Mi mujer y yo estábamos pasando por una mala racha económica. Como vendedor de seguros, estaba acostumbrado a que mis ingresos variaran, a veces muy buenos, a veces pésimos. Afortunadamente aún no teníamos niños, por lo que después de 6 meses de escasas ventas y míseras comisiones estábamos apenas sacando lo suficiente para vivir.
Nuestro principal acreedor era el casero. Con dificultades lográbamos completar cada mes el dinero de la renta, y nuestro casero era un hombre enérgico y malhumorado que no nos perdonaba ni un día de atraso. Apenas llegaba el primer día del mes y se aparecía invariablemente exigiendo el pago oportuno, con su imponente anatomía llenando el vano de la puerta y una actitud notoriamente intimidante.
Susana, mi mujer, decía que si no fuera por la manera arrogante y prepotente con que siempre se presentaba, hasta le parecería un hombre guapo, porque era alto, masculino, con grandes manos y poblado bigote. Yo sentía un ramalazo de celos cuando la escuchaba hablar así, pero debía reconocer que el tipo tenía lo suyo, además de que su presencia siempre me intimidaba, haciéndome sentir nervioso, como si fuera un niño, temiéndole y siempre rogando para tener el dinero de la renta para no provocar su enojo y ser desalojados.
La situación económica no mejoró, y el fin de mes nos sorprendió sin haber conseguido juntar lo necesario para la renta. Cuando el casero llegó a cobrar de la forma acostumbrada, lo invité a pasar a la sala tratando de explicarle suavemente que aun no tenía el dinero. El hombre se sentó y me miró con mala cara. Sus penetrantes ojos negros parecían taladrarme, y yo, nervioso le rogaba que me diera un poco de tiempo para reunir lo de la renta.
Susana estaba poniendo la mesa para cenar, su falda corta dejaba admirar sus bien torneadas piernas, mostrando sus muslos blancos y firmes mientras se inclinaba acomodando platos y servilletas. Vi que el casero se la comía con los ojos, y en vez de reclamarle airado como debería haber hecho, agradecí que hubiera algo que disipara su enojo.
Yo seguía hablando, prometiéndole que no habría más demora, que me diera unos cuantos días más, y él apenas si me hacía caso, mientras no perdía de vista a Susana. Ella, coqueta, se dio cuenta del interés que despertaba en el casero, y yo no sé si por ayudarme o por puro placer, comenzó a inclinarse más de lo necesario. La falda le subía cada vez más, mostrando ya las pequeñas bragas negras que llevaba debajo, y el casero comenzó a revolverse inquieto en el sillón.
Me sentí paralizado. Primero por la rabia de ver a mi mujer mostrándose de forma tan vulgar ante aquel desconocido, después por la desfachatez del hombre, que sin disimulo se deleitaba con el espectáculo de mi mujer, y finalmente por mi pasiva presencia, dejando que todo aquello sucediera.
El casero se llevó una de sus enormes manos a la bragueta, y con sorpresa vi que sus pantalones mostraban un enorme bulto, y que sin vergüenza alguna se lo acomodaba, permitiendo que me diera cuenta de lo excitado que estaba con lo que mi linda mujer le estaba mostrando. A mi pesar, tuve que reconocer que a mí también me excitaba la situación, y en vez de detener las cosas en ese punto, dejé que continuaran.
El casero se puso de pie. Yo continuaba sentado frente a él, y mi cara quedó justo frente a su entrepierna. El bulto bajo los pantalones era ahora más evidente y mientras se acomodaba los huevos bajo la tela, el casero me dijo que tal vez podría darnos algo más de tiempo, siempre que nosotros lo tratáramos bien. Sus palabras quedaron flotando en el aire. Susana y yo nos miramos en silencio, hasta que ella le sonrió al casero y él se aproximó hasta ella.
Era tan alto que ella apenas le llegaba a la altura del pecho. Yo me quedé sentado en la sala, y vi que el casero la tomaba por la cintura y la apretaba contra su cuerpo, mientras buscaba su boca y la besaba apasionadamente. Los celos inundaron todo mi cuerpo, pero permanecí clavado al sillón, siguiendo la enorme mano del casero, bajando de la breve cintura de Susana hasta su trasero, metiéndose bajo la falda y acariciar golosamente las redondas nalgas de mi mujer.
Me sentía tan excitado y humillado al mismo tiempo que no tuve el valor de detenerlos. El casero terminó de meter ambas manos bajo la falda, sin dejar de sorber con ansia la lengua de mi mujer, y finalmente le bajó los calzones, allí, bajo las fuertes luces del comedor y a escasos metros de donde yo estaba.
El bigote negro y espeso descendió de la boca al cuello, mientras desabotonaba la blusa de Susana y liberaba sus lechosos y redondos pechos. Viajó hasta los pezones, erectos y rosados, y los mordisqueó salvajemente, logrando que ella gimiera de pasión. Continuó bajando por su vientre plano y suave, llegando hasta su entrepierna. Allí hundió la cara, descubriendo el sexo húmedo de Susana que yo tan bien conocía.
Su lengua, inquieta y caliente encontró la receptiva bienvenida de mi excitada mujercita, y Susana perdió los estribos, jalando con frenesí al hombre por los cabellos parecía querer meterlo dentro de ella, y él siguió enloqueciéndola de placer. Entonces se separó y la cargó en sus brazos, enfilando ambos hacia la recámara.
A punto de entrar, el casero volteó a verme y me sonrió con lujuria y picardía. El portazo que dieron al meterse en la recámara me hizo saltar en mi asiento. Me descubrí jadeando, más caliente que nunca en mi vida y sin saber qué hacer a continuación.
Me puse a dar vueltas por la sala. En un momento decidía entrar y matarlos a ambos, después optaba por sentarme a esperar, luego se me ocurría que demandaría al tipo ese y me divorciaría de la puta de Susana. Pero tenía la polla dolorosamente erecta, no pensaba con claridad, el deseo me estaba matando y finalmente no pude más y me saqué el miembro, masturbándome furiosamente y deteniéndome para no aceptar que estaba gozando tan increíblemente.
Cuando empecé a escuchar los gemidos de Susana no pude evitar acercarme a la puerta cerrada y pegar el oído tratando de escuchar algo. Mi polla dura asomaba por los pantalones y sin pensarlo más, salí por la cocina al jardín trasero y me arrastré hasta la ventana, donde me asomé sigilosamente. La escena me dejó fascinado.
Susana estaba en nuestra cama, completamente desnuda y abierta, sus largas piernas rodeaban la cintura del casero, que desnudo también la montaba frenéticamente. Parecía su dueño. Se impulsaba con fuerza y determinación dentro del cuerpo de mi mujer. Imaginé, porque no podía apreciarlo desde allí, su pene enorme abriéndose paso en la rosada vagina de Susana, y mi propio pene palpitó de envidia y deseo.
El trasero grande y velludo del casero subía y bajaba, permitiéndome ver únicamente sus gordos y pesados huevos golpeando inclementes entre las piernas abiertas de mi mujer. Susana le arañaba la espalda, clavándole las uñas como muestra inequívoca del enorme placer que estaba sintiendo. Comencé a masturbarme, y cuando ellos alcanzaron su estrepitoso orgasmo, mi semen brotó salpicando la pared y llenando mis dedos, mientras yo me sumía en el placer y la vergüenza de lo que acababa de suceder.
Cuando el casero se marchó, Susana y yo hablamos muy poco de lo sucedido. Al día siguiente, empecé a hacerle el amor, y cuando le abrí las piernas y vi su sexo enmarañado y húmedo no pude dejar de pensar en la polla dura del casero entrando en aquella cavidad, y tal vez ella pensó lo mismo, porque empezamos a follar con un frenesí que ya habíamos olvidado y tuvimos uno de los mejores sexos de nuestro matrimonio. Nos prometimos superar aquel incidente y continuamos nuestras vidas.
Al mes siguiente las cosas no habían mejorado y de nuevo llegamos al fin de mes sin tener lo de la renta. Sin decirlo expresamente, tanto Susana como yo esperamos expectantes la llegada del casero. Susana se había puesto más sexy y linda que nunca y sin pensarlo, yo también esperaba ansioso su llegada. Cuando sonó el timbre de la puerta salí a recibirlo. Su mano fuerte y decidida apretó la mía y lo primero que preguntó es si teníamos el dinero de la renta.
Cuando le dije que no, sus ojos se iluminaron y se relamió los bigotes con expresivo deleite. Me hizo a un lado y entró buscando con los ojos a Susana, que estaba poniendo la mesa para cenar, igual que la ocasión anterior. Antes de que cualquier cosa comenzara lo invité a cenar con nosotros, y él aceptó. Sin esperar que le indicáramos un lugar en la mesa, se sentó en la cabecera, como si él fuera el dueño de la casa en vez de nosotros. Sin decir nada, Susana y yo nos acomodamos a su lado, quedando frente a frente, y comenzamos a cenar.
Toda la cena estuvo cargada de insinuaciones. La tensión sexual flotaba en el ambiente y las miraditas y toqueteos del casero a mi mujer me tenían tan excitado como la primera vez, y por lo visto también a Susana. Nuestra mesa de vidrio permitía ver lo que sucedía debajo, y en más de una ocasión vi la mano del casero recorrer los blancos muslos de Susana y perderse bajo su vestido. También vi el generoso bulto de sus pantalones hincharse y cada vez que se toqueteaba la entrepierna me miraba y me sonreía, como presumiendo de su hombría y midiendo su potencia conmigo.
Cuando al final de la cena Susana intentó ponerse de pie para traer el postre, el casero la retuvo, y me indicó que yo lo sirviera. Eso me hizo sentir más humillado todavía, pero me puse de pie y obediente fui a la cocina por el postre. Al regresar, los bigotes del casero ya hurgaban los labios entreabiertos de Susana, que con los ojos cerrados aceptaba sus besos pasivamente. Serví el postre y me senté en mi lugar, a la espera de lo que sucediera.
El casero hizo a un lado todos los platos que tenía delante, y en su lugar colocó a Susana, recargada sobre la mesa y dándole la espalda a él. Mi mujer continuaba con los ojos cerrados y dejó que el casero le subiera el vestido hasta la cintura, desnudando su bello trasero frente a su golosa mirada. Clavó sus ojos en mí, mientras deslizaba las finas bragas de Susana hasta los tobillos, dejando sus rotundas nalgas desnudas y dispuestas frente a él. Tragué saliva al ver el hermoso culo de Susana a escasos centímetros del lujurioso rostro de mi casero.
Sus ojos no se apartaron de mí, mientras con la lengua recorría la carne temblorosa del trasero de Susana, abriendo poco a poco sus piernas hasta dejar aparecer la rosada rajita de su vulva. Los labios entreabiertos de su vagina eran una estupenda invitación para su lengua juguetona, que poco a poco se fue acercando sigilosamente a su centro de placer. Cuando la punta de la lengua alcanzó a rozar el clítoris excitado de mi mujer, la escuché gemir descontrolada y la polla me dolió de tan dura que la tenía, apretada bajo mis pantalones.
Entonces el casero separó aún más las piernas de mi mujer. Su raja, húmeda y apetitosa se abrió como una flor a la espera de ser devorada. Los dedos grandes y gruesos del casero cubrieron completamente el sexo abierto y frágil de Susana, sumiéndola en oleadas de placer. El hombre, no satisfecho con eso, tanteó sobre la mesa hasta acercarse el plato de la mantequilla, y tomando una generosa porción con los dedos se la aplicó a la sonrosada vulva de mi mujer.
Maravillado, vi la cremosa mantequilla derretirse al contacto del acalorado sexo de Susana, permitiendo que los dedos lubricados y aceitados entraran en su cavidad en un solo y definitivo empujón. Mi excitada y cachonda mujercita gimió como una loca cuando primero uno y luego dos mas, los dedos la penetraron, y su grupa se alzó, permitiendo un mejor acceso, mientras su pubis castaño se restregaba pornográficamente sobre el cristal de nuestro comedor.
El casero se puso de pie, para tener mejor apoyo y poder dedear a gusto la vagina abierta y excitada de mi esposa. De nuevo, al erguirse, fui consciente del notorio bulto de su entrepierna, y el casero, sin dejar que sus dedos abandonaran el cuerpo perforado de Susana, se abrió la bragueta con la otra mano, dejando que su miembro asomara, erguido y duro.
Esta vez no tuve que imaginarme nada. Allí, frente a mis propios ojos, el miembro cabezón y grueso brincaba de excitación. Su glande hinchado, goteando ya de líquido transparente, babeaba frente a mi rostro. Las venas de su tronco surcaban la piel, haciéndole verse poderoso y excitado.
Me miró y sin advertirme nada puso su mano libre en mi nuca y acercó mi rostro hasta su poderosa erección. No tuve elección, ni tiempo para pensar en lo que hacía. Mi boca se estrelló contra la piel tirante de su prepucio e involuntariamente mis labios se abrieron para recibirlo. El glande entró en mi boca, llenándola por completo, de forma total y autoritaria. El sabor de su sexo me tomó por sorpresa, desconocido y familiar al mismo tiempo. El tronco hinchado de su pene continuó su camino dentro de mi garganta, y atragantado, acepté su dominio y me doblegué a sus embates. Pronto, su polla entraba y salía de mi boca, a la par de sus dedos entrando vigorosos en la vagina resbalosa de mi mujer.
Cuando el miembro se hinchó aún más y parecía casi explotar en mi boca, temí que quisiera venirse dentro de mí y no poder soportar la humillación y el sabor del semen de otro hombre en mi boca, pero el casero retiró su grueso miembro y lo llevó hasta el agujero expectante y preparado de mi mujer. La penetró entonces, y esta vez pude verlo todo con absoluto detalle. Los labios vaginales de Susana se retrajeron al primer empuje de su poderosa polla. El miembro entró lenta y decididamente en ella, haciéndola gemir de pasión, y no detuvo su camino sino hasta sentir que los testículos topaban contra su cuerpo.
Me sentí fascinado y humillado al mismo tiempo. Me sentí menos hombre por presenciar la forma salvaje y grotesca en que se cogían a mi mujer sin que yo hiciera nada para evitarlo, pero mi polla opinaba diferente, y sin siquiera darme cuenta me abrí la bragueta y comencé a masturbarme mientras ellos cogían como conejos. Cuando el casero vio lo que estaba haciendo me sonrió y me palmeó la cabeza como si fuera un perro.
Me acercó después los dedos pringosos de mantequilla que minutos antes habían estado en la vagina de Susana, y yo los lamí mientras me masturbaba, perdido en el sabor de la mantequilla confundido con el de los jugos sexuales de Susana. Cuando mi clímax se acercaba, el casero me alejó la mano con la que frotaba mi pene, evitando que alcanzara el placer, y me indicó en cambio que lo mirara a él gozar con el culo de mi mujer.
Vencido, lo miré bombear el receptivo agujero de Susana hasta que su miembro explotó dentro de ella. Entonces se retiró, y no permitió que Susana se levantara, sino que la mantuvo agachada y le separó más las piernas y las nalgas con sus propias manos, hasta que ambos vimos cómo su sexo se estremecía y temblaba, y cómo lentamente comenzaban a escurrir de entre sus labios vaginales la mezcla suntuosa de semen, jugos vaginales y mantequilla. Me ordenó que me comiera aquella sustancia, y lo hice agradecido, mientras comenzaba de nuevo a masturbarme y alcanzaba un poderoso orgasmo de aquella manera.
Cuando saqué el rostro, húmedo y oloroso a sexo de entre las piernas de mi mujer, el casero ya se había marchado, y la renta del mes estaba cubierta.
Los días siguientes fueron confusos y extraños. La relación con mi mujer no era la misma de antes, y nuestras sesiones de sexo ya no tenían la intimidad de otras ocasiones. Finalmente lo hablamos y decidimos ambos que aquello no podía continuar. La única solución que encontramos fue que debíamos tratar de olvidar todo aquello, y para estar seguros de que no volviera a ocurrir, Susana buscó un empleo, lo cual nos permitiría salir adelante con la renta y no volver a caer en los mismos problemas con el casero.
Lo único malo era que el empleo de Susana era nocturno y eso nos impedía convivir como antes, pero lo preferimos así. Cuando el fin de mes llegó, teníamos más que suficiente para pagar la renta y ansioso, esperé que llegara el casero para aventarle el dinero en el rostro y decirle que ya no podría aprovecharse de nosotros nunca más.
Pero no lo hice.
Cuando llegó para cobrar, a la hora de la cena como siempre, yo estaba solo, pues Susana ya se había marchado a trabajar. Le abrí la puerta, y al verlo, toda mi determinación se esfumó. Volví a sentirme raro en su presencia, y cuando me hizo la pregunta acostumbrada sobre si tenía el dinero de la renta, no pude contestarle, y al verlo buscar a Susana con los ojos, sólo le indiqué que ella no estaba, y que no llegaría sino hasta mucho después. Eso pareció contrariarle, pero de todos modos entró y se sentó en la sala. Lo seguí mansamente, decidido a pagarle y exigirle que se marchara. Le dije que sí tenía su dinero y que iría a la recámara a buscarlo.
Cuando llegué a la recámara me senté en la cama para sacar el dinero del buró y la puerta se abrió. El casero entró decidido y tras percatarse de que efectivamente yo estaba solo y que de verdad Susana no estaba, algo se ilumino en su rostro. El conocido bulto de sus pantalones estaba presente, y el recuerdo de su pene hinchando entrando en mi boca la vez anterior me inundó de una extraña excitación. Sentía asco de haber hecho aquello, pero también un profundo deseo de que volviera a ocurrir. El pareció darse cuenta, porque sin mediar palabra alguna, se bajó la cremallera de los pantalones y se sacó la polla.
Se acercó a mí lentamente, y no lo detuve. Mi boca se abrió y acogí en ella la punta suave y lustrosa de su pene, permitiendo que su sabor me inundara y el olor de su pubis sofocara mi nariz. Los pelos negros y abundantes se desparramaban fuera de los pantalones y descubrí que estaba disfrutando todo aquello igual que las veces anteriores. La polla creció aún más bajo mis lamidas, y pronto la sentí vibrante y exigente, sin saber que más hacer para complacerla.
El casero me empujó sobre la cama y procedió a desnudarme. Yo lo dejé hacerlo, tan pasivo e inerte como un muñeco de carne. No quería participar voluntariamente de aquello, pero tampoco lo detenía. Cuando terminó de desnudarme él se hizo un poco hacia atrás. Desnudo, me sentí más vulnerable y sometido que nunca, y una oleada de extrañas sensaciones recorrió mi cuerpo, sobre todo al ver que él también empezaba a desnudarse.
No lo había visto totalmente desnudo ninguna de las dos veces anteriores, y me sorprendió su cuerpo fuerte y velludo, sobre todo su pecho poderoso cubierto de vello oscuro, y por encima de todo, su sexo, grande y exigente, brotando de su entrepierna como un mazo de carne dura y decidida. Los vellos de su vientre bajaban en un remolino que se extendía por todo su pubis y descendía hasta sus huevos, grandes y colgantes entre sus piernas.
Desnudo totalmente, se acercó a la cama, y yo me contraje ante su contacto. Pensé que sería asqueroso sentir todo ese pelo sobre mi cuerpo, acostumbrado a la suave piel de Susana, pero al sentirlo sobre mí, me sorprendí de su abrazo fuerte y sensual, y la caricia de su vello fue excitante y diferente.
Su rostro se acercó al mío y cerré los ojos. No deseaba ser besado por mi casero y apreté los labios con fuerza. Sentí su bigote sobre el cuello y las lamidas de su lengua junto a mi oído. A mi pesar, una oleada de calor recorrió mi espina dorsal. Las lamidas descendieron sobre mi pecho y los besos fueron a parar a mis tetillas. Descubrí entonces las poderosas sensaciones que eso lograba en mi cuerpo. Sin pensarlo, me relajé y excité sin más recelos y cuando su boca saltó a mi boca, mis labios desprevenidos le dieron cabida a aquella lengua exigente y conocedora.
Me besó en la boca por varios minutos y no tuve más remedio que aceptarlo. Ya para entonces sus manos grandes y fuertes recorrían todo mi cuerpo. Sobre todo mis piernas y lo que alcanzaba a acariciar de mis nalgas, pues yo estaba boca arriba con él encima. A mi sexo nunca lo tocó. Lo evitaba diestramente y sólo me acariciaba el pecho, las piernas y las nalgas.
Finalmente, después de varios minutos, con facilidad me giró sobre la cama, dejándome boca abajo. Entendí lo que seguiría y traté de evitarlo, pero ya la cosa estaba demasiado adelantada. Mis débiles intentos por detenerlo fueron fácilmente sofocados. Los besos en mi nuca y el peso de su enorme cuerpo sobre mis espaldas me hicieron mantenerme clavado en la cama.
Eso, y la profunda y cada vez mayor excitación que sentía. Cuando se sintió seguro de su poder sobre mí, me abrió las piernas y se situó entre ellas. Sus manos recorrieron mis nalgas, separándolas, abriéndolas, de forma que sus dedos y su lengua pudieron llegar sin mayores dificultades hasta mi ano, sonrosado y virgen. Me acarició el culo con unos dedos que parecían hacer magia sobre mi cuerpo. Su lengua logró sumirme en un estado de absoluta indefensión, y entonces me replegué obediente a sus deseos, dejándolo ahogar su excitación entre la raja abierta de mis nalgas.
Cuando lo sentí erguirse y acomodar su cuerpo a mis espaldas, cerré los ojos y esperé ansioso su siguiente movimiento. Su polla, dura y preparada se acomodó entre mis nalgas. La sentí rozar la raja de mi culo, la sentí presionar en su entrada, y la sentí perforarme mientras mi culo se estiraba para dejarle entrar. Mi ano, dolorido y tenso se afanaba en recibirle, y apretando los dientes contuve el dolor de la penetración, mientras por encima de todo seguía disfrutando de aquel maltrato. Gozoso, lo sentí por fin profundamente empotrado en mi cuerpo, lo sentí resbalar hasta tocar un sitio que nadie jamás me había tocado, y sus empujes violentos y decididos me sumieron en un frenesí de sensaciones jamás vividas.
Comencé a mover las caderas para recibirlo, para salir a su encuentro cuando me abandonaba y la punta chata y roma de su pene casi perdía el contacto con mi agujero, para entonces abrirse paso de nuevo y entrar de lleno hasta el fondo, hasta hacerme sentir que explotaría por dentro y el deseo me consumiría hasta hacerme arder.
No supe cuanto tiempo duramos así. Lo que haya sido fue un interminable duelo entre el placer y el dolor, entre la humillación y el goce, entre el suplicio de tener aquel fierro metido en la cola y el miedo de no volver a sentir algo así. Cuando por fin se vino, su leche caliente incendió mi cuerpo por dentro, y comencé a restregarme contra la cama, tratando también de que el roce de las mantas contra mi pene erecto me hiciera alcanzar el orgasmo.
El casero no me sacó la polla a pesar de ya haberse venido. La mantuvo dentro, permitiendo que en mi alocado frenesí por alcanzar el orgasmo tuviera siempre presente la sensación dolorosa y firme de su hombría dentro de mi cuerpo. Mi orgasmo llegó fulminante y poderoso, pareciendo venir desde regiones muy íntimas y secretas, dejándome extinguido y desfallecido.
El casero sacó entonces su polla de mi cuerpo. Lo vi ponerse de pie y comenzar a vestirse. Su pene, satisfecho y laxo ahora quedó escondido bajo los pantalones. Busqué a tientas en el buró el dinero de la renta, pero él no me lo aceptó. Sus manos recorrieron mi cuerpo desnudo hasta llegar a mis nalgas. Me las apretó cariñosamente y dijo que por este mes estábamos a mano.
No le comenté nada a Susana. Con el dinero de la renta no utilizado le compré un bonito vestido y la invité a bailar. Mientras bailábamos, traté de decidir lo que haría cuando se venciera el mes y se presentara el casero nuevamente a cobrar lo suyo. Aun faltaban 30 días. Apreté a mi mujer y con el suave ritmo de la música dejé esa decisión para después.
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