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Mi primera vez y al otro lado del Atlántico   (Primera vez)
 
AUTOR: Marcos
 

A fuerza de recordar, la memoria, a casi todo lo agiganta.

Hubiera apostado que la casa donde nací,  en los aledaños de Florencia en Italia, era enorme. Al regresar, veinte años después de haber emigrado, no lo era tanto y todo a su alrededor había cambiado.

Ocupaba un extenso terreno triangular, cuyos lados estaban formados por el encuentro de dos rutas importantes y una calle.

La “casona” seguía en su lugar, por supuesto, pero desde muchos edificios vecinos la podían mirar desde arriba. Ahí, donde estaba “mi” cerezo (mío porque había nacido de alguno de los carozos de cerezas de huertos vecinos, “robadas” cuando tenía 5 o 6 años, con el permiso tácito del propietario.) hoy se elevan grandes monoblocks que “expelen” y “engullen”, a toda hora, seres humanos de toda edad y sexo que retiran o detienen un número alucinante de autos, camionetas, motos,...de todo espacio cercano que sea o se asemeje a un lugar de estacionamiento. Por las tardes, los edificios, proyectan su sombra sobre lo que alguna vez fue el terreno de explotación agrícola de mi familia paterna, y aún más lejos.

Una sombra mucho más corta era la que podía dar “mi” cerezo. Era un árbol de tronco bajo, ubicado en el límite de la propiedad y con los arbustos próximos que lo rodeaban, formaba un especie de “recinto” protegido del sol y de las miradas. Pasé muchas horas, al abrigo de sus hojas, las  tardes de verano en que me sentía triste, o simplemente necesitaba estar solo conmigo. Como todo adolescente vivía una etapa mística y mantenía frecuente diálogo con el Creador. Faltaban años para que me convirtiera en agnóstico. Debajo o encaramado en el cerezo  prometí a Dios una cantidad de sacrificios a cambio de un sinnúmero de  intervenciones divinas para torcer el curso de los más variados acontecimientos – encontrar la figurita difícil para el álbum, dar vuelta un partido de fútbol, torcer la negativa de mi madre a la compra de una nueva bicicleta, o dejaba volar mi imaginación (fui guerrero, cazador, aviador, estrella de fútbol, astro de ciclismo, etc...

Y con escasos catorce años, bajo sus ramas, me despedí de mi “novia “ de la infancia:

Creo que no usábamos la palabra novios para el lazo que nos unía. Paola, era flaquita, de lindas facciones, largas piernas (hermosas para mi), cabello suelto muy negro, tímida, simpática, de habla ingeniosa y de risa fácil. Su padre era un tipo “enorme” de pocas pulgas, fumaba permanentemente y saludaba de mal humor. Tenía, Paola, un hermano, “Aldo”, mayor con menos pulgas que las del padre: le había dado una soberana paliza a uno de los chicos, “Mario” que se vanagloriaba, con otros, de haberle puesto una mano debajo de la blusa a Paola. Ella admitía de haberlo besado al odioso tipo, pero negaba haber consentido la caricia en las tetas.

A veces yo le creía y otras sentía una insoportable puntada.

Faltaban dos días para mi regreso a Roma, donde vivíamos todo el año salvo durante las vacaciones de verano que las pasábamos con la familia paterna. La semana siguiente,  en Nápoles, abordaríamos el barco hacia ultramar. Nos refugiamos los dos bajo el cerezo para compartir un rato, que sospechábamos sería y, efectivamente fue, el último, a solas. No tardaron en llenarse sus ojos de lágrimas de tristeza por la separación y las mutuas promesas de no olvidarnos.  Nos besábamos de tanto en tanto. Sin buscarlo sobrevino el deseo, la pasión que a cualquier edad tiñe de sus propios colores el escenario y desdibuja los demás; los besos se prolongaron  y  mis caricias fueron resbalando bien abajo de las mejillas y recorrieron lentamente su espalda, la tibieza de su pecho. Paola tenía definidos dos puntos, dos  líneas,  debajo de su cintura y en sus piernas. Por debajo de la primera y por encima de la restante estaba prohibido pasar. Eran como el muro de Berlín, o la frontera que separa las dos Coreas. Y había sido  rigurosa en los intentos anteriores de trasgresión: siempre había sonado la alarma y también algún empujón ó cachetazo. Pero ese día Paola estaba permisiva, tal vez por la proximidad de la separación. La resistencia que opuso al avance de mi mano  fueron sólo  unas débiles ordenes o protestas:

 

-¡noo!...¡nooo!!..-

-¡paraaa!..-

-.....¡terminala!,....Marco.....¡non debes!,....-

 

Superada la “línea”, en sus piernas, mis dedos temblorosos siguieron progresando raudamente hasta alcanzar su sexo.

-..¡Ahí noo!....non me toques ahí!....non me toques ahí......-

¡Por fin lo podía acariciar..!!!

Era la primera vez en mi vida que palpaba el órgano femenino y, a pesar de que aun se interponía la tela de la bombacha, yo estaba encantado, hipnotizado. Paola había acallado los “¡noo!...¡nooo!!..”, entreabierto las piernas y movía suavemente la pelvis. Mis oídos captaban su excitación delatada.

Soltó apenas un par de:

-¡ahora baaaasta!....-

pero estaba a gusto y no hacía nada, con sus manos, para realmente interrumpir la invasión de su intimidad.

Necesité juntar coraje, (casi podía sentir arder en mi cara  los cachetazos que había visto propinar al hermano por mucho menos que eso) para, sin dejar de acariciar  suavemente su tibia entrepierna, subir la apuesta y proponerle en dialecto:

 -Que linda conchita, ....está calentita calentita....¿queres coger?“-.

Interrumpió los besos, me miró como quien le cuesta creer lo que ha oído:

-Noooo!!..¿sos locooo?...nunca lo hice...-  dijo increíblemente ruborizada, pero no hizo ademán ninguno de interrumpir las caricias. Las yemas de mis dedos seguían recorriendo, ida y vuelta, los labios de su cuevita sin oposición alguna para frenarlos.

-No tenes que decir estas cosas.....Marco....no debes pedirme lo que no se puede...- me reprochó luego de una breve pausa.

Yo continuaba con las caricias; ya había “colado” dos dedos dentro del calzón.

Al no encontrar resistencia seguí progresando: introduje toda la mano y la palma, dentro de la bombacha, arrancó algunos gemidos de placer de Paola.

-Ahhh!!, aun queriendo, no podemos coger.....no somos marido y mujer- argumentó  transcurrido un buen rato de ese majase íntimo.

Lo estaba sopesando y no lo había descartado.

-yo tampoco lo he hecho alguna vez....¿quien dijo que sólo casados se puede?...- rebatí al oído sin suspender   las caricias en el sexo. Al rato volví a la carga:

-..hagamos una prueba...dale... ¿Si?”.

-¡Nooo!!...No debemos...No quiero...No..– rechazaba el convite pero sin la  contundencia con que se exterioriza una decisión inapelable.

Siguió aceptando, (las disfrutaba sin disimulo)  las caricias pero mis renovadas propuestas eran rechazadas aunque con convicción menguante. Al cabo de no se cuantos minutos, besos y caricias íntimas di con el resorte que aflojó su cerrada negativa:

-Dale,...siento que vos tenes tanta ganas como yo,...tenes la conchita calentita...-

-..y además yo viajo...y quien sabe por cuanto tiempo....-

-..no tendremos otra ocasión de hacer el amor juntos...-

-..será un pecado, una verdadera pena...que la primera vez suceda con otro y con otra –

-..nos queremos ¿O no?..me parece que no hay nada mejor que hacerlo por primera vez juntos los dos,...hoy....sin postergarlo....¿a vos que te parece?..-

Esta vez no dijo que no. Demoró largos instantes en resolver el conflicto entre el llamado de la carne, las lógicas reservas por entregarse, sus creencias religiosas , el pudor, el temor, etc..  al cabo de los cuales asintió  con el movimiento de la cabeza. No sabía si admitía el cariño mutuo o aceptaba la relación sexual propuesta.

            -Bárbaro....veras que será lindo, nos va a gustar..-  la apuré por las dudas

Demoró largos segundos la transición del gesto de aceptación a las palabras:

-...sólo un poquito ¿eh?...Pero si digo basta, vos parás..¿estamos? – admitió que la cogiera, pero a prueba, con el reaseguro de cortarla si no le agradaba.

-Si decis basta paro, ..enseguida – le garanticé. Con el embale que tenía no existía condicionamiento que no hubiese aceptado.

-Juralo -

-Lo juro...- mentí, mientras intenté poner mano a la obra para desembarazarla de la bombacha

-Vos no,... lo hago yo, y no me mires mientras me desvisto, …..me da verguenza.-

Dirigí lejos la mirada hasta que dijo que podía volverme, se había acostado cubriéndose hasta las rodillas con la falda acampanada dejándome sin posibilidad de curiosear su sexo; era obvio que sólo se había quitado el calzón. Volvió a ruborizarse intensamente y desvió sus ojos hacia la copa del árbol cuando comencé a bajar mi pantalón.

Así  ocurrió, quizás por influjo de las sombras: la del cerezo y la de separación inevitable, nuestra primera aproximación al amor físico. Ninguno de los dos tenía para poner en juego más que cariño, deseo,  predisposición y torpeza. Nos costó varios intentos fallidos la penetración, Paola dejó escapar algunas quejas o suspiros apenas audibles:

            - bastaaa ...noooo bastaa....no entraaa.. ...paráaa....me vas a lastimaar...paráaa...-

pero una vez lograda, a medias, cesaron. Hubo no poca ansiedad  e indecisión inicial, hasta que poquito a poco pude entrarle toda la verga, sin recibir protestas y, al cabo de unos cuantos entra y sale conseguimos algo de sintonía, de ritmo, de compenetración  y  comenzamos a disfrutar el uno del otro. A partir de ahí un placer desconocido me inundaba cada vez que me hundía en su cuerpo y  los acompasados  gemidos o suspiros de Paola, revelaban un goce simultáneo al que yo experimentaba. En ese momento quería que aquello no terminara jamás pero no tardó en sobrevenir mi orgasmo. Ella, supongo que al sentir el chorro caliente dentro de si, suspiró con mayor intensidad y prolongó los movimientos en vaivén de su pelvis, contrayendo la conchita como queriendo retener al “intruso”.  Deseaba tanto o más que yo seguir entrelazados, pero yo ya había claudicado, estaba exhausto. Al separar nuestros cuerpos  no puedo asegurar quien de los dos estaba más avergonzado, a ella le subía el rubor a las mejillas cuando nuestros ojos se encontraban; yo experimentaba una mezcla de mucha culpa por el “ilícito” el “pecado capital” cometido con la chica querida  y una pizca orgullo machista (por fin se la había puesto a una chica. No sólo tenía en mi haber masturbaciones pensando en chicas).

Nos cubrimos con urgencia.

- Mirá lo que hicimos....no tenías que empezar a acariciarme por todas las partes..-

- pero vos tambien me acariciarte mientras aceptabas las mías en tu conchita..-          

- si, pero no debíamos....no se debe coger así...es pecado...-

- pará......no te lo reproches...te gustó tanto como a mi...¿no es cierto?-

-talvez....,si...un poco....pero al principio...te dije un montón de veces “basta”...yo quería dejar pero vos,..nada, seguiste....-

-¡Si?....No lo escuché... –

-Sos un gran mentiroso.... - fue el seudo reproche, con el cual Paola se justificaba (una coartada, un alibi para su conciencia),  y adjudicaba lo sucedido a mi inconducta, no al deseo che ella también había sentido y no pudo reprimir.

No hubo encono. Volvieron los besos y aun más intensa que antes  la amargura y más copiosas la lágrimas por la despedida. Sentíamos un sincero cariño mutuo.

Creo, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, que el momento fue glorioso en nuestras cortas existencias.  Un obsequio de despedida sin igual, indeleble, más perdurable que las fotos que habíamos intercambiado horas antes. La  fotografía de Paola sonriente con una cariñosa dedicatoria en el anverso y las cartas suyas recibidas más tarde en Argentina, hoy se han extraviado. Con los años supe que se había casado y trasladado con su marido a otra región italiana, no volví a verla en mis viajes de regreso al suelo natal; ahora tendrá hijos, nietos y, quizás, un vago recordar de nuestro primer encuentro con el sexo.

 ¿O, tal vez, en su memoria queda un recuerdo tan nítido y pormenorizado como el guardado  en los archivos de mi mente?


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