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Sueño erotico numero uno   (Fantasías Eróticas)
 
AUTOR: Vanessa
 

Mi nombre es Vanessa. Ya en otras ocasiones he relatado algunas de mis primeras experiencias relacionadas con el erotismo. En la historia anterior, narré mi primera experiencia lésbico-sensual (realmente, a pesar de que mi amiga y yo no llegamos a hacer el amor, sí era la primera vez que alguien me tocaba de esa manera… ¡y qué manera!). Pasó un buen tiempo antes de que Rebeca y yo pudiéramos tener intimidad nuevamente. Los primeros días en el Cole eran bastante agitados y hubo muchas tareas lo que nos mantuvo ocupadas, de tal modo que apenas teníamos tiempo para conversar en el salón; sobretodo yo, que tenía muchas ganas de platicar sobre lo que ocurrió en casa de su tía; pero francamente me apenaba comentarlo ahí, y como ya mencioné la oportunidad no se había dado por una cosa u otra. Además, a mi padre se le ocurrió la idea de convertir el cuarto de servicio que tenemos al fondo del patio trasero en un mini-spa, por lo que había cinco albañiles trabajando ahí colocando el mosaico y el jacuzzi entre otras cosas.

Un día, nos entregaron un citatorio a todas las estudiantes de Preparatoria donde se avisaba que habría junta el sábado y se esperaba fueran los padres de familia. A nosotras nos obligaron a asistir también y además con el uniforme. Mi padre y yo acudimos puntuales ese día y previo a la junta vi que Rebeca llegaba con su tía Penélope (de quien ya les he hablado) que vestía muy elegantemente y, por supuesto, luciendo muy atractiva. Cuando hicimos las respectivas presentaciones mi padre ya había desvestido a Penélope con la mirada, de arriba abajo y sobra decir que la atracción fue mutua, pues la tía también lo miraba con atención. Una vez terminada la junta (en donde se habló del reglamento, actividades y presentación de los maestros), Rebeca aprovechó para contarme los planes para su fiesta de cumpleaños que sería el sábado siguiente y me pedía que para evitar que me fuera temprano, le pidiera permiso a mi papá para quedarme a dormir. De reojo, noté cómo el susodicho platicaba animadamente con Penélope y que intercambiaban números telefónicos, lo que me puso un poco celosa. Entonces le comenté a Beca que sería casi imposible que mi papá me permitiera pasar la noche en su casa; y en un arrebato bastante audaz, me tomó de la mano y me llevó a donde estaban ellos y delante de su tía, pidió el permiso. Antes de que él pudiera decir nada, Penélope le insistió (aunque no mucho) que me permitiera quedarme, alegando que sería mucho más seguro pasar la noche ahí que tener que ir por mí, terminando su argumento con una sonrisa. Mi padre me dio el permiso.

Estando los dos en el coche, y de regreso de la junta, mi papá me preguntó cómo había conocido a la tía de Penélope (debo decir que me sonrojé con sólo recordarla con su traje de cuero) así que le conté que un día salimos temprano y Beca me invitó a comer a su casa y ahí estaba ella. Él mencionó que era una mujer exquisita (sí, esa fue la palabra), además de guapísima (¡si supieras!, pensé). Como empezó a molestarme tanta atención a la tía, le cambié el tema preguntando qué le había parecido la junta.

- Pues me da mucho qué pensar que nos insistan tanto a los padres que las cuidemos tanto… Entiendo lo del tabaco, lo del alcohol… ¡las drogas! Pero, oye ¿hasta el uniforme? Empiezo a creer que están en otro lado menos en una escuela.

- Es que algunas compañeras a veces no se miden papá… - ¿Por qué? - Pues, o sea, la falda la traen muy corta y se escotan mucho la blusa… - ¿A poco?

Y procedí a desabrochar mi blusa desde donde nacen mis pechos hasta donde se unen las copas del bra y la falda la recorrí hasta un poco más arriba de la mitad de mis muslos y mis calcetas las doblé hasta los tobillos. Hasta ese instante él había estado atento al camino y no me prestó atención cuando modifiqué el uniforme. Entonces crucé la pierna y le dije: - Así, mira…Se volteó a mirarme y abrió los ojos cual platos diciéndome: - ¡Huy! Oye nena, ¿no crees que exageras? - Pues la verdad no, - contesté - hay algunas que van más cortitas que lo que ves.

- Bueno, ahora ya acomódate la ropa bien… - ¿Te gustaría que usara así el uniforme? - ¡Cómo crees! Y aunque ya me había dicho que me arreglara, así me quedé y él no insistió. La semana transcurrió rápidamente y la noche del jueves hice planes para ir a comprar el regalo para Rebeca, además de comprar ropa para usar el sábado por la noche. En esas me encontraba cuando mi papá tocó a la puerta para darme las buenas noches y recordarme que al otro día tenía que atender unos asuntos fuera de la ciudad y que me encargaba que me quedara en la casa hasta que los albañiles se fueran… Me sentí frustrada pues mis planes se venían abajo. Además no me agradaba quedarme sola en casa con los trabajadores, aunque ellos estuvieran afuera, me ponía de nervios. Y rumiando mi amargura me quedé dormida.

Era el mediodía cuando llegué a la casa, me sentía cansada y fastidiada. Hacía un calor de los mil demonios y venía pensando en el camino en un baño fresco y una buena comida. Al abrir la puerta, oí ruidos en el patio trasero y recordé a los albañiles. Me dirigí a la cocina y desde la ventana pude verlos, me miraron y nos saludamos. Subí a mi habitación, me desnudé y me di un regaderazo rápido para sentirme fresca; luego, me vestí con una minifalda blanca y una playera que tenía a la mano para no perder tiempo, pues ya me gruñía la pancita de hambre, y me trencé el cabello, me puse unas zapatillas y regresé a la cocina. Me preparé unos emparedados, pues no había mucho que cocinar y cuando me disponía a dar el primer mordisco, noté cómo uno de los trabajadores me miraba con cierta envidia y la mirada hambrienta, lo que me hizo sentir mal. Entonces, preparé más bocadillos y también agua de limón, los coloqué en una charola con platos y servilletas y salí al patio a ofrecerles. Había cuatro de ellos afuera del cuartito que de inmediato se acercaron a comer, les pregunté por el quinto, que era al que llamaban el "Maestro" y era también el más grande de edad; me dijeron que estaba dentro del cuarto pegando los azulejos, aparté unos emparedados y un vaso con agua para él y se los llevé.

Abrí la puerta del cuarto y sin querer le pegué con ella al maestro que se encontraba detrás y agachado poniendo los mosaicos detrás de la misma, con el rebote, la puerta se cerró y el albañil se volteó para ver quién había entrado. Por estar en esa posición comenzó a mirar de abajo hacia arriba; esto es, mis piernas; hasta llegar a mi cara. Se levantó y vio la charola con los sándwiches.

- Le traje unos bocadillos y agua fresca - le dije.

- Muchas gracias, no se hubiera molestado… - me contestó.
De inmediato buscó dónde colocar la charolita con los alimentos. En el cuarto se encontraban algunos muebles que habíamos desechado con el paso del tiempo, estaban unas maletas con ropa de mi mamá, mi vieja cama de cuando tenía ocho años, un silloncito y una mesa de centro del cuarto de la tele… El hombre me quitó la charola y la colocó sobre la mesita de centro, cuando se agachó pude observar que en uno de los bolsillos traseros del pantalón llevaba una pequeña alcanforita, seguramente con alguna bebida alcohólica. Lo miré bien por primera vez: alto, como de 1.85, tez morena y ojos cafés, manos grandes, de tipo más bien fornido aunque con una pequeña pancita; aunque su cabello no estaba del todo encanecido, la barba de algunos días se le miraba blanca. Cuando notó que lo veía me sostuvo la mirada y yo me sentí intimidada por aquel hombrón (yo medía apenas 1.65) y me puse a ver cómo estaba cambiando el cuarto, pues ya me había acostumbrado a la poca luz, pues la cortina de la ventana estaba cerrada y tenía una luz tenue encendida.

-¿No va a comer? - me preguntó.

Estuve a punto de negarme, pero como de verdad tenía hambre me acerqué y tomé un emparedado, me disponía a salir cuando me dijo: - ¿Me va a dejar comiendo solito? Yo no supe qué decir y me senté junto a él en la camita.

- Es usted muy buena gente y muy bonita - me dijo.

- Gracias - le contesté.

- De seguro tiene muchos chicos de su edad detrás de usted… - ¡Ay! ¿Cómo cree? - ¿No? Qué lástima.

- ¿Por qué? - Porque si yo fuera más joven le pediría que fuera mi novia - él debía tener como 65 años- Y la llevaría a pasear a donde usted quisiera.
Esto último lo dijo muy cerca de mi oído y pude percibir su aliento alcohólico.

- Huele usted muy rico.
Y mientras me lo decía aspiraba cerca de mi nuca y ponía su manota en mi rodilla. Traté de zafarme, pero apretó aún más. Y entonces me besó.

Sentí su lengua y su aliento dentro de mi boca. Yo traté de zafarme, pero me abrazó y me era imposible moverme. Sus manos comenzaron a recorrer mi espalda y con su lengua recorría todos mis dientes. Algo dentro de mi quería gritar y salir corriendo de ahí, pero otra fuerza interior estaba disfrutando esas sensaciones. Entonces despegó su boca de la mía y sentí un leve tirón de la trenza hacia atrás, lo que me hacía mostrar el cuello que comenzó a morder y lamer… Le trataba de decir que no, que me dejara ir, pero cada vez que lo hacía me decía: "No pasa nada, no pasa nada… estás bien rica… te va a gustar". Una de sus manos jugaba bajo mi falda, sobándome las nalgas, pues yo tenía las piernas apretadas; mientras que con la otra me había levantado la playera y me estaba desabrochando el bra, siempre sin dejar de besarme y lamerme… Me tiró hacía atrás de la trenza, dejándome recostada boca arriba, con los senos fuera; con sus manos grandes cubría cada uno de ellos y los apretaba duramente, mordiéndolos de vez en cuando. Me levantó la falda e intentó bajarme las pantaletas, pero al ver que oponía resistencia me las rompió de un tirón, dejándole ver mi sexo que comenzaba a humedecerse… puso sus manos sobre mis rodillas y me abrió las piernas, dejándole libre el acceso a mi pubis, para que introdujera dos dedos, lo que me provocó un placer delicioso y había vencido mi poca resistencia, ya sólo quería dejarme hacer por él lo que fuera.

Bajó hasta mi sexo e introdujo su lengua que de inmediato encontró mi clítoris y dilató mis labios vaginales. Yo quería gritar de placer, pero me daba vergüenza, pues sabía que los otros albañiles se darían cuenta de lo que estaba sucediendo. El Maestro se incorporó y se bajó el pantalón y las trusas dejando ver un miembro de considerable tamaño, pero flácido.

- ¡Ven perrita! - Me dijo- ya sabía que te iba a gustar, esto era lo que querías ¿no? Me tomó de la trenza, me hincó ante su polla y me ordenó chupársela. Con muchos nervios lo tomé entre mis manos y lo introduje dentro de mi boca, sentí como avanzaba por entre mis dientes y me llegaba casi a la garganta, pude saborear un líquido salado que empezó a fluirle. Con tirones de la trenza dirigía mis movimientos hasta que su miembro se puso duro y tieso, me levantó de otro tirón y me recostó nuevamente boca arriba sobre la camita, levantó mis piernas, abriéndolas y me penetró.

Gemí de placer. Tuve conciencia de todo lo que había a mi alrededor. Sentí como mi cuerpo se hacía de agua, se escurría en medio de un calorcillo que subía de mi vagina a mis senos. A ratos pensaba que alguien iba a entrar y nos iba a ver y yo me moriría de la pena. Volvió a besarme, a chuparme los senos y morderme los pezones… Introdujo un dedo dentro de mi ano y vi venir el primer orgasmo… Para no gritar me mordí la mano. Se puso a gemir en mi oreja y eso me excitó aún más, yo también gemía y eso lo excitaba a él y así en un círculo vicioso hasta que pude sentir en medio de mis piernas cómo un líquido caliente y espeso me inundaba por dentro y me lubricaba mucho más… Otro orgasmo, yo veía estrellitas, me zumbaban los oídos… Y entonces se salió y yo me quedé con una punzada de dolor e insatisfacción, quería llorar; pero sentí cómo me daba la vuelta y me ponía a cuatro, me levantaba la falda y me penetraba en posición canina. Al sentir de nuevo su polla dentro de mí el orgasmo interrumpido regresó y mis tetas, con el movimiento se iban de adelante para atrás, hasta que por fin me escurrí toda en un inmenso y largo orgasmo…

Fue cuando me di cuenta que tocaban a la puerta con unos golpes muy fuertes, el albañil sacó su miembro y lo limpió en mi falda, se acomodó el pantalón mientras yo intentaba hacer lo mismo con mi ropa. Abrió la puerta y preguntó qué ocurría. Era uno de los albañiles que le decía que estaba sonando el timbre del teléfono, y sí, no oía el timbre…

Fue entonces cuando el sonido de la alarma del despertador me trajo de regreso a la realidad. ¡Todo había sido un sueño! Mi primer sueño húmedo. Al incorporarme, me di cuenta que la cama y las pantaletas estaban mojadísimas.


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