Te quiero desnudo sobre la cama, relajado, tus manos entrelazadas, tu cabeza apoyada en ellas, los ojos cerrados. No los abras, que quiero que me sientas y me escuches y me huelas pero no que me mires. Voy a hacerte gozar. Te lo susurro en el oído, casi rozando tu oreja con mis labios. No abras los ojos aún, ahora que puedes. Después no podrás, aunque quieras. Será tanto el placer que sientas que serás incapaz de abrir los ojos.
No los abras, ahora que me estoy desnudando para ti. Te quiero así, como estás ahora, con la polla aún caída. Me excita su flacidez, pensar que la haré crecer con el simple roce de mi aliento, que la haré mía, mi posesión, mi juguete, mi instrumento, mi dulce caramelo para mi boca hambrienta de deseo. Me estoy desnudando para ti, lentamente, despegando la ropa de mi piel ardiente. Me quema la piel al mirarte, desnudo sobre la cama. Me arden los pechos libres de sujeciones, prisioneros ahora de mis propias manos que palpan, estrujan, pellizcan mis pezones de miel y de canela, para que sean puntas de fuego cuando rocen tu cuerpo desnudo. Me arde el coño como un volcán de pasión contenida e incontenible, a punto para la erupción, para la riada del placer que verteré en ti, que verterás en mi.
Mis manos y mis labios toman posesión de ti, de tus pies, de tus piernas. Los recorren las primeras, con profundas caricias. Las imitan los segundos con tiernos besos. Y siguiendo la estela de mis dedos y mi boca, mis pezones que surcan tu piel, el vello suave de tus piernas varoniles. Los sientes, duros, afilados como puntas de fuego para quemarte de deseo.
Posesión de ti. Posesión de tu verga caída, conquistada por mis manos y mis labios. Las primeras la levantan para dejarla caer sobre tu vientre. Los segundos exploran la tierra aún virgen de tus cojones. Saben que ellos guardan el oasis, el bendito maná de tu leche caliente que saciará mi sed. Tengo los labios resecos de lujuria. Necesito que los mojes con tus jugos de hombre, con la espesura de tu esperma guardado para mí. Lo quiero todo para mí, me pertenece entero. Te exprimiré hasta la última gota. Que nada ni nadie pueda disfrutar de una sola gota de esa leche que es mía.
Ya puedes abrir los ojos, ahora que tu polla ha crecido, henchida por la sangre agitada por mis besos, por mi lengua lasciva que ha recorrido, palmo a palmo, cada centímetro de carne, de la base hasta la punta de tu glande poderoso, descubierto, altivo, que desafía mis labios aún cerrados sobre él. Abre los ojos, ahora que puedes. Porque cuando mis labios se abran, cuando mi boca engulla tu polla levantada para mí, ya no podrás mantenerlos abiertos. Solo podrás sentirme, sentir la humedad de mi saliva desbordada sobre la carne apretada entre mis labios golosos que se deslizan suaves, hacia abajo, hacia arriba, plegando y desplegando la piel de tu verga cada vez más endurecida y caliente y mojada. Solo podrás escucharme, oír mis latidos punzantes, mis jadeos rotos por tu polla rasgando el velo de mi paladar, hundida en mis pómulos marcados por la redondez del capullo enardecido en el interior de mi boca. Solo podrás olerme, inundarte de mi olor de hembra poseída de deseo. Solo podrás tocarme, desanudar tus manos para alcanzar mi cabeza, para acariciar mi pelo rizado, para dominarme al fin, para que seas tú quien acabe marcando el ritmo de mis pulsaciones, de mi boca penetrada que devora tu polla alocadamente, desenfrenadamente.
Junta tus piernas para frotar contra ellas mi coño vacío, para quemarte las piernas con la ardiente lava de mi sexo anegado de pasión. Y grita, grita de placer, cuando mi boca cansada muerda la piel de tus cojones hinchados, para dejar que sean mis manos las que se cierren alrededor de tu polla, las que estrujen tu polla, las que suban y bajen por tu polla. Grita, grítame que soy tu zorra, que soy tu puta, que soy la princesa esclava de tus sueños.
No podrás abrir los ojos cuando mis labios apretados contra tu glande, cuando mis manos agarradas al tronco de tu verga, te lleven al éxtasis del orgasmo infinito y electrizante, al placer de tu semen saliendo a borbotones, manando como un surtidor intermitente, regando del bendito maná de tu leche caliente mis labios sedientos, mi rostro aniñado, mis manos aún cerradas.
Hasta la última gota que me pertenece.
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