívola. Yo pasaba de largo el cuarto y echaba vistazos al interior, asumiendo que ellas no notarían cómo mi vista se posaba en sus exquisitos pies cubiertos por calcetas. Cierta vez, una de mis andadas fue interrumpida por mi hermana, cuya mayoría de edad le permitía, según ella, darme órdenes. Me llamó a la habitación donde ella y las otras se divertían, y sin miramientos me ordenó que a las tres les masajeara los pies. Tragué salvia, enrojecí. Prorrumpieron en carcajadas, lo que me afectó emocionalmente. Sin embargo, la orden era seria. Traté de salir cabizbajo, pero una de ellas cerró la puerta y, con gesto altivo, me recomendó que obedeciera a su amiga.
Se burlaron de mí hasta la saciedad, aunque el masaje fue bueno. No pude contenerme y besé las plantas varias veces, lo que divirtió a las chicas. Lejos de considerarme un masajista consumado, al que pudieran recurrir en lo sucesivo para apagar dolores plantares, me tacharon de pervertido y se dispusieron a castigarme. Yo aún no era adolescente, de modo que no les fue difícil someterme. Pese a mis forcejeos, varios manotazos y rodillazos me pusieron de bruces en el piso. Las niñas me mantuvieron bocabajo, y acto seguido se quitaron las calcetas y las usaron para atarme de pies y manos. Mi hermana tuvo la iniciativa de descalzarme, pues mi gusto por las plantas de los pies exigía, a su ver, que las mías también participaran de la diversión que estaba por venir. Había un clóset en la habitación, donde mi padre guardaba algo de ropa vieja, entre ella algunos cinturones. Mis dominadoras comenzaron por golpearme la cara con los empeines, obligarme a lamerles las plantas, chuparles los deditos y decir frases humillantes para mí, y a la postre, tras amordazarme con pañuelos viejos y sucios, la emprendieron a cintarazos contra mis jóvenes plantas, mientras el pie derecho de mi hermana se mantenía posado en mi nuca. El dolor fue extremo, pero también lo fue el placer. Estaba tan bien atado, y las domadoras me castigaban con tal maestría, que supe cuál sería la razón de ser de mi existencia: servirlas hasta que me sobreviniera la muerte.
Pero el destino me obligaría a seguir otros derroteros. Mis sesiones de adorador de pies continuaron, y tanto mis amas como yo supimos escoger el momento idóneo para no ser pillados por mis padres. Cuando mi hermana creyó conveniente inaugurar mi etapa de semental, introdujo las masturbaciones en los juegos; ellas echaban volados para determinar quién sería la primera en ordeñarme, mientras yo yacía ya de espaldas (normalmente atado), ya empinado y abierto de piernas (posición que más me gustaba). Entonces, una finas manos o, mejor aún, un par de excelsos pies jalaba mi pene una y otra vez, mientras un cinturón me cruzaba la espalda o un rico empeine se impactaba contra mis costillas. El semen derramado acababa untado en mi culo, donde mis amas esperaban que se secara para, acto seguido, combinarlo con cera ardiente. Sin embargo, sabían tan bien lo que hacían que jamás me hirieron de verdad. Aclaro que siempre llevaban a cabo los castigos con sus uniformes de colegialas.
Nunca tuve la fortuna de penetrarlas. Era obvio que no les interesaba ser tomadas por mí. Acaso me consideraran demasiado joven. De cualquier modo, no se quedarían sin preparar cuidadosamente una penetración. Una de las amigas de mi hermana llegó un día acompañada por su hermano, un joven de mi edad. Su afeminamiento fue claro al punto. De inmediato quise enterarme de lo que pretendían, y en respuesta obtuve, de parte de mi hermana, un rodillazo en los testículos y un puñetazo en el rostro. Quedé en el piso, atontado y con la nariz punzante. No opuse resistencia mientras me ataron con brazos y piernas extendidos. Una de mis amas me amordazó con la mitad de su lindo pie, que introdujo en mi boca hasta que su dedo gordo rozó mi garganta. Entonces, el hermano afeminado, enteramente desnudo, se arrodilló entre mis piernas y procedió a felarme. Me agité por un rato, pero después, sin necesidad de que mediara un golpe o algo peor, me calmé y me dejé llevar por el éxtasis. El joto era experto mamador. Ni una sola gota de mi semen se derramó, pues él lo bebió todo. Ahí no terminó mi martirio, pues faltaba la sodomía. Mi hermana y una amiga me desataron los pies y levantaron mis piernas hasta poner mis tobillos a la altura de mis sienes. Mi culo quedó expuesto a la embestida del afeminado, quien no tardó en metérmelo hasta el fondo, arrancándome un gemido horripilante. Como mordí el pie de la que me amordazaba, lo sacó de mi boca y durante dos minutos me pateó la cara. Perdí el sentido.
Se habituaron a añadir al afeminado en nuestras sesiones. A él no le importaba recibir, de modo que me dejó penetrarlo varias veces, cosa que hice obligadamente, al tiempo que apenas evitaba llorar. Mientras yo deslizaba el falo en el recto del joto, mi hermana me decía al oído cosas repugnantes, y me aseguraba que yo jamás tendría a una mujer. Cierta noche, harto de sus anatemas, quise ponerle un alto a base de bofetadas, pero ella y sus compinches, quienes en la escuela tomaban karate desde hacía año y medio, me hicieron ver mi suerte a punta de puntapiés, codazos y patadas. Para justificar los moretones ante mis padres, inventaba una y otra vez que me habían asaltado cuando volvía de la escuela.
El fin de mis encantadoras sesiones de oprobios se debió a la irrupción de mi padre. Supongo que llevaba tiempo sospechando que algo sucedía durante su ausencia, de modo que decidió salir de dudas. Nos engañó en una ocasión; en lugar de marcharse, envió lejos a su chofer, pero él se ocultó en algún punto de la casa, desde donde vio la llegada de las amigas de mi hermana y del maricón. Diez minutos después de comenzado el espectáculo, entró rabiosamente en el cuarto y se quedó boquiabierto. Sus elevados principios morales lo impulsaron a escarmentarnos. Las habilidades marciales de las chicas fueron inútiles; mi padre era enorme y sus manos tenían una fuerza descomunal. A base de nalgadas, bofetadas y puñetazos nos dejó a todos en el suelo. Al marica le fracturó una clavícula y le reventó un testículo. Su labor de abogado le permitió que las autoridades nos sentenciaran rápidamente; mi hermana y las otras acabaron en un correccional femenil, el joto fue inscrito en un seminario y yo acabé en una clínica para enfermos mentales, pues mi padre se había empeñado en quitarme lo pervertido de un modo u otro.
Jamás volvió a dirigirme la palabra, pero se mantuvo al tanto de mi tratamiento. Ignoro qué fue de mis amas. Creo que salieron al fin y decidieron conocer el mundo mochila al hombro. Me gustaría reencontrarlas algún día. En cuanto a mí, me entrevisté con numerosos médicos y di muestras de recuperación. De las terapias se dedujo que no era homosexual, y la falta de encuentros fetichistas relajó mi gusto insano por el pie femenino. Además, las enfermeras y doctoras que me rodeaban eran demasiado feas como para que me interesara explorar sus extremidades inferiores. Por fin fui dado de alta.
En casa traté sólo con mi madre, para quien era chocante hablarme. Lo hacía por órdenes de su marido. Ella se encargó de vigilarme mientras yo terminaba la preparatoria y empezaba la universidad. Me obligaron a inscribirme en la carrera de derecho (me hubiera gustado ser fotógrafo). Tan frío era el proceder de mi madre para conmigo, que a la larga me habitué a caminar por las tardes. Quizá mis padres consideraron que no era peligroso dejarme salir solo. En la clínica les habían asegurado que, en realidad, yo era inofensivo, pues los hechos que determinaran mi reclusión habían dado a entender un carácter pasivo y masoquista.
Paseaba un día cuando divisé a lo lejos a una chica de uniforme. Me quedé inmóvil mientras mil memorias se agolpaban en mi mente. Evoqué todas las porquerías a que me sometieran mis amas en el pasado. Eché a correr cuando vi que la joven desaparecía de mi vista. La vi entrar en un edificio de tres pisos. Me quedé en la acera opuesta, ávido de verla aparecer por alguna ventana. Quiso el destino que una luz se encendiera y la figura de ella apareciera ante la ventana; extendió los brazos para tomar la cortina y, justo antes de correrla, miró hacia abajo. Su vista se clavó en mi semblante extasiado, notó la impresión que me causara y adivinó sin duda mis intenciones. Me mandó un beso y cerró la cortina. Desde entonces fui tenaz en mis visitas al edificio; por semanas me bastó con ver a la hembra desde la acera de enfrente, y en ese lapso lo más que vi fueron sus senos, que exhibió impúdicamente ante mi demencial mirada. Me cuidé de manifestar síntomas de recaída ante mis padres y me propuse conquistar a la colegiala.
¡Finalmente tendría a una mujer! Los años y el sufrimiento en silencio me habían enseñado a ser paciente. Me juré que sería prudente y hasta caballeroso en el transcurso de mi empresa. Llegó el día y desde la mañana vagué por las cercanías de aquel edificio. Súbitamente me tocaron un hombro; me volví y hallé a la colegiala ante mí, sonriendo de tal forma que al punto tuve una erección. Ella suspiró, encogió los hombros y, por último, me tomó de la mano y me hizo seguirla. Creí que soñaba. Sin decir palabra alguna me condujo al departamento, donde resultó que vivía sola. No bien cruzamos el umbral, rodeó mi cuello con sus brazos y me besó la boca. La estreché contra mí para que advirtiera cuán excitado me tenía. Emitió una risita, deslizó una mano hasta mi entrepierna y acarició mi pene duro. Lo sacó y, tras arrodillarse lentamente, empezó a chuparlo. Me recargué contra una pared y cerré los ojos. Mamaba extraordinariamente. Comprendí que me dejaría terminar en su boca y por ello fui dichoso. Me vine justo en su garganta, que hizo algunos ruidos mientras el líquido caliente y espeso transitó por ella. Tembloroso y bañado en sudor, me deslicé pared abajo y acabé en el suelo, jadeando y con la verga al aire, cada vez menos erguida. Entretanto, ella, cuyo nombre yo aún no sabía, se puso en pie y comenzó a desvestirse.
En lugar de calcetas traía medias blancas que le llegaban a la mitad del muslo. Cuando se quitó los zapatos me lancé de bruces a sus pies, que eran pequeños y gozaban de imponentes arcos. Los acaricié, lamí los empeines, apenas mordí los talones.
—Así que te gustan los pies —dijo ella, sentándose en el suelo sin que sus deliciosos pies se movieran de mis manos. Agregó: —Seguro que esto también te gustará.
Elevé la vista con gesto extrañado, y entonces me topé con la verdad. Ella era un travestido. Su pene superaba al mío en tamaño y estaba totalmente erecto. No supe si reír o llorar. ¡Y le había adorado los pies! Pretendí levantarme para emprender la huida, pero ella, con asombrosa rapidez, me aplicó una tijera al cuello con los tobillos.
—¿Adónde crees que vas? —dijo, mientras yo empezaba a sofocarme.
—Creí… —gemí—, creí…
—¿Que era mujer? Lo soy, sólo que tengo algo extra.
Notó que mi pene volvía a erguirse. Era tan perspicaz que adivinó mi gusto por ser sometido. Apretó las pantorrillas en torno a mi cuello para hacerme confesar que me gustaba ser maltratado. Enseguida impactó las plantas de los pies contra mi cara. Caí de espaldas, semiinconsciente, pero resignado a ser vejado como antaño, ahora por un travestido implacable. De pronto sus rodillas quedaron a ambos lados de mi cabeza, que ella tomó para obligarme a chupar su enorme pene. No pude oponer resistencia. Chupé con vehemencia para acabar con aquello lo antes posible. Se contuvo cuando le faltaba poco para venirse, lo que me orilló a imaginar lo que tenía en mente. Mi afán de huir fue de nuevo sofocado con movidas de judo que, a decir verdad, me encantaron. Acabé empinado y con el culo al aire. Ella me penetró de una estocada, tan contundente que ni pude gritar. El grueso pene resbaló una y otra vez dentro de mi recto, causándome una exquisita humillación traducida en placer inconmensurable. Me ordenó masturbarme para que acabáramos al mismo tiempo. Obedecí y, gracias a la fortuna, eyaculamos a la par, yo sobre la alfombra y ella en mi interior. Fue tanta su leche que una porción salió de mi culo y acompañó a la mía, que había dejado un charco en la alfombra.
Pretendí descansar, pero mi nueva domadora tenía otros planes. Me aplicó una dolorosa llave, de la que no me liberó sino hasta que le conté mis inclinaciones en materia de sumisión. Me aseguró que seríamos una excelente pareja. Ya se había cansado de la soledad y de amantes ocasionales, de modo que me mantendría a su lado por siempre. Mis protestas fueron inútiles. Me ató y amordazó magistralmente, y al cabo me propinó un bastinado que amorató mis plantas. Según ella, mis padres creerían que la locura me habría forzado a huir. De todos modos, no me extrañarían. En mi fuero interno supe que tenía razón.
Mi nueva ama y señora me ha ordenado que escriba esto. Desde hace años la sirvo fielmente, gozando de sus bizarros tratamientos y ofreciéndole mi culo para saciar su inagotable ansia de placer y dominio.


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