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Privó el silencio   (Dominación)
 
AUTOR: Solelicker
 

Me mudé al viejo edificio y durante un mes no padecí mayores incomodidades. Gozaba de mucho silencio, indispensable para mi trabajo. Los vecinos eran reservados y el conserje no molestaba salvo cuando era preciso. Me enfrasqué en la corrección de las obras que me encargó la editorial. Mi concentración llegaba a su cenit cuando era incapaz de advertir mi derredor. Entonces el lápiz bailaba en mi mano y los símbolos se sucedían en los márgenes de las cuartillas.
Entonces llegó Eugenia. Su mudanza ocurrió una mañana de sábado y fue ruidosa. No logré dormir hasta tarde. Desperté de malas y toleré el horrísono trajín causado por los cargadores. Acarrear muebles hasta el cuarto piso fue difícil. La operación duró tres horas, en cuyo transcurso intenté en vano trabajar. Pensé en salir por un rato, seguro de que al volver habría pasado todo. Pero no tenía a dónde ir. Antes paseaba con Cynthia, pero nuestro rompimiento había agotado mi vida social. Me había abocado al trabajo y creía que estaría así para siempre.
Pero Eugenia me haría recapacitar sobre mis relaciones con mujeres y me ayudaría a superar mi malhadada relación con Cynthia. Nunca pensé que se había mudado sola al edificio. Creí al principio que una persona no necesitaría muchas cosas. A la larga supe que había dejado a su marido, quien la engañó vilmente en casa. Ella se llevó los muebles y se dispuso a pasar sola el resto de su vida. Había resuelto no volver a saber nada de los hombres.
Se ganó que yo la detestara. Su maldita costumbre de subir las escaleras (el edificio no tenía ascensor) a pisotones me sacó de mis casillas. Yo no veía por qué tenía que subir de esa forma. Lo hacía noche tras noche, entre diez y once, el mejor horario para el desarrollo de mi labor. La puerta principal me quedaba muy cerca, de ahí que oyera claramente cómo retumbaban los pasos de ella al pisar los peldaños. Mi concentración se destruía y me resultaba complicado recuperarla pronto.
Una noche quise salir al pasillo, interceptarla y pedirle que fuera discreta al subir, pues muchos vecinos ya dormían, mientras que otros trabajábamos. Sin embargo, cuando la vi por la mirilla me quedé inmóvil. Era hermosa. La contemplé extasiado mientras subía un tramo de escalera. Perdí mi oportunidad de originar una escena en el pasillo. Me gustaba creer que ella tomaría a mal mi atrevimiento e inauguraría una sesión de gritos mutuos.
Pero no olvidé mi propósito. Repasé varias opciones. El ruido nocturno de sus pasos no cesó, y mi trabajo interrumpido me obligaba a ocupar la mente en otras cosas. Pensé en hablar con el administrador, para que él, a su vez, hiciera lo propio con Eugenia. Deseché la opción porque sabía que aquel idiota enlistaría el punto para la próxima asamblea condominal. Yo jamás asistía a esas reuniones, donde los presentes se limitaban a hacer tiempo con tonterías para suavizar su monótona existencia. También consideré la alternativa de denunciar los hechos ante la Procuraduría Social, pero mi crónica desconfianza en la burocracia capitalina me forzó a olvidar la idea. Al fin se me ocurrió tomar el lugar del conserje.
David era un mudo casi enano. Para delatar su presencia ante un inquilino tocaba el timbre tres veces seguidas, y luego pasaba una nota debajo de la puerta, para indicar lo que quería. Su diminuto cuerpo no podía distinguirse por la mirilla. Una tarde, no bien llegué al edificio, lo abordé y mediante una nota le pregunté si ya había visitado a Eugenia. Asintió. Fue todo lo que necesité saber para llevar a cabo mi plan.
Me causaban tal coraje los pisotones de Eugenia que mi humor cambió. Me volví irascible y, noche a noche, parecía querer oír los pasos retumbantes, sólo para ponerme de peor talante. Aquello debía terminar. La responsable pagaría de forma tal, que en el futuro no reincidiría en su transgresión.
Había conservado una nota de David. Imité su letra lo mejor que pude. Anoté: “Debo verla.” Eugenia produjo su ruido usual, mientras yo rabiaba junto a mi puerta. Cuando el pandemónium se perdió en la distancia, sobrevino el tenue ruido de una puerta abriéndose y cerrándose. Era el momento. Salí de mi guarida, miré a diestra y siniestra y no hallé testigos. Con pasos de seda subí al cuarto piso, donde ni siquiera había luz. Me acerqué de puntillas ante la puerta de Eugenia, toqué el timbre tres veces seguidas y acto continuo deslicé la nota por debajo de la puerta. Me coloqué a un lado de la mirilla.
Por cinco segundos no escuché ruido de pasos. La puerta se abrió de súbito y sin pestañear procedí. Cubrí la boca de Eugenia y la empujé al interior de la vivienda. Cerré a mis espaldas con cierta violencia, pero no la bastante como para intrigar a algún vecino. Eugenia gemía e intentaba quitar mi mano de su boca. Durante el forcejeó noté que estaba descalza, lo que explicaba por qué no había escuchado sus pasos cuando se acercaba. Sus pies eran bellos, y las medias que los recubrían los embellecían aún más.
—Debo disciplinarte —le dije al oído.
Gimió apenas. La arrastré hacia su habitación y la tumbé bocabajo en la cama. La previne que le rompería el cuello si gritaba. Le destapé la boca y me gustó que permaneciera callada. Se había echado a llorar, pero evitó hacerlo con ruido. La preparé entonces para un extenso bastinado. Le até las manos a la espalda, luego los tobillos y, por último, uní ambos al nivel de las nalgas con una tercera cuerda. La mordaza fue una mascada roja que hallé en un cajón de la cómoda. No evité adorar las deliciosas plantas que laceraría; las acaricié, besé y lamí por media hora. Advertí que esa actividad excitaba a Eugenia, quien ya no lloraba. Ahora emitía gemidos apenas audibles, que significaban el placer que le producían mis maneras.
Pero yo la había visitado para corregirla, no para complacerla. Afiancé los nudos, me quité el cinturón y, sin previo aviso, la emprendí a azotes contra las tersas y perfectamente enarcadas plantas. Soy fuerte. Cada golpe obligó a Eugenia a retorcerse de dolor, así como a proferir gritos ahogados que sólo me compelían a proseguir mi castigo. Cuando mi brazo se cansaba, reponía fuerzas haciendo cosquillas en las enrojecidas plantas. Entonces Eugenia reía y lloraba a la par. Luego los azotes recomenzaban.
Finalmente Eugenia se desmayó. Desgarré las medias y examiné las regiones lastimadas. No supe si me había excedido. En caso de que algún nervio se hubiera dañado severamente, quizá Eugenia no volvería a caminar bien. Con tal de salir de dudas, la desperté a base de cubetazos de agua fría, luego le desaté los pies y la levanté. Gimió patéticamente. Le ordené que anduviera. Lo hizo con lentitud, pero sin denotar estragos lamentables. La tomé por el pelo y le advertí al oído que, si seguía subiendo los escalones del mismo modo, su tratamiento se repetiría. Agregué que sería ocioso que me denunciara, pues yo alegaría haber sido invitado por ella para acometer un juego de adultos. La zarandeé por gusto, y ella cayó al suelo de rodillas. No me molesté en desatarle las manos. Me fui sin hacer ruido.
Desde entonces privó el silencio. Yo estaba exultante, pues no sólo había terminado con una de mis principales tribulaciones, sino que me sentía vengado del modo en que Cynthia me tratara. Para mi sorpresa, Eugenia se preparó para reemplazarla. Dos días después de su martirio se presentó en mi departamento. La hice pasar en virtud de la sumisión que afectó. Ya sentados en la sala, confesó su vida infernal al lado de su marido, y a la postre aclaró que disfrutaba del sadomasoquismo. El bastinado que le propiné la había fascinado. Propuso que nos convirtiéramos en amo y esclava. Acepté de buen grado.
Le ordené que se mudara a mi departamento. La ato mientras trabajo, y me ocupo de ella cuando termino. Mi máximo placer radica en tenerla desnuda en el suelo, bien atada y amordazada, y enrojecerle las plantas a punta de fustazos. Al final se las lamo para acompañar una masturbación. No necesito decir dónde termina el semen.


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