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Mi familia   (Amor Filial)
 
AUTOR: Verónica
 

Todo empezó hace veinte años atrás, cuando tenía nueve años. Vivía junto a mis padres muy bien y con un pasar económico bastante bueno, hasta que mi padre perdió prácticamente todo a causa de una estafa y malos negocios. Tuvimos que mudarnos a una casa pequeña, de solo dos dormitorios, donde el más pequeño se habilitó con entrada independiente para poder ponerlo en arriendo, mi madre tuvo que salir a buscar trabajo y mi padre desempleado buscaba también como subsistir.     

Los meses pasaban y lo único que mi padre conseguía eran trabajos pasajeros, la habitación nunca pudo arrendarse y mi madre (aún no se cómo) comenzó a trabajar de prostituta, con el tiempo comenzó a traer a sus clientes a la pieza que estaba vacía, no hace falta decir que en una casa tan pequeña era fácil escuchar todo lo que ocurría en ese lugar, aunque frecuentemente mi madre encendía la radio para que no se escucharan sus gemidos de placer. Mi madre era una mujer muy bella, de piel blanca sin manchas ni pecas, ojos color miel, cabello rubio, caderas anchas, cintura pequeña y pechos pequeños pero redondeados, así que empezó a tener mucho éxito en su nuevo “trabajo”, frecuentemente traía dos o tres hombres al día, o en la noche, he incluso, varios a la vez.

Al principio yo sólo escuchaba, tan sólo oír sus gemidos y el movimiento rítmico de la cama me hacían sentir cosas extrañas, y cada vez, sentía más curiosidad de saber que pasaba ahí dentro, entonces, un día, me di cuenta que las paredes eran de madera y que además habían sectores huecos, en donde con empujar un poco los restos de madera se podía ver al otro lado.       Nunca había visto esas cosas, sabía lo de las relaciones sexuales, pero nunca había visto una.   Desde que nos habíamos mudado a esa casa mis padres no tenían intimidad, ya que yo dormía con ellos en la misma habitación, y jamás los vi hacer nada.       Debo decir que fue fuerte, mi madre se retiraba la ropa con elegancia, y luego totalmente desnuda se arrodilló frente a un hombre de unos sesenta años, gordo lleno de pelos, con un pene corto y gordo, mi madre puso su boca en su miembro y empezó a lamerlo, luego prácticamente se lo tragó y lo saco de nuevo, lo hizo así muchas veces.    Luego el hombre la tomó bruscamente del pelo y vació su leche en la cara de mi madre, ella parecía disfrutarlo.   Luego la agarró por el brazo y la levantó violentamente, la lanzó a la cama, justo en ese momento, me descubrió mi padre.

Muy enojado me sacó de ahí y me preguntó qué estaba haciendo, yo, sin ningún titubeo le dije: -“estoy viendo como mamá tiene sexo con ese asqueroso hombre, parece gustarle mucho, no sé como puede gustarle, tu eres mejor”-   Si, la verdad es que mi padre era muchísimo mejor, alto, de espalda ancha, músculos bien marcados en los brazos, piernas y pecho, mentón firme, cuadrado, cabello negro, ojos verdes preciosos, y un trasero exquisito. Y además agregué: -“¡ese hombre tiene un pene pequeño!, el tuyo es como 3 veces mas grande, igual de gordo pero mucho mas grande, yo preferiría el tuyo, lo he visto cuando estas en el baño y dejas la puerta abierta”.    Entonces la cara de mi padre cambió del enojo a la perplejidad, se quedó mirándome como si no pudiera creer lo que yo había dicho, pero lo que yo decía era la pura verdad, y me enojaba mucho que mi mamá estuviera tan dispuesta a acostarse con un extraño horrible por dinero y que a mi padre lo dejara abandonado siempre.

Estaba tan perplejo que no me habló en todo el día, se acostó en la cama matrimonial mirando el techo, mientras se escuchaban los gemidos de mi madre al otro lado de la pared, yo me puse a mirar lo que pasaba, el viejo la tenia sobre él cabalgándolo, mientras apretaba sus pechos sin piedad, y yo de alguna manera morbosa quería estar ahí en el lugar de mi madre, de pronto sentí como mis bragas se mojaban y un calor recorría mi cuerpo. 

Desde ese entonces, yo siempre miraba los encuentros de mi madre en esa habitación y mi padre se sentaba en la cama a observarme, nunca volvió a decirme nada, y con frecuencia, después que todo terminaba, me abrazaba y me besaba tras las orejas y el cuello, me tomaba en brazos y me sentaba en sus piernas para que viéramos televisión juntos o comiéramos juntos, y entonces sentía su pene duro como un palo bajo sus pantalones.    Cuando cumplí diez años esas caricias cambiaron un poco y además de besarme comenzó a masajear mis piernas, espalda, y mis pequeños pechos que comenzaban a notarse, apretaba y frotaba mis pezones, mientras que yo naturalmente me excitaba y frotaba mi vagina en su pierna mojándome y mojándolo con mis jugos, también comenzó a alabarme, y a decir que era exquisito que me mojara así, que poco a poco estaba creciendo mas bella y que me quería mucho, sólo para él.

Durante las noches, cuando estábamos acostados juntos en la cama matrimonial y mi madre no se encontraba, me abrasaba tiernamente, mientras besaba mi cuello, mi cara y mis pechos, mordisqueaba mis pezones o los chupaba como si bebiera leche de ellos, me causaba tanto placer, hasta que me quedaba dormida.   Incluso, varias veces mientras mi madre estaba presente, discretamente pasaba sus manos por mis pechos y me sonreía con una hermosa mueca picarona.

Entonces yo empecé a ilusionarme, y a necesitar cada vez mas de las caricias de mi padre, lo único que deseaba era que me tomara y me hiciera suya tal como las cosas que veía que hacia mi madre, moría de celos cuando la muy puta se le acercaba y lo besaba o cuando imaginaba que cosas harían cuando yo iba al cole.   Pero mi padre no avanzaba mas allá, y los meses pasaban y yo le suplicaba que tocara mi vagina, que pusiera su miembro en mi y me penetrara, el sólo sonreía y me decía que algún día me daría un gran premio por esperar tanto.

A pesar de ser aun pequeña, era lo suficientemente astuta para saber que nada de esto debía decirlo ni en el cole, ni a mi madre, por lo tanto, para los demás siempre fui una niña modelo, de buenas notas y buen comportamiento, y a pesar de que mi cuerpo se desarrolló mucho antes que el de mis compañeras y por eso muchos niños comenzaron a buscarme, nunca acepté a ninguno, porque ninguno era tan guapo y maduro como mi padre.

Así que llegaba derechito del cole a abrazar a mi papito, y el me respondía con un delicioso beso francés, me retiraba la ropa y me masajeaba con mucho cariño, hasta que el mismo día de mi cumpleaños número doce, el típico masaje siguió hasta mi vagina, mientras con una mano frotaba uno de mis pechos con la otra encontraba mi clítoris y lo masajeaba excitándome cada vez más, cuando empecé a gritar y jadear de placer abrió mis piernas y comenzó a usar su lengua… ¡Oh, si sólo me excito de recordarlo!.  Succionaba con su boca, lamía toda mi vagina e introducía su lengua suavemente, cuando mi excitación comenzó a hacerse máxima, introdujo suavemente un dedo dentro de mi anito, poco a poco y luego fácilmente estaba dentro tocándome y dándome aun más placer.   

Cuando llegué al clímax, sacó su enorme pene, que por primera vez lo veía erecto totalmente ¡y era más grande de lo que recordaba!, y comenzó a masturbarse mientras me miraba, yo me senté tomé su mano y la aparté de su miembro y comencé a frotarlo con mis dos manitos, como había visto hacer a mi madre, luego me puse a lamerlo en toda su extensión, desde la base hasta que llegué a su cabeza roja que besé dulcemente, lo puse entre mis labios y succioné, lo metí en mi boca y sentí su sabor, saladito, rico, sentí sus contracciones, latidos, era tan duro, largo, grueso y con grandes venas marcadas, lo lamí y chupé con deseo, mientras con mi mano masajeaba sus testículos.  Mi padre gemía y pronto comenzó a sacudirse con espasmos de placer, su pene emanaba mucho calor y latía fuertemente y de pronto un chorro llenó mi boca y mi cara de su leche, picosita, amarga y dulce a la vez. 

Ese día no me preocupé de ver lo que hacía mi madre, yo era feliz, estaba satisfecha, mas satisfecha que nunca, aunque las expectativas de que mi amado papito me convirtiera en una mujer eran aun más fuertes y soñaba con aquel día.

Pero eso, lo contaré en otro momento.


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